“El hombre de La Chingada”
Sabino Pérez
Ramírez
Quien tiene la palabra puede decir
mucho. Quien sabe utilizarla logrará más. Pero quien la acalla morirá de
inanición. Felipe Matías decidió utilizarla, expresar lo que quería, como lo
hace todo aquel que la conoce y no teme hacer uso de ella. Pero Felipe era
poseedor de una insuperable virtud, no solo de conocer la palabra, sino de
saberla encausar, de arrancarle a las cosas sus expresiones y transmitirla a
los receptores. Así era Felipe. Porque tenía ese don de escuchar las voces de
las cosas, sus emociones, sus injurias por la perversidad humana, y hacer suyo
el sufrimiento y las alegrías de ellas, las cosas que platicaban con él. Me
refiero a las cosas inanimadas y a los seres vivos, incluyendo al hombre. A Felipe
le sobraba oídos y palabras y humor para todo, porque su corazón era más grande
que él mismo, por eso todos podían tocarlo, hacerlo vibrar más allá de sus
palpitaciones, porque era un corazón bondadoso, presto para recibir las
emociones de otros corazones. Así era el corazón de Felipe. Un corazón que se ensanchaba
cuando alguien se acercaba a escuchar sus latidos.
Para nacer he nacido, para encerrar todo cuanto a mi
pecho golpea como un nuevo corazón tembloroso, escribió el poeta chileno Pablo
Neruda. Y es que los poetas son más que palabras, más que palabras vanas de
predicadores de salvación, van más allá de las metáforas recurrentes. Así era
“Lipe”, como le decíamos sus amigos, un hombre entregado a la palabra, y con
ella movía corazones. Era poseedor de un gigante corazón de niño, que lo
expresaba a través de cada uno de sus poros, en cada uno de los objetos que
transformaba con la magia de sus manos, en su artesanía, en sus crónicas y en
sus poemas.
Narrar la vida
del Tuxtepec querido era para Lipe cosa cotidiana, y para sus escuchas un
romance de aves despertando en el espejo reverberante del Papaloapan. Era el
poder embelesante de su palabra y, el río, el coloso agonizante, su compañero
de cuitas, iba cansando sus pasos junto a él; y sus pasos, los de Lipe, iban
rengueando firmemente en la ribera, para no volcarse en la curva donde el río
pasa cansado la región de los muertos.
¿No oyes ladrar los perros? Para Lipe los
perros no ladraban, sólo se comunicaban con él de una forma diferente que los
humanos. No lamían sus manos, sino lo saludaban para agradecer sus atenciones,
sus múltiples atenciones. Los perros eran parte de su familia, la familia que
él eligió para compartir sus penas y sus buenas, y las pulgas con sus uñas gastadas
de tanto rascarle el cuero a los canes también fueron parte de su entorno. El
corazón de Lipe daba para eso y más, haciendo suyo el dicho si eres dueño de la vaca también del becerro,
y hacerle un refugio a las pulgas qué más daba, total, ellas sabían escoger el
suculento manjar que representaba cada uno de los canes. Allí se reflejaba el
verdadero corazón del hombre de “La
chingada”, que para eso era un chingón, no chingaderas, porque cada perro que
chingaba la sociedad, no se lo llevaba la chingada si se cruzaba en el camino
de Lipe, por el contrario se levantaban chingonamente para conocer a su nueva
familia.
Amores perros. Ellos amaban de verdad, como aman los que
no conocen la tiranía existente más allá de la barrera que le prohíbe tener una
libertad sin condiciones. El amor era sincero, hombre y bestia, sin ladridos ni
lamidas, porque los que se aman se cuidan sin reservas, se vuelven una familia
sin condiciones, y Lipe era el hermano mayor, el hermano hombre, el hermano
espíritu, el hermano deidad que los protegía, los alimentaba, y les iluminaba
el camino a lo desconocido cuando partían del mundo físico al mundo donde los
seres ingenuos se santifican.
Yo quiero recordar
a ese Lipe, al de Independencia, al de La Piragua, al recolector de pellejos y
perros, de perros y pulgas; de miradas y saludos, de bromas y chascarrillos; al
Lipe humanista, al de la sonrisa franca, al niño-hombre, al de las rodillas
cansadas que lo llevaron al seno de la madre tierra, no para volver al polvo de
donde fue formado, sino para trascender al mundo donde los seres se purifican,
para darle sentido al llanto de los humildes.
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