Jorge
Peralta Arista
Las tiendas o cantinas de la
estación del Ferrocarril llamada “Quiotepec”, estaban llenas de arrieros y
personas que esperaban el tren de pasajeros; los primeros para esperar la
mercancía, para transportarlas en sus mulas hacia los pueblos de esa difícil
Sierra Cuicateca, y los otros, para viajar a los poblados por donde pasaba el
tren en su recorrido a la ciudad de Oaxaca.
Los arrieros sonrientes
platicaban los pormenores de su difícil oficio; pues tenían que transportar por
la sierra todo lo que las mulas aguantaran llevar en sus lomos, alrededor de
ciento veinte kilogramos de granos y semillas, abarrotes, tambos de petróleo, y
muchas cosas más. Las mulas era el único medio para llevar la mercancía a esos
difíciles lugares incomunicados. Una sierra en donde empezaba primero con más
de veinte horas de terreno semidesértico, sin agua y con un sol sofocante. Ya
muy arriba el clima cambia y sin dejar de ser un difícil trayecto, pues
empezaban los terrenos fríos, lodosos, hasta llegar a un clima bochornoso y
húmedo.
La veintena de mulates
sombreaban bajo los ciruelos y mezquites que se encontraban en los patios de la
desértica estación.
En una piedra que servía de
banco, se encontraba un hombre vestido con calzón y camisa de manta, con las
mangas enrolladas; usaba huaraches y un sombrero viejo de palma; comía memelas
de frijol, y se bajaba la comida con agua de su “calabazo” o “guaje”, como
también se le conocen a estos recipientes naturales. Era un hombre curtido por el
sol, de media estatura, y unos cuarenta años de edad, de espalda y piernas
fuertes. Su nombre era Eleazar, conocido por todos como “Eleazar el burro”.
Eleazar alistaba su mecapal de ixtle y pensaba “Dios mío, qué duro está el
sol”.
Su trabajo consistía en
cargar en sus espaldas lo que las mulas no podían llevar; todo lo voluminoso,
como: roperos, camas, estufas, máquinas de coser, entre otras cosas más. Ese
era el trabajo de “Eleazar el Burro” y nadie envidiaba su actividad, era el
único que lo hacía por unos miserables pesos.
Cuando se acercaba la
locomotora la gente gritaba “¡El tren, el tren, ya viene el tren!”, y se oía el
rechinar de los rieles, y la máquina lanzaba su silbido escandaloso. Un hombre
de negro -el mayordomo del tren- gritaba fuerte “¡Quiotepec!. ¡Esos que bajan y
esos que suben, apúrense, acomódense, que tenemos prisa, vamos atrasados!.
Era la una del día, el tren
procedente de la ciudad de Puebla llegaba a esta estación, localizada al pie de
la sierra. Los vendedores ambulantes anunciaban sus productos: enchiladas, agua
frescas, frutas de la temporada. La gente se apresuraba a comprar lo que las
vendedoras llevaban en las canastas; mientras los arrieros escogían en la
bodega del tren todo lo que las mulas llevarían en sus lomos; pronuncian palabras
obscenas; gritan y bromean; “¡Apúrense flojos; vamos a cargar rápido y nos
vamos, el sol está muy fuerte!”.
Así, cargando sus mulas,
emprendían su largo trayecto por esa cuesta, y con el sol sofocante. Tomaban un
trago de caña y se iban gritando: “¡Arre mulas, arre flojas, arre bonitas,
hijas de la rejija!”. Así les gritaban a las nerviosas y pateadoras mulas. Y así,
con ciento veinte kilos de carga cada mula subía por la sierra.
Eleazar se echaba su pesada
carga, con su caminar lento, paso a paso, metro a metro subía esa difícil
cuesta; ya agotado se sentaba a descansar por unos minutos; tomaba un sorbo de
agua antes de continuar su camino.
Los arrieros y la gente que
sube le decían “¡Adiós Eleazar, apúrate, allá nos vemos!”, con la mano les
respondía el saludo, y continuaba lento, lento pero seguro de sus fuerzas hasta
llegar a su destino.
Como ven, eran tiempos
difíciles, tiempos que no volverán. El tiempo ha pasado, y ahora hay brechas,
por donde todo se lleva en carros de carga. Mucha gente que viaja por esa
sierra lo hace en vehículos compactos.
Los que vivimos ese tiempo,
le contamos a nuestros hijos y nietos: por aquí caminaba Eleazar, “Eleazar el
burro”, con su pesada carga.
“Abuelo”, me dicen los
jóvenes, “¡pobre Eleazar!”, y les digo hay cargas más pesadas que las de
Eleazar el burro, que Dios los ayude a llevarlas por este difícil camino que es
la vida.
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