domingo, 24 de julio de 2016
Palmar en el diario Noticias, voz e imagen de la cuenca
El poeta Eduardo López Blas, coordinador de El flamenco en Otatitlán, Veracruz, con Sabino Pérez Ramírez
Un cuento de Alejandro González Luengas
Escritor oaxaqueño,
integrante del Taller Literario de El Flamenco.
NUEVO
EDÉN
La comunidad
Nuevo Edén se encuentra enclavada en
un algún punto inaccesible de la complicada geografía mexicana; en ella vive un
grupo de indígenas que no profesan religión alguna conocida, sino que norman su
existencia de acuerdo a los preceptos de la Nueva
Iglesia de la Segunda Llegada del Salvador.
El líder religioso local, el Hermano
Mayor –mestizo, de profusa labia, que se crió en la ciudad capital y
se enroló en la Nueva Iglesia
escalando muy pronto posiciones, al grado de encomendársele la misión de fundar
una colectividad religiosa–, controla y regula con mano férrea el buen
funcionamiento de la colectividad, siempre fundamentado en el Libro Santo escrito por el profeta Johnson, quien fue inspirado por
los propios arcángeles en su redacción.
La vida transcurre aparentemente idílica en
el lugar, sin embargo, en la intimidad de los hogares, se desarrollan dramas
que solo son conocidos por los protagonistas y el dirigente religioso. Ahora
mismo, en la familia Puc, se desarrolla una
tragedia doméstica que el jefe de familia es incapaz de resolver y por
lo mismo recurre a la autoridad del Hermano
Mayor para zanjarla; éste llega al hogar con el Libro Santo en la mano y saluda al jefe de familia:
-Buenos días Manuel Puc, el profeta Johnson te bendiga…
-Buenos días Hermano Mayor- replica Manuel y le besa la mano, en reminiscencia
de la salutación ancestral profesada a los curas.Enseguida gira a un rincón de
la choza y con voz áspera ordena:
-¡Tú, mujer, echa tortillas pa’l Hermano que santifica con su visita este hogar!
La esposa, descalificada por su género de
recibir el saludo del líder, quebraja frenéticamente de hinojos el
nixtamal en un metate, para
convertirlo en masa y hacer tortillas.
El Hermano, lejos de conmiserarse por la
incómoda posición de la mujer y lo duro de la tarea, adopta un aire sacro y
digno.
La tortilla recién hecha, acompañada de queso
fresco y salsa, pasa del comal a las manos del visitante quien no se hace el
remolón para comérsela. Después de devorar un par de ellas, acompañadas con una
copiosa taza de café con leche bronca recién ordeñada, va directo al grano:
-Pues bien Manuel, me he enterado que tienes
problemas en tu casa.
-Así es Hermano,
¡la sal ha caído en este humilde hogar!
-¿Tan grave es?
-¡Sí! Y si no pone a’sté remedio m’ija Jacinta se
condena y se va pa’l infierno…
-Veamos, pues, cual es el problema.
-Esta indina chamaca, sin duda tentada por el
malo, me ha dicho que quiere ir a la
escuela del pueblo vecino de San Rafael y aprender a leer y prepararse pa’ ser
una doitora.
-Llámala Manuel, para que platiquemos con
ella y quitemos de su cabeza esas ideas de perdición.
-¡Jacinta! ¡Jacinta! ¡Ven pa’cá! –grita
desaforadamente el padre a su hija quien duerme o finge dormir junto con sus
hermanos menores en la habitación contigua al jacal.
Instantes después sale una adolescente que mira
con ojos entre espantados y curiososal visitante y se sienta en un rústico banco
de madera, apoyando la espalda en la pared de palos.
-¡Dile al Hermano
Mayor cuáles son tus pensamientos!
La jovencita
agacha la cabeza y calla obstinadamente; el Hermano,
con tono melifluo la interpela:
-Vamos hija, no tengas miedo. Me dice tu papá
que se te han metido ideas raras en la cabeza como ir a la escuela, aprender a
leer y escribir, estudiar una carrera y no sé qué tantas otras cosas má.
Jacinta sigue sin levantar la cabeza, sin
embargo, sus ojos brillan como ascuas.
-Dime hija ¿Te falta algo aquí con tus papás?
Ella niega con la cabeza
-Manuel es un buen hombre, sostiene esta casa
y proporciona el pan para que ustedes coman, es cumplido con nuestra fe y da su
diezmo puntualmente ¿Por qué tienes esas ideas? ¿Alguien te ha aconsejado?
Habla sin miedo hija.
Jacinta se anima a hablar, ante la falsa actitud
amigable del pastor:
-Hermano, yo qu’ero aprender a leer y escribir pa’
ser alguien en la vida.
-¿Y poderte cartearte con un hombre, trayendo
nuestro descrédito? -le increpa rudamente su padre.
El Hermano
hace una señal a Manuel con la mano para calmarlo y pedirle que deje el asunto en
sus manos.
-Mira niña, el Salvador ha dicho por
intercesión de su profeta Johnson que
los hijos no deben deshonrar a sus padres con malas acciones, porque eso que tú
piensas hija, son malas acciones. Te voy a leer lo que dice nuestro Libro Santo- abre el vademécum religioso
hojeándolo brevemente y tose engolando la voz:
- “…Que
la mujer permanezca en silencio, en plena sumisión al esposo o padre, que no
enseñe ni ejerza autoridad sobre el hombre, así sea menor que ella, porque Adán
fue formado primero y luego Eva, por lo tanto le debe obediencia. No obstante, a ella se le mantendrá en seguridad
mediante el tener hijos, con tal que continúe igual y con el mismo buen juicio
de no contravenir al esposo o en su defecto al progenitor si no se ha separado
del hogar paterno...”
Manuel asiente con la cabeza palabra tras
palabra del «texto sagrado».
-Mira a tu madre, ella es una buena mujer ya
que cumple los preceptos del profeta, ha dado hijos y no interviene en cosas de
hombres y por lo tanto su recompensa será grande en el otro mundo ya que gozará la presencia del profeta y demás
patriarcas de nuestra religión, así como de los misterios del Salvador.
Y la madre, sin voz ni voto, completamente
marginada en la toma de decisiones, prosigue con su ruda labor.
-Jacinta, tu deber como mujer es obedecer a
tu padre, cumplir con las tareas que te ponga y cuando tengas edad él te
escogerá un marido para que seas feliz ¿Para qué ir a la escuela entonces? Estas
leyes las debemos obedecer porque así lo dispusieron nuestros mayores y
nosotros no debemos quebrantarlas ya que caeremos principalmente en el pecado
de la soberbia y nuestra alma peligra de irse al infierno y sufrir los
tormentos eternos ¿Tú no quieres eso, verdad?Ni para ti, ni tus papás, ni tus
hermanitos, ¿verdad?.
-Pero Hermano,
yo qu’ero aprender cosas.
-Ya las aprenderás en su momento.
-Pero yo digo cosas di’scuela.
-¡Nada de peros!- tercia el padre- ¡Ya oi’tes
al Hermano, él sabe lo que te
conviene así que te callas y te metes pa’l cuarto o te pego una cueriza como la
de l’otra vez!
Ante el recuerdo y la amenaza de repetir la azotaina con las coyundas del yugo, de la cual todavía
escocían los golpes, Jacinta se mete a
su cuarto sollozando.
-Muy bien Manuel, así se gobierna un hogar:
con firmeza. Si sigue con esas ideas, quítaselas a cintarazos porque las inspira
el maligno y se la llevará a la perdición junto con ustedes por no detenerla a
tiempo;además estás en tu derecho como hombre de la casa y porque así lo manda
nuestro Libro Santo. Por cierto.el
sábado hay celebración en el templo y ya es tiempo de que lleves el diezmo.
Este año se dio bien tu cosecha gracias al profeta
Johnson que intercedió por ti y justo es que le compartas la primicia.
-Claro que si Hermano Mayor, a’i estaré con el máiz y los animalitos.
-Ya sabes que si no quieres darla en especie
puedes dar su equivalente en dinero, ya que las necesidades del santuario son
muchas y no hay dinero que sobre. Bueno Manuel, me despido y no dudes en
llamarme si se presenta otro problema.
Manuel le besa la mano nuevamente y lo
acompaña a la salida. ElHermano Mayor
se aleja cada vez más del jacal, mientras piensa con alegría:
-¡Otra alma que escapo del infierno! ¡Alabado
sea el profeta por permitir apartar de la senda del mal a una de sus hijas! ¡Dura
es la labor pero gratificante la cosecha! ¡Buen reporte haré a mis superiores! Voy
a ver ahora a Juan Zaa, quien me dijo que su hijo está seguramente embrujado
porque quiere escoger esposa él mismo, contraviniendo el derecho sagrado de los
padres de elegirle pareja, ordenado por nuestro profeta Johnson. Por cierto Juan hace muy buen mezcal y mis
reservas se están agotando, le pediré que me lo sirva su hija que ya está bastante
crecidita. ¡Creo que es tiempo de adentrarla en los misterios de la religión!
¡Ejem, ejem! Allá haré tiempo hasta la hora de la comida.
Y silbando un himno religioso, el Hermano Mayor se dirige a la casa de
otro prosélito en apuros, dando trompicones por las retorcidas veredas de Nuevo Edén, infatigable en su tarea de
repartir el bien.
Un cuento de Jorge Alberto Calderón Cobos
Integrante del taller literario de la Asociación Cultural El Flamenco.
EL DESIERTO
Y EL NOPAL
A mi hijo Marcelo
El
desierto se sentía inmenso, por eso jamás se dignaba a mirar al cielo. Era egoísta. Siempre tomaba más de lo que necesitaba
y no daba nada a cambio; sólo él tomaba la poca agua que caía sin compartirla.
No permitía que las semillas de los árboles
crecieran, puesto que, no únicamente tomarían de su agua, sino además tienen
hojas, y jamás permitiría estar cubierto por ellas. Él era un desierto y nada
ni nadie podría sembrarle nada nuevo; además, en él sólo debía haber arena, por
ello se divertía calcinando a las semillas. Un día sintió que crecía algo entre
sus arenas, y suponiendo que era la semilla de un árbol se dispuso a quemarla,
en eso escuchó una voz que le dijo:
—¡No, no me quemes! Soy un nopal, no necesitaré
mucha agua, y en mí no crecen hojas,
sólo espinas.
—¡Espinas! —dijo el desierto— Si yo
tuviera espinas alejaría a todos —asintió.
Por
lo cual le perdonó la vida y como el
desierto no tenía amigos, inició
una amistad con el pequeño nopal.
Muchos años después, luego de grandes
conversaciones, la amistad se había vuelto entrañable y el pequeño nopal ya era
gigantesco, y se levantaba vigoroso hacia el cielo (con quien también tenía una
bella amistad). Una lejana tarde, el
nopal habló agradecido con el desierto diciéndole:
—Me ha llegado la hora;
mi espíritu debe ir a continuar una plática en el cielo. Me despido querido amigo, deseo darte mi más
preciado regalo; te daré el poder de la humildad.
—¡Nopal! —Exclamó
el desierto con aires de quien todo lo sabe— Sé
qué es eso; tú eres muy humilde porque tienes poco, pero aún así “compartes”. Eso aprendí de ti, y no quiero ser como tú.
—Es algo más que compartir,
querido amigo desierto. Pronto lo sabrás.
Por
la noche el inmenso nopal abandonó su cuerpo que comenzó a secarse día a día, y
se mezclaba con las arenas. Durante este proceso el desierto sintió la más
profunda tristeza, por ello le dedicaba cada gota de agua que tenía para tratar
de revivir a su amigo, alcanzando sólo a revolverlo más entre sus arenas
formando un lodo negro. Un día, desconsolado, el desierto lloró como nunca,
haciendo que sus lágrimas lo mezclaran completamente con su amigo; después de
su llanto, no sintió ser el mismo; se sentía dadivoso, fértil, agradecido,
“humilde”, y sintió el regalo de su amigo en cada partícula de su arena.
El
desierto al fin alzó su vista al cielo y vio que su inmensidad era nada
comparada con la del firmamento. Se sintió pequeño, transformado. Durante los
próximos días, cuando las semillas de los árboles caían en él, no sintió aquel
deseo perverso de quemarlas, ni esa altivez de quien no necesita nada de nadie,
al contrario, permitió su estancia y brindó un poco de esa humildad que había
recibido de su amigo el nopal.
Con el tiempo las semillas crecieron
convirtiéndose en inmensos árboles, quienes daban a cambio sus hojas muertas al
transformado desierto, nutriendo nuevamente lo que alguna vez habían sido sus
arenas.
El antiguo desierto se había
transformado en un hermoso bosque, lleno de vida.
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