EL JINETE
Ejercicio del
taller de composición literaria.
Alejandro
González Luengas
En una tarde ociosa,
que reivindiqué consagrándola al repaso de varios relatos de terror de Edgar
Allan Poe, tuve la mala fortuna de excitar de más al caletre hasta dejarlo a
punto de sobresalto. Sorprendiome la noche en tal ocupación y a la mitad de la
lectura del cuento La Máscara de la
Muerte Roja, me pareció escuchar un relincho en el exterior de la casa, y
sobra decir que influenciado por las narraciones, el alma se me escurrió a los
pies.
Debo aclarar que mi casa está cercana al cementerio, y aunque nunca
había tenido o temido algún incidente con los muertos, esta ocasión pareció ser
la excepción.
Vencido el espanto inicial, atisbé por la ventana en dirección al
camposanto, figurándoseme ver entre la tumbas una especie de fuego fatuo que se
movía lento, haciendo señales luminosas, en una especie de llamado sobrenatural.
Hubo una lucha encarnizada entre el pavor y la curiosidad, triunfando
la segunda, ya que solo mataba gatos. Al llegar con paso indeciso –el primer
sentimiento no estaba vencido totalmente, después de todo- a una tumba
desprovista de cruz, encontré un escenario para nada tranquilizador: los pocos
árboles que se podían encontrar en el panteón, a la luz de una lámpara de mano,
se mostraban siniestros en el paisaje tétrico, semejando sus ramas sin hojas
garras abiertas. Mejor la apagué, ya que su luz espantaba más que consolar.
Nuevamente escuché salir de la penumbra un relincho, que en el estado
nervioso en que me encontraba me sonó a llanto. Solté sin querer la lámpara, que
se perdió en la hierba y dirigí mis ojos desorbitados hacia la el lugar de
donde provenía el sonido, y vi, para mi helada sorpresa, un jinete y su
cabalgadura en insólita aparición para ese lugar. Se paró junto a mí, sin
desmontar, y me pareció ver que acariciaba las crines de su montura. Un
sombrero de alas anchísimas ocultaba aún más su cara, suponiendo que la noche
la hubiera dejado ver.
Transcurrieron algunos minutos de silencio, tan espeso como el aceite que
me permitieron recobrar algo de ánimo, un poquito apenas, como para no caer
desplomado. Cuando ya la pausa se tornaba incómoda, una voz impersonal
proveniente del personaje me saludó:
-Buenas Casimiro ¿A quién buscas?
-¿Có-co-como sabes mi nombre? –tartamudeé y tragué saliva- ¡No busco a
nadie, me pareció ver algo en este lugar y tuve curiosidad de venir!
A pesar de que
su rostro no se veía, alcancé a percibir una sonrisa en el jinete, o eso se me
figuró.
-Yo te conozco -replicó- sé muchas cosas de ti, por ejemplo te puedo
decir que te gusta leer mucho y que últimamente cuestionas a tu religión y que
por eso ya no asistes a misa.
Palidecí. Efectivamente, a estas alturas de mi vida, buscando
respuestas a grandes interrogantes personales, empecé a leer textos impíos y mi
fe se tambaleaba como una pirinola al término de sus giros, pero sin
derrumbarse todavía en la cara “pierdes todo”.
-Sin ir muy lejos -continuó implacable- puedo decirte que no hace mucho
me llamaste. Haz memoria si algo bueno o malo te ha pasado.
-¿Cuándo? -intenté recordar- solo que haya sido la semana pasada, cuando
me corté tan feo la mano, pero en esa ocasión solo exclamé «¡me lleva el
diablo!»…
En el justo momento que terminaba la frase, el caballo se encabritó y
se escuchó una vez más la risotada burlona. Yo creo que por la nueva blancura
de mi rostro, el espantado debió haber sido el jinete, por creerme un fantasma,
de lo lívido que estaba. En ese instante recobré de golpe mi fe (la pirinola debió
caer en “toma todo”) y me puse a rezar La
Magnífica, que dicen que es lo adecuado en estos casos, y después el Padrenuestro, y cuantos Avemarías pude, revueltos con fragmentos
de Salmos y hasta lo intenté con el Yo pecador, pero ¡cosa rara! el jinete
ni se inmutaba. A estas alturas, adaptados mis ojos a la oscuridad, pude ver, a
la poca luz de las estrellas, el sombrero galoneado y botonaduras plateadas
sobre un traje negro, y ya no me cupo duda de la identidad del personaje: ¡era El Catrín, una de las tantas
encarnaciones del maligno! ¡Sólo restaba su ofrecimiento de dinero para perder
mi alma y la suscripción del contrato con sangre! Si los rezos no lo
ahuyentaban debía recurrir entonces a la astucia para rechazarlo y salvar así
mi alma, ya que es lo que recomiendan los pocos que dicen haberlo burlado.
Saqué un cigarro con las manos temblorosas –aseguran que con él se repelen a
los malos espíritus- pero tampoco se perturbó, al contrario, con ademán burlón
me acercó una caja de fósforos para que lo prendiera. Nunca pude encender el
maldito cigarro, ya que no atinaba abrir la caja y mucho menos
a encender una cerilla. Busqué frenético mi escapulario en el cuello y recordé
que lo había colgado de un clavo, arriba de la cabecera de mi cama. Al ver mis
vanos esfuerzos, la aparición maligna rompió en una nueva carcajada, secundada
por otro relincho. Luego añadió:
-Casimiro, Casimiro, ¡ja, ja, ja! No valen conmigo rezos ni trucos,
mejor regresa a tu iglesia, reza con fervor hincado en los reclinatorios de las
bancas, deja esos libros que te cierran el cielo y llévale flores a tus
santitos.
-¡Si, sí, lo juro! -contesté, aunque algo extrañado de que no me hiciera
la fatal propuesta de riquezas -no es que la deseara, pero es lo que uno espera
en estos casos- y por el contrario me conminara al buen camino, sin embargo,
contento de salir tan bien librado asentía mecánicamente.
Y el jinete siguió perorando sobre los tormentos del infierno que me
esperaban, que él mejor que nadie conocía por ser su hábitat, mientras yo daba
diente con diente por el panorama diabólico y por el frío de la madrugada que
ya calaba, cuando un pequeño girón de claridad en el horizonte anunció la
llegada del nuevo día. Con él renacieron mis esperanzas de dar por terminado el
infernal examen, ya que mi interlocutor tendría que salir huyendo de la luz,
pues de todos es sabido que no la tolera.
Avanzó la aurora y de repente, sin aviso, un rayo de sol precoz matizó
el escenario macabro y dio de lleno en el rostro del jinete. Casi me voy de
espaldas al reconocer al personaje que me había mantenido en vilo durante la
jornada nocturna, quien emitió una nueva carcajada burlona, alejándose de ahí en
trote ligero: era el idiota de mi compadre Narciso en su traje de mariachi, montado
en su jamelgo, que venía de amenizar una misa nocturna de la fiesta patronal del
poblado vecino.










