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viernes, 10 de mayo de 2019

ELEAZAR EL BURRO


Jorge Peralta Arista
Las tiendas o cantinas de la estación del Ferrocarril llamada “Quiotepec”, estaban llenas de arrieros y personas que esperaban el tren de pasajeros; los primeros para esperar la mercancía, para transportarlas en sus mulas hacia los pueblos de esa difícil Sierra Cuicateca, y los otros, para viajar a los poblados por donde pasaba el tren en su recorrido a la ciudad de Oaxaca.
     Los arrieros sonrientes platicaban los pormenores de su difícil oficio; pues tenían que transportar por la sierra todo lo que las mulas aguantaran llevar en sus lomos, alrededor de ciento veinte kilogramos de granos y semillas, abarrotes, tambos de petróleo, y muchas cosas más. Las mulas era el único medio para llevar la mercancía a esos difíciles lugares incomunicados. Una sierra en donde empezaba primero con más de veinte horas de terreno semidesértico, sin agua y con un sol sofocante. Ya muy arriba el clima cambia y sin dejar de ser un difícil trayecto, pues empezaban los terrenos fríos, lodosos, hasta llegar a un clima bochornoso y húmedo.
      La veintena de mulates sombreaban bajo los ciruelos y mezquites que se encontraban en los patios de la desértica estación.
     En una piedra que servía de banco, se encontraba un hombre vestido con calzón y camisa de manta, con las mangas enrolladas; usaba huaraches y un sombrero viejo de palma; comía memelas de frijol, y se bajaba la comida con agua de su “calabazo” o “guaje”, como también se le conocen a estos recipientes naturales. Era un hombre curtido por el sol, de media estatura, y unos cuarenta años de edad, de espalda y piernas fuertes. Su nombre era Eleazar, conocido por todos como “Eleazar el burro”. Eleazar alistaba su mecapal de ixtle y pensaba “Dios mío, qué duro está el sol”.
      Su trabajo consistía en cargar en sus espaldas lo que las mulas no podían llevar; todo lo voluminoso, como: roperos, camas, estufas, máquinas de coser, entre otras cosas más. Ese era el trabajo de “Eleazar el Burro” y nadie envidiaba su actividad, era el único que lo hacía por unos miserables pesos.
        Cuando se acercaba la locomotora la gente gritaba “¡El tren, el tren, ya viene el tren!”, y se oía el rechinar de los rieles, y la máquina lanzaba su silbido escandaloso. Un hombre de negro -el mayordomo del tren- gritaba fuerte “¡Quiotepec!. ¡Esos que bajan y esos que suben, apúrense, acomódense, que tenemos prisa, vamos atrasados!.
       Era la una del día, el tren procedente de la ciudad de Puebla llegaba a esta estación, localizada al pie de la sierra. Los vendedores ambulantes anunciaban sus productos: enchiladas, agua frescas, frutas de la temporada. La gente se apresuraba a comprar lo que las vendedoras llevaban en las canastas; mientras los arrieros escogían en la bodega del tren todo lo que las mulas llevarían en sus lomos; pronuncian palabras obscenas; gritan y bromean; “¡Apúrense flojos; vamos a cargar rápido y nos vamos, el sol está muy fuerte!”.
     Así, cargando sus mulas, emprendían su largo trayecto por esa cuesta, y con el sol sofocante. Tomaban un trago de caña y se iban gritando: “¡Arre mulas, arre flojas, arre bonitas, hijas de la rejija!”. Así les gritaban a las nerviosas y pateadoras mulas. Y así, con ciento veinte kilos de carga cada mula subía por la sierra.
       Eleazar se echaba su pesada carga, con su caminar lento, paso a paso, metro a metro subía esa difícil cuesta; ya agotado se sentaba a descansar por unos minutos; tomaba un sorbo de agua antes de continuar su camino.
      Los arrieros y la gente que sube le decían “¡Adiós Eleazar, apúrate, allá nos vemos!”, con la mano les respondía el saludo, y continuaba lento, lento pero seguro de sus fuerzas hasta llegar a su destino.
      Como ven, eran tiempos difíciles, tiempos que no volverán. El tiempo ha pasado, y ahora hay brechas, por donde todo se lleva en carros de carga. Mucha gente que viaja por esa sierra lo hace en vehículos compactos.
        Los que vivimos ese tiempo, le contamos a nuestros hijos y nietos: por aquí caminaba Eleazar, “Eleazar el burro”, con su pesada carga.
      “Abuelo”, me dicen los jóvenes, “¡pobre Eleazar!”, y les digo hay cargas más pesadas que las de Eleazar el burro, que Dios los ayude a llevarlas por este difícil camino que es la vida.