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lunes, 30 de mayo de 2016

Un cuento del escritor oaxaqueño Alejandro González Luengas.

EL JINETE
Ejercicio del taller de composición literaria.


Alejandro González Luengas

En una tarde ociosa, que reivindiqué consagrándola al repaso de varios relatos de terror de Edgar Allan Poe, tuve la mala fortuna de excitar de más al caletre hasta dejarlo a punto de sobresalto. Sorprendiome la noche en tal ocupación y a la mitad de la lectura del cuento La Máscara de la Muerte Roja, me pareció escuchar un relincho en el exterior de la casa, y sobra decir que influenciado por las narraciones, el alma se me escurrió a los pies.
Debo aclarar que mi casa está cercana al cementerio, y aunque nunca había tenido o temido algún incidente con los muertos, esta ocasión pareció ser la excepción.
Vencido el espanto inicial, atisbé por la ventana en dirección al camposanto, figurándoseme ver entre la tumbas una especie de fuego fatuo que se movía lento, haciendo señales luminosas, en una especie de llamado sobrenatural.
Hubo una lucha encarnizada entre el pavor y la curiosidad, triunfando la segunda, ya que solo mataba gatos. Al llegar con paso indeciso –el primer sentimiento no estaba vencido totalmente, después de todo- a una tumba desprovista de cruz, encontré un escenario para nada tranquilizador: los pocos árboles que se podían encontrar en el panteón, a la luz de una lámpara de mano, se mostraban siniestros en el paisaje tétrico, semejando sus ramas sin hojas garras abiertas. Mejor la apagué, ya que su luz espantaba más que consolar.
Nuevamente escuché salir de la penumbra un relincho, que en el estado nervioso en que me encontraba me sonó a llanto. Solté sin querer la lámpara, que se perdió en la hierba y dirigí mis ojos desorbitados hacia la el lugar de donde provenía el sonido, y vi, para mi helada sorpresa, un jinete y su cabalgadura en insólita aparición para ese lugar. Se paró junto a mí, sin desmontar, y me pareció ver que acariciaba las crines de su montura. Un sombrero de alas anchísimas ocultaba aún más su cara, suponiendo que la noche la hubiera dejado ver.
Transcurrieron algunos minutos de silencio, tan espeso como el aceite que me permitieron recobrar algo de ánimo, un poquito apenas, como para no caer desplomado. Cuando ya la pausa se tornaba incómoda, una voz impersonal proveniente del personaje me saludó:
-Buenas Casimiro ¿A quién buscas?
-¿Có-co-como sabes mi nombre? –tartamudeé y tragué saliva- ¡No busco a nadie, me pareció ver algo en este lugar y tuve curiosidad de venir!
A pesar de que su rostro no se veía, alcancé a percibir una sonrisa en el jinete, o eso se me figuró.
-Yo te conozco -replicó- sé muchas cosas de ti, por ejemplo te puedo decir que te gusta leer mucho y que últimamente cuestionas a tu religión y que por eso ya no asistes a misa.
Palidecí. Efectivamente, a estas alturas de mi vida, buscando respuestas a grandes interrogantes personales, empecé a leer textos impíos y mi fe se tambaleaba como una pirinola al término de sus giros, pero sin derrumbarse todavía en la cara “pierdes todo”.
-Sin ir muy lejos -continuó implacable- puedo decirte que no hace mucho me llamaste. Haz memoria si algo bueno o malo te ha pasado.
-¿Cuándo? -intenté recordar- solo que haya sido la semana pasada, cuando me corté tan feo la mano, pero en esa ocasión solo exclamé «¡me lleva el diablo!»…
En el justo momento que terminaba la frase, el caballo se encabritó y se escuchó una vez más la risotada burlona. Yo creo que por la nueva blancura de mi rostro, el espantado debió haber sido el jinete, por creerme un fantasma, de lo lívido que estaba. En ese instante recobré de golpe mi fe (la pirinola debió caer en “toma todo”) y me puse a rezar La Magnífica, que dicen que es lo adecuado en estos casos, y después el Padrenuestro, y cuantos Avemarías pude, revueltos con fragmentos de Salmos y hasta lo intenté con el Yo pecador, pero ¡cosa rara! el jinete ni se inmutaba. A estas alturas, adaptados mis ojos a la oscuridad, pude ver, a la poca luz de las estrellas, el sombrero galoneado y botonaduras plateadas sobre un traje negro, y ya no me cupo duda de la identidad del personaje: ¡era El Catrín, una de las tantas encarnaciones del maligno! ¡Sólo restaba su ofrecimiento de dinero para perder mi alma y la suscripción del contrato con sangre! Si los rezos no lo ahuyentaban debía recurrir entonces a la astucia para rechazarlo y salvar así mi alma, ya que es lo que recomiendan los pocos que dicen haberlo burlado.
Saqué un cigarro con las manos temblorosas –aseguran que con él se repelen a los malos espíritus- pero tampoco se perturbó, al contrario, con ademán burlón me acercó una caja de fósforos para que lo prendiera. Nunca pude encender el maldito cigarro, ya que no atinaba abrir la caja y mucho menos a encender una cerilla. Busqué frenético mi escapulario en el cuello y recordé que lo había colgado de un clavo, arriba de la cabecera de mi cama. Al ver mis vanos esfuerzos, la aparición maligna rompió en una nueva carcajada, secundada por otro relincho. Luego  añadió:
-Casimiro, Casimiro, ¡ja, ja, ja! No valen conmigo rezos ni trucos, mejor regresa a tu iglesia, reza con fervor hincado en los reclinatorios de las bancas, deja esos libros que te cierran el cielo y llévale flores a tus santitos.
-¡Si, sí, lo juro! -contesté, aunque algo extrañado de que no me hiciera la fatal propuesta de riquezas -no es que la deseara, pero es lo que uno espera en estos casos- y por el contrario me conminara al buen camino, sin embargo, contento de salir tan bien librado asentía mecánicamente.
Y el jinete siguió perorando sobre los tormentos del infierno que me esperaban, que él mejor que nadie conocía por ser su hábitat, mientras yo daba diente con diente por el panorama diabólico y por el frío de la madrugada que ya calaba, cuando un pequeño girón de claridad en el horizonte anunció la llegada del nuevo día. Con él renacieron mis esperanzas de dar por terminado el infernal examen, ya que mi interlocutor tendría que salir huyendo de la luz, pues de todos es sabido que no la tolera.

Avanzó la aurora y de repente, sin aviso, un rayo de sol precoz matizó el escenario macabro y dio de lleno en el rostro del jinete. Casi me voy de espaldas al reconocer al personaje que me había mantenido en vilo durante la jornada nocturna, quien emitió una nueva carcajada burlona, alejándose de ahí en trote ligero: era el idiota de mi compadre Narciso en su traje de mariachi, montado en su jamelgo, que venía de amenizar una misa nocturna de la fiesta patronal del poblado vecino.

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