Integrante del taller literario de la Asociación Cultural El Flamenco.
EL DESIERTO
Y EL NOPAL
A mi hijo Marcelo
El
desierto se sentía inmenso, por eso jamás se dignaba a mirar al cielo. Era egoísta. Siempre tomaba más de lo que necesitaba
y no daba nada a cambio; sólo él tomaba la poca agua que caía sin compartirla.
No permitía que las semillas de los árboles
crecieran, puesto que, no únicamente tomarían de su agua, sino además tienen
hojas, y jamás permitiría estar cubierto por ellas. Él era un desierto y nada
ni nadie podría sembrarle nada nuevo; además, en él sólo debía haber arena, por
ello se divertía calcinando a las semillas. Un día sintió que crecía algo entre
sus arenas, y suponiendo que era la semilla de un árbol se dispuso a quemarla,
en eso escuchó una voz que le dijo:
—¡No, no me quemes! Soy un nopal, no necesitaré
mucha agua, y en mí no crecen hojas,
sólo espinas.
—¡Espinas! —dijo el desierto— Si yo
tuviera espinas alejaría a todos —asintió.
Por
lo cual le perdonó la vida y como el
desierto no tenía amigos, inició
una amistad con el pequeño nopal.
Muchos años después, luego de grandes
conversaciones, la amistad se había vuelto entrañable y el pequeño nopal ya era
gigantesco, y se levantaba vigoroso hacia el cielo (con quien también tenía una
bella amistad). Una lejana tarde, el
nopal habló agradecido con el desierto diciéndole:
—Me ha llegado la hora;
mi espíritu debe ir a continuar una plática en el cielo. Me despido querido amigo, deseo darte mi más
preciado regalo; te daré el poder de la humildad.
—¡Nopal! —Exclamó
el desierto con aires de quien todo lo sabe— Sé
qué es eso; tú eres muy humilde porque tienes poco, pero aún así “compartes”. Eso aprendí de ti, y no quiero ser como tú.
—Es algo más que compartir,
querido amigo desierto. Pronto lo sabrás.
Por
la noche el inmenso nopal abandonó su cuerpo que comenzó a secarse día a día, y
se mezclaba con las arenas. Durante este proceso el desierto sintió la más
profunda tristeza, por ello le dedicaba cada gota de agua que tenía para tratar
de revivir a su amigo, alcanzando sólo a revolverlo más entre sus arenas
formando un lodo negro. Un día, desconsolado, el desierto lloró como nunca,
haciendo que sus lágrimas lo mezclaran completamente con su amigo; después de
su llanto, no sintió ser el mismo; se sentía dadivoso, fértil, agradecido,
“humilde”, y sintió el regalo de su amigo en cada partícula de su arena.
El
desierto al fin alzó su vista al cielo y vio que su inmensidad era nada
comparada con la del firmamento. Se sintió pequeño, transformado. Durante los
próximos días, cuando las semillas de los árboles caían en él, no sintió aquel
deseo perverso de quemarlas, ni esa altivez de quien no necesita nada de nadie,
al contrario, permitió su estancia y brindó un poco de esa humildad que había
recibido de su amigo el nopal.
Con el tiempo las semillas crecieron
convirtiéndose en inmensos árboles, quienes daban a cambio sus hojas muertas al
transformado desierto, nutriendo nuevamente lo que alguna vez habían sido sus
arenas.
El antiguo desierto se había
transformado en un hermoso bosque, lleno de vida.
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