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sábado, 11 de junio de 2016

Un cuento de Sabino Pérez Ramírez, tomado del libro Escamas de luna

PRESAGIO
Sabino Pérez Ramírez

Mientras espero a mi compañero de trabajo que pasará por mí en cualquier momento, lanzo mi pensamiento en algún punto lejano para ubicar ciertas cosas. Me distraigo observando en la pared el movimiento de hormigas que me saca del trance. Con un insecto a cuestas algunas van amontonadas. Contemplo el interminable desfile y lamento no tener capacidad para conocer el motivo de sus afanes. Imagino entre ellas poetas, cantantes, payasos, o, porqué no, políticos en campaña, y tal vez ese ir y venir tiene la finalidad de emitir el sufragio.
               Concentrado en esto veo a mi compañero acercarse a la puerta para urgirme a salir. Aseguro mi departamento y nos encaminamos al mar.
               Antes de salir de la barra nos embolsamos con nailon para protegernos del agua salada. Es buen tiempo. Nubes blanquecinas pasan sin prisa. En la distancia se hunde la costa poco a poco, zarandeando a los barcos camaroneros y lanchas guachinangueras.

En el lugar de pesca tendemos la red y conversamos hasta caer la noche.
               –Los barcos no andan cerca– dice mi compañero recostándose en uno de los bancos.
               –Estaré despierto hasta la una– le contesto, mientras contemplo las plataformas petroleras con  sus resplandores de ciudades flotantes.
               Los buques camaroneros tiemblan como luciérnagas entre la brisa que me acaricia la cara con su olor a salitre. Recuerdo que en una noche como ésta, donde millones de ojos cintilan en la altura, conocí a Elizabeth a través de sus ojos. Desvío ese recuerdo, pues el sueño me obliga a despertar a mi acompañante quien, sin moverse y sin abrir los párpados, me dice que duerma.  Al parecer los párpados le pesan tanto, como el recuerdo de la novia a quien  quisimos mucho y nos ha traicionado.
               El sueño inunda mis ojos durante no sé cuánto tiempo. Me levanto de un salto a causa del ruido que provoca el agua al golpear en algo pesado.
               –¡El barco!–  grito, tirándome al mar y deshaciéndome del nailon para evitar el arrollamiento.  La lancha y mi compañero son destrozados.
El murmullo de la tripulación me parece muy lejano. Hago esfuerzos por alcanzar la nave negra que se mancha de puntos luminosos. Mis gritos se ahogan con los relieves de agua que me inunda la cara. La penumbra se confunde con mi aturdimiento. Alguien me jala del hombro mientras la inconsciencia me lleva a su abismo.

Despierto sobre una litera. Tal vez en el sollado del barco. Siento pesadez en el cuerpo y un zumbido revolotea por oídos. No quiero recordar el accidente y desvío mi pensamiento a las hormigas. Las veo aglomeradas en la pared con el candidato a cuestas, o más bien el insecto, y me imagino que tal vez éste es el ganador de las elecciones. El accidente me sumergió en un estado emocional que me hizo meditar hasta la somnolencia.
               Más tarde escucho leves golpes en la puerta. Me levanto para saber quién es. Al ver a mi compañero vuelvo los ojos al interior del departamento: la linterna, la chamarra y todas mis cosas están en el mismo lugar.              
               Afuera, los niños empolvan sus sombras mientras corren.


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