La chancla
Sabino Pérez Ramírez
Toño escogió la madrugada del 22 de julio del 2006 para
morir. Lo vi ayer, con la panza de globo y su cuerpo esquelético por la
enfermedad que se lo llevó, quién sabe a dónde. Era vecino del Chamizal desde
hace más de tres décadas. Trabajaba en el “Río Rosa” de Periquín, muy cerca de
donde hoy lo velamos. Alguna vez tuvo su pareja sentimental, pero ésta lo
abandonó por alcohólico, y nadie que le llore. Poco le importó el abandono de
ella, pues él se deleitaba viéndoles las nalgas a las mujeres prestadoras de
servicio en el cabaret.
Toño no era muy agraciado en su aspecto físico: piel
oscura, cuerpo delgado y los años empezaban hacerle surcos en la cara; a pesar
de esto, por lo regular siempre amanecía con mujeres urgidas ante el calor de
las copas, según contaba a todos sus amigos, quienes escuchábamos atentos,
porque, a pesar de ser prostitutas, eran muy hermosas, según Toño así les
gustaban al dueño del prostíbulo, a quien, a pesar de tener preferencia por los
chamacones, las mujeres jóvenes y bellas le dejaban buenas ganancias.
Sus compañeros de parranda rememoran las anécdotas,
mientras beben aguardiente de caña, y celebran con risas festivas. Cuando
terminaba la labor de mesero, al filo de las cinco de la mañana, se iba a
descansar a su cuarto, cuando no, amanecía con alguna doncella. Bueno eso era
lo que él contaba. A las once de la mañana ya estaba con su ropa de talachero
para limpiar el salón. Con esto sacaba unos centavitos extras, pues siempre
andaba necesitado de dinero.
Usaba pantalón negro, arremangado hasta la rodilla de un
lado y un poco más arriba del tobillo del otro, camisa negra sin botones y
chanclas de hule. En esas fachas andaba en la colonia el resto del día. Sobre
todo en las cantinas, donde se la curaba.
“¡Y ahora, Toñito, cuéntanos tus nuevas hazañas!”
Recuerdan los veladores mientras juegan con las barajas. “¡Échate una, yo la
invito!”
Y así bebía de gorra. Contando sus aventuras lujuriosas
provocaba fantasías en los receptores, pues era gracioso y experto contador de
chistes.
Tenía muchos amigos de cantina, a quienes no les
importaban los ojos amarillentos ni el
color negruzco de su rostro, ni la cirrosis abultándole la panza. A pesar de su
estado de salud, el ánimo no lo minaba, y su gusto por las cantinas lo
arrastraba a calmar sus ansias con cervezas frías.
“¡Pásenle una cerveza a Toñito, se viene cagando de la
cruda¡” Nunca faltaba algún compadecido que se ofreciera allanarle el camino al
camposanto. “¿Y ahora, a quién le mordiste el trasero? ¡Debe estar güenota, que
hasta te trajiste una de sus chanclas!” Ante la risa de todos los bebedores,
Toño observó la sandalia de color rosa en uno de sus pies. “¿No será que ya
empiezas a batear por la retaguardia?” “¡Qué va!, anoche me quedé con una piel,
si vieran el cuerazo de vieja, quizá la haigan visto ustedes, se parece a Rocío
Azuara, y una buena agasajada me di” Todos prestaban atención para conocer cada
una de las partes de la mujer que provocaba lascivia a los presentes. En eso estábamos
cuando entró un sodomita de buena corpulencia. “¡Toño, hijo de la chingada, te
trajiste mi chancla!”
Las carcajadas retumbaron al ver en el recién llegado las
otras sandalias. Moviendo la cabeza entregó la chancla a su Rocío. Se empinó la
cerveza. Eructó ruidosamente, y se sumó al festejo.
Cómo olvidar esas anécdotas, en este día tan especial, con
Toño en la caja, tal vez festejando también los recuerdos de sus compañeros de
parranda, que ríen con él.
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