EL
CANDIDATO (Cuento)
La embarcación resintió el peso
de los doce compañeros que conformábamos la comitiva de campaña. Una de las
chicas se encasquetó un chaleco salvavidas y se dibujó una cruz imaginaria
cerca del rostro. Para algunos quizás era una aventura diferente el navegar por
agua, y el temor los hacía afianzarse de la borda.
El motorista se
introdujo en el laberinto de mogotes a lo largo de la falda del cerro. Poco más
de una hora de navegación fue suficiente para sentirle confianza a la
embarcación, descubrir isletas conforme avanzábamos, tomar fotos a las aves y,
sobre todo, admirar el gigantesco Cerro Rabón, con su abundancia vegetal, donde
el agua de la presa encaramó a los campesinos. “Al campo se lo tragó el agua;
allá, arriba, es difícil la siembra, porque los árboles ocupan la tierra que
sacan de’ntre las piedras”, se había expresado con resentimiento un mazateco,
con el coraje reprimido desde que el agua los fue empujando hasta colgarlos de
los cerros.
El lanchero conducía
sin titubeos, con la seguridad de quien conoce palmo a palmo el vaso de la
presa. Unos tripulantes cabeceaban;
otros en el plan de la embarcación, y más atrás, dos compañeros hacían
esfuerzos para conversar en medio del ruido monótono del motor. Algunos quizás
admiraban el paisaje y las rancherías diminutas en los cerros.
A media mañana
arribamos a Buenos Aires, comunidad que hace más de cuarenta años fue sembrada
sobre ese pequeño cerro por algunos afectados de la presa.
La gente nos miraba
con desdén mientras caminábamos por una calle empastada hasta el lugar donde se
ubica la Agencia Municipal. Nos detuvimos bajo la sombra de un árbol frente al
pequeño edificio, donde el pasto se extiende a lo largo de una especie de
cancha deportiva. En el extremo paralelo a la Agencia se ubica una Escuela
Primaria Bilingüe, abandonada por problemas magisteriales, en espera de
escucharse el bullicio de esos pequeños mexicanos de nuestro futuro incierto.
–Qué importa
el reformas educativas, si en nuestro país sólo se vive con un mínimo, bueno,
hablando del educación, porque en la económicos apenas sobrevivimos– Se expresó
con indiferencia uno de los curiosos mientras se soplaba con su sombrero de
palma.
Al otro lado de la
cancha se levanta una construcción de concreto y lámina de zinc. La autoridad auxiliar nos sugirió reunirnos
en el corredor de ese edificio, donde sentí curiosidad al ver una puerta de
madera semiabierta, cuadriculada. Cuando entré, no pude evitar las figuras
grotescas en las paredes, pues al parecer el departamento había servido de
cárcel, así lo demuestran los dibujos de personajes y seres demoníacos que manifiestan el estado emocional de los
que alguna vez estuvieron prisioneros. Los grabados me extasiaron. Un bullicio
de personas me arrancó de la pesadilla, al menos eso pensé. La luz del mediodía
entraba rutilante; hasta ese momento me di cuenta de los reclusos que
murmuraban en dialecto. El flash fotográfico golpeaba las sombras de los
prisioneros sobre las paredes recién repelladas. No comprendía lo que pasaba,
sin embargo expresé unas palabras, que sólo las había escuchado de quienes
buscan el voto popular; un escandaloso aplauso avivó mis emociones. Cuando
salí, consciente de que una realidad diferente me aguardaba, fui sorprendido
por una multitud que repetía mi nombre. Me encontraba perplejo, pues pensé que
Buenos Aires era una comunidad diferente, al menos así la aprecié cuando
llegamos. A pesar de ser un lugar abandonado por el Gobierno, los ánimos de sus
habitantes hicieron sentirme familiarizado con el ambiente, sobre todo de
aquellos que fueron transportados hasta este lugar para escuchar el mensaje
proselitista. Todos hablaban en dialecto, sólo mi nombre identificaba.
–¡Soy su candidato!–,
les dije. Y luego les hablé de los problemas del campo y los problemas económicos
por el que atraviesa el país.
–¡Nos
han engañado durante mucho tiempo!–, dijo uno de los líderes mientras miraba a
sus compañeros que meneaban la cabeza para apoyarlo.
Una parvada
de pelícanos se arremolinaba en el cenit. Algunas embarcaciones se acercaban
cargadas de gente con propaganda. La multitud escuchaba atenta el mensaje que
creían diferente al de los candidatos anteriores; por eso les sorprendió que yo
pidiera la oportunidad para realizar un buen gobierno, porque:
–¡Si
logramos ganar, habremos entrado en un proceso de cambio verdadero en nuestro
país!–, les dije. Quizás ellos no saben que si esto sucede, existirá un poder
paralelo al ejecutivo, que medie los excesos presidencialistas.
–¡Lucharemos
porque la cámara deje de ser subordinada!–. Estaba seguro que entendían mis
palabras, o que al menos creían entenderlas; y si no era así, mis compañeros se
encargaban de dar el inicio de los aplausos.
Algunas aves abandonaban
sus actividades de pesca, allá, en la lejanía del agua tibia de la presa. Un
perro color pajizo zangoloteaba la
lengua por el calor, reposando bajo el kiosco de concreto, cerca de la escuela.
–¡Se debe empezar desde
abajo, el políticos debe hablar de frentes a mi pueblo, por eso creemos que tú
sí nos dices la verdá, porque no nos traes promesas!–. Con palabras
entrecortadas se expresó un campesino que jugaba con su sombrero. Ellos saben
que en tiempos de elecciones los candidatos les regalan despensas, o materiales para construcción, y que el
Gobierno les reparte dinero a través de programas que “benefician” al campo.
Ellos también saben que el dinero se lo dan a cambio del voto; porque así lo
manifestaron; por eso, cuando llegamos, el Agente y dos de sus hombres me
dijeron a solas que ellos venden su voto, por lo que no dudé en extenderles una
buena cantidad de dinero. Sin embargo, lo que no saben es el porqué de la
crisis económica, ni que se les cobra ese “regalito” a un precio muy alto.
–¡Yo
estuve en contra de que se hiciera la presa!, les dije, ¡porque iba a
perjudicar las mejores tierras de esta regione, y a ustedes los iban a aventar
a las partes altas!
–¡Dile
eso a mis paisanos en dialeto, dícelo! –intervino uno de los concurrentes–
¡porque ellos deben saber eso!–. Los lugareños agacharon la cabeza con
impotencia para defenderse de sus victimarios.
Algunos
ancianos oteaban hacia el vaso de la presa, recordando, tal vez, aquellas
tierras fértiles que quedaron sepultadas bajo el agua; o los días de buena
pesca que era una opción en su economía. Pero somos educados en la medianía y
el conformismo, para ser utilizados por unos cuantos que suben al poder a
enriquecerse.
–¡Les agradezco a todos
los que a pesar de las inclemencias del tiempo acudieron desde sus comunidades
para brindarme su apoyo; pero tengan en cuenta que las inclemencias del tiempo
son una bendición de Dios, porque les dan el equilibrio a nuestro planeta, sin
embargo, las inclemencias de los malos gobernantes, esas provocan la
desestabilización social!–. Las ovaciones fueron elocuentes.
Los que nos acompañaban
en este recorrido subieron a las lanchas. A pesar de la ausencia de nubes el
sol no brillaba con intensidad, y con la brisa se sentía menos el calor. Desde
lejos se aprecia San José Independencia incrustado en una parte del cerro. Un
trascabo emparejaba una loma, donde, según los lugareños, “allí construirán la
unidad deportiva”.
–Un
inversión bastante fuertes, habiendo en San José otras necesidades– dijo más
tarde uno de los habitantes.
Fuimos bien recibidos,
conforme recorríamos ese poblado de trazos quebradizos y agotadores altibajos
de las calles. Desde las partes altas se aprecia una buena extensión del vaso
de la presa Temascal. El gobierno había realizado una considerable cantidad de
criaderos de mojarra Tilapia, con la cual se beneficiarían los habitantes que
formaron núcleos poblacionales en las márgenes del vaso. Para esos habitantes
que no quisieron alejarse de sus lugares de origen, el gobierno buscó la forma
de mantenerlos contentos, y encontró en la mojarra Tilapia, una de las mejores
especies, con mayor proliferación y de fácil adaptación a nuestro clima. Esto
llevó a que unos años después, y gracias a la fertilidad de las aguas, esta
especie se propagara por todo el territorio, y, Temascal y San Pedro Ixcatlán,
se convirtieron en puertos pesqueros, donde a pesar de los compradores foráneos
hubo temporadas en que desecharon decenas de toneladas de mojarras. Al paso de
los años el agua ha perdido su fertilidad, y hoy la pesca en estos lugares ha
dejado de ser una opción para los marginados mazatecos.
–¡Si el voto de ustedes
me favorece, gestionaré porque el...
Me fue imposible terminar la
frase. De pronto me sentí rodar por el barranco, hasta caer cerca del lago.
Entre mi aturdimiento alcancé a presenciar la muchedumbre que iba cuesta abajo.
El terremoto arrancaba árboles y casas, y lanzaba los grandes peñascos hasta el
agua de la presa. Desde el lugar donde caí, milagrosamente, pude resguardarme
del peligro, sin salir del aturdimiento que me conducía a su abismo. Tal vez
sufrí los delirios de la agonía, pues un montón de seres endemoniados danzaban
en mi rededor repitiendo la palabra Candidato. Luego se fueron introduciendo
por la única pared del pequeño barranco. La alucinación me impidió desviar los
ojos de la pared donde quedaron impresas las figuras de los demonios. Alguien
repitió tres veces mi nombre, hasta que un empellón me volvió a la realidad:
–¿Te
sientes bien?–, preguntó el compañero que me empujaba.
–Nada–, le respondí. Y
con la respiración agitada salí con tropiezos de la pequeña celda. Afuera, tres
campesinos escuchaban el discurso del candidato.
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