INDICE

sábado, 26 de enero de 2019

Les comparto el siguiente texto


La chancla

Sabino Pérez Ramírez


Toño escogió la madrugada del 22 de julio del 2006 para morir. Lo vi ayer, con la panza de globo y su cuerpo esquelético por la enfermedad que se lo llevó, quién sabe a dónde. Era vecino del Chamizal desde hace más de tres décadas. Trabajaba en el “Río Rosa” de Periquín, muy cerca de donde hoy lo velamos. Alguna vez tuvo su pareja sentimental, pero ésta lo abandonó por alcohólico, y nadie que le llore. Poco le importó el abandono de ella, pues él se deleitaba viéndoles las nalgas a las mujeres prestadoras de servicio en el cabaret.
Toño no era muy agraciado en su aspecto físico: piel oscura, cuerpo delgado y los años empezaban hacerle surcos en la cara; a pesar de esto, por lo regular siempre amanecía con mujeres urgidas ante el calor de las copas, según contaba a todos sus amigos, quienes escuchábamos atentos, porque, a pesar de ser prostitutas, eran muy hermosas, según Toño así les gustaban al dueño del prostíbulo, a quien, a pesar de tener preferencia por los chamacones, las mujeres jóvenes y bellas le dejaban buenas ganancias.
Sus compañeros de parranda rememoran las anécdotas, mientras beben aguardiente de caña, y celebran con risas festivas. Cuando terminaba la labor de mesero, al filo de las cinco de la mañana, se iba a descansar a su cuarto, cuando no, amanecía con alguna doncella. Bueno eso era lo que él contaba. A las once de la mañana ya estaba con su ropa de talachero para limpiar el salón. Con esto sacaba unos centavitos extras, pues siempre andaba necesitado de dinero.
Usaba pantalón negro, arremangado hasta la rodilla de un lado y un poco más arriba del tobillo del otro, camisa negra sin botones y chanclas de hule. En esas fachas andaba en la colonia el resto del día. Sobre todo en las cantinas, donde se la curaba.
“¡Y ahora, Toñito, cuéntanos tus nuevas hazañas!” Recuerdan los veladores mientras juegan con las barajas. “¡Échate una, yo la invito!”
Y así bebía de gorra. Contando sus aventuras lujuriosas provocaba fantasías en los receptores, pues era gracioso y experto contador de chistes.
Tenía muchos amigos de cantina, a quienes no les importaban los ojos amarillentos  ni el color negruzco de su rostro, ni la cirrosis abultándole la panza. A pesar de su estado de salud, el ánimo no lo minaba, y su gusto por las cantinas lo arrastraba a calmar sus ansias con cervezas frías.
“¡Pásenle una cerveza a Toñito, se viene cagando de la cruda¡” Nunca faltaba algún compadecido que se ofreciera allanarle el camino al camposanto. “¿Y ahora, a quién le mordiste el trasero? ¡Debe estar güenota, que hasta te trajiste una de sus chanclas!” Ante la risa de todos los bebedores, Toño observó la sandalia de color rosa en uno de sus pies. “¿No será que ya empiezas a batear por la retaguardia?” “¡Qué va!, anoche me quedé con una piel, si vieran el cuerazo de vieja, quizá la haigan visto ustedes, se parece a Rocío Azuara, y una buena agasajada me di” Todos prestaban atención para conocer cada una de las partes de la mujer que provocaba lascivia a los presentes. En eso estábamos cuando entró un sodomita de buena corpulencia. “¡Toño, hijo de la chingada, te trajiste mi chancla!”
Las carcajadas retumbaron al ver en el recién llegado las otras sandalias. Moviendo la cabeza entregó la chancla a su Rocío. Se empinó la cerveza. Eructó ruidosamente, y se sumó al festejo.
Cómo olvidar esas anécdotas, en este día tan especial, con Toño en la caja, tal vez festejando también los recuerdos de sus compañeros de parranda, que ríen con él.

No hay comentarios:

Publicar un comentario