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jueves, 21 de marzo de 2019

BETO GUERRERO

                Sabino Pérez Ramírez

Los años vienen colgados de las corvas de Beto Guerrero, cuando se acerca al portón para cederme el paso al interior de su terreno. Sus ojos apenas y se asoman bajo esos párpados que amenazan cerrarse en cualquier momento. Me saluda con esa cordialidad que lo ha acompañado desde toda su vida. Me pide pasar al corredor de su casa, donde dos mecedoras de arcos metálicos y tejido con caucho invitan al descanso. -Es la alarma- me dice, refiriéndose al perro amarrado de un palo, cuyo ladrido es insistente. Las aves de corral también se alarman al verme, pues saben que soy un desconocido en ese lugar.
Me siento en uno de los sillones, en tanto Beto entra a su casa para dejar en la mesa una bolsa de mercancía, que compró en alguna tienda cercana a su casa. Tomé de mi bolsa artesanal un cuaderno y un lapicero paras dar inicio al diálogo con él, quien se sienta en el otro sillón a mi lado derecho. “A mí siempre me gustó la pesca; así fue como conocí a tu padre”, me dijo, como dejando ir el pensamiento a un pasado lejano en su historia, rememorando los nombre de aquellas personas que formaron parte de uno de los episodios de su larga vida. Así desfilaron por su mente los nombres de Baldomero, el padre de Guayul, lo conocíamos con el sobre nombre de Mero, era un anciano que en época de los cristeros, allá por 1926, participó en la quema del Cristo Negro de El Santuario, según palabras del mismo viejo. Mero vivía a orillas del Río Tonto, en una de las casas de madera que se usaban como negocios para los usuarios de la panga, antes de la construcción del puente Caracol. Luego mencionó a Tranquilino, a quien conocíamos con el apodo de Bigote Juile, quien fuera esposo de Rosa, la hija de Juana, y cuñada de mi hermano Jorge, que en paz descanse. “Yo siempre llegaba a casa del Güero Rey, que estaba de este lado del paso de la panga, por el camino a Mundo Nuevo”. Rey Álvarez, era un personaje que se dedicaba a la pesca en las aguas del Tonto. Comercializaba su producto en Tuxtepec, a donde llegaba a pie, por no haber transporte en ese tiempo, cuando dejó de dar servicio la panga. “El güero Rey vino de Guadalajara hacia Martínez de la Torre, donde vivió una temporada, después viajó hacia estos lugares, donde se vino a refugiar a orillas del río. Hasta la hora de su muerte, no supe si tenía mujer. Lo encontraron ahogado, pues, a pesar de ser pescador no sabía nadar”.
La lucidez de Beto es impresionante a sus 84 años. Mira el pasado como si jugara con la brisa sobre el espejo del río, donde el agua parece tranquila, sin prisa para deslizarse hacia el encuentro con el Papaloapan, a sólo dos kilómetros del lugar que cordelea su memoria, para atrapar, como peces, los nombre de Chema, Teresa, Bigote Juile, Juana, Rosa, Manuel Valenzuela, Mero y Zancudo Macho, el marido de Juana, quienes aún vivían en ese lugar, donde algunas casas comenzaban a formar parte de una comunidad fantasma. “En este lugar guardaba las redes tu papá, después de la pesca”.
Cuando las noches eran tranquilas, como el río, bajo el árbol de agotope, cerca de la casa de Bigote Juile, Mero preparaba la cena: un riquísimo caldo de pescados y mariscos, recién salidos del río, en un caso de buen tamaño se veía flotar varias especies de pescados: mojarra, robalo, guabina, pejepuerco, sábalo; camarones, jaibas y almejas. Era un vuelve a la vida muy peligroso, por ser preparado para la cena, con el que podríamos sufrir de alguna congestión. Fue a mí a quien hizo efecto negativo un caldo de pescado, una de esas noches en que los pescadores prepararon un suculento vuelve a la vida; después de darme una buena atracada con un sábalo, me fui a la hamaca para dormir un rato; la mecida de la hamaca me provocó un vómito, que fui a parar a la clínica de Juan Sánchez, en Tuxtepec; no sé cómo le hicieron pero a esas horas de la noche me llevaron al médico, donde pasé toda la noche con un suero recorriéndome las venas. No fue la primera vez que tuve ese problema, dos veces más fui a parar al hospital, hasta que me acostumbré a este tipo de comida, y jamás me volvió a suceder.
“Un día llevé en el taxi a tu papá a Alvarado, a comprar pescados, que por cierto no encontramos el pescado que buscaba, y nos regresamos sin la mercancía. Él me preguntó que cuánto me debía, pero yo no quise cobrarle nada, pues sabía que al no haber mercancía no hay ganancias”.
Alberto Ceo Guerrero, es el nombre de Beto, quien dice ser originario de Ojitlán, hijo de Alberto Ceo Nakamori, de origen japonés, y de Concepción Rosa Guerrero, nativa de esa localidad.
“Conocí a tu mamá en Ojitlán cuando ella era una adolescente, yo era aún un niño. Mi padre nos trajeron a Tuxtepec, donde radicamos hasta la fecha, yo estaba pequeño. Él era dentista, esa era su profesión. Ya estando en esta ciudad, con el paso de los años, conocí a tu papá, El gordo, le decíamos de apodo, y me enteré que se había juntado con tu mamá”. Los años han adelgazado su cuerpo, y aquél joven robusto, que jugaba a atrapar peces con los anzuelos diestros en sus manos, se ha ido consumiendo en el ir y venir de las horas impías, que se le pegan como lastre en sus pies.
“Desde el 86 dejé el taxi, después de 30 años al volante”. Sus anécdotas como taxista se fueron asomando por la visera de su gorra que le cubre la cabeza blanquecina, con escaso cabello. “Los pescadores siempre cuentan historias sobrenaturales, pero yo nunca vi nada que me pareciera fuera de lo normal. Sólo en una ocasión, cuando hice una corrida a Nigromante, una comunidad más allá de Playa Vicente, Veracruz; Recuerdo que en una de las curvas vi la imagen de la Virgen de la Divina Providencia que se alzaba sobre los árboles; nadie más la vio. Quedé sorprendido, y lo comenté con los traileros y demás transportistas; algunos me creyeron y otros, pues solo me ignoraron”. Sus ademanes parecían recoger en el tiempo los recuerdos de ese momento, donde surcaba la distancia de carreteras protegidas por vallas interminables de árboles y arbustos de la zona mixe. Luego vuelve su rostro hacia mí, con sus ojos cansados y la sonrisa amable, para continuar sus anécdotas. “Una mujer embarazada, acompañada de su suegra, me pidió que la llevara al hospital porque se sentía muy mal. Por el camino se le reventó la fuente, e iba muy apenada la pobre. Me detuve frente a la entrada de emergencia y le pedí a los empleados que trajeran una camilla o una silla de ruedas porque era una emergencia. Como no reaccionaron con prontitud, tomé a la mujer y la cargué entre mis brazos, sin importarme el líquido amniótico que escurría por mi brazo derecho mojándome la ropa; la llevé hasta cerca del quirófano, donde la auxiliaron. La suegra de la joven parturienta me preguntó que cuánto le debía. No le quise cobrar, le dije que primero atendiera a la muchacha que era urgente. Al paso de los días, un hombre se me acercó y me puso un billete en la bolsa de la camisa, esto es por el apoyo que le brindó a mi esposa, la que se le reventó la fuente, me dijo. No supe qué hacer, pero los ojos de gratitud del hombre me hicieron comprender que se sentiría mejor con mi silencio. No fue nada, le dije”.
Beto tiene ese don. El don de servir. Un don nato, que hace que mucha gente se sienta identificada con él, incluyéndome a mí, que siempre le he guardado un cariño especial, como de padre, de hermano, de amigo con quien he tenido la oportunidad de recibir constantemente la calidez de su amistad.
“¡Mira!, ahí está Sabino, el hijo del gordo, me da gusto verlo ahí. Cada vez que te ve en la televisión o en los periódicos, me dice lo mismo, y se siente contento, porque dice que te conoció desde niño, y te ha visto crecer”. La esposa de Beto, Julia Soto Roldán, hija de don Chucho Roldán, comentó esta anécdota, porque asegura que Beto se pone contento cada vez que me ve en los medios de comunicación. Beto Guerrero sonríe, y me mira complaciente. Sus labios se mueven para sacarle historia a los recuerdos. “Un hombre, se subió apresurado y me pidió que alcanzara a un autobús que iba rumbo a Valla Nacional, porque lo había dejado. Le dimos alcance cuando estaba por salir de la ciudad. Me pagó y subió al transporte. Yo me regresé sin prisa, más adelante se detuvo otro taxi, ya dentro de la ciudad, y se bajó el hombre que acababa de dejar en el camión de pasaje. Se me acercó y me dijo que había olvidado algo bajo del asiento. Metió la mano y sacó un paquete envuelto con papel, y me pidió que lo llevara nuevamente para alcanzar al autobús. Di  alcance al carro de pasaje, que por cierto por esos tiempos iban haciendo muchas paradas, pues no había tantos urbanos como hoy. El hombre sacó doscientos pesos y me los dio, le dije que porqué me daba esa cantidad, si sólo le iba a cobrar treinta pesos. Entonces me dijo, a manera de pregunta, enseñándome el paquete, sabes qué es esto que llevo aquí, ¡medio millón de pasos!, es el dinero para el pago de un cargamento de café, por eso te doy esa cantidad, en agradecimiento de que no perdí este dinero. Y se subió al autobús”. Su corazón de persona noble le permitía hacer alguna corrida en su taxi aún si el cliente no trajera dinero, y por alguna razón llevara prisa. Él se sentía satisfecho poder servir a los demás.
Su esposa le pide cinco pesos, para completar para el taxi, por no traer suelto. Beto se levanta del sillón donde se mecía mientras platicamos. “¿Sólo eso necesitas?” “Sí, solo para completar, no sea que no triga cambio el chofer”. Doña Julia se enfila por el camino de concreto que conduce hasta la salida del terreno. Lleva un bolso en el brazo izquierdo, y un vestido blanco, impecablemente limpio. Beto la ve alejarse, como quien ve algo de lo más apreciado, con el deseo de volverla a ver haciendo menesteres en la casa. Los años ya no están para esperar mucho tiempo el regreso de los seres queridos, y ver alejarse a quien se ama, es una odisea interminables, que angustia el corazón de todos.
Le vienen a la memoria torrentes de anécdotas en sus actividades como taxista. “Por el centro levanté a una mujer que traía en sus manos una charola de vasos de cristal, me bajé del coche y le ayudé para subir su mercancía, luego me acerqué para ayudarla con la charola, pero ella me rechazó y solo me pidió que le abriera la puerta del coche. Como pudo entró al auto sin dejar de cargar la charola. Cuando llegamos a su domicilio, bajé sus cosas y las puse en el suelo, luego la quise ayudar con la charola, pero ella se volvió a negar, y haciendo malabares se bajó del auto; en ese momento salió su esposo y tomó la charola, sin el consentimiento de la mujer, el marido se resbala y la charola cae al suelo haciéndose añico los vasos. La mujer se molestó tanto que lo regañó delante de mí, diciéndole que era un tonto e inútil ‘no quise que este señor me ayudara, para que no se fueran a caer los vasos, y vienes tú y le das en la madre’. Me dio un poco de pena por el señor, pero solo me limité a quedarme callado, no fuera que hasta a mí me tocara”.
Beto es padre de tres hijos; uno de ellos falleció en un accidente en 1969, le sobreviven dos: Rodolfo, el mayor y Marcos el más chico, ambos casados, y cinco nietos y una nieta.
Uno de sus nietos me saluda al sentarse en un sofá, frente de nosotros, me pregunta si conozco el significado de los sueños. Le pido que me platique si ha soñado algo que le haya llamado la atención. Me comenta que hace poco murió uno de sus amigos, joven, como él, y que se quedó muy impresionado, por lo que le atribuye a eso que lo sueña muy seguido. Efectivamente, le comento, cuando nos impresionamos con algo a alguien, seguro que vamos a tener consecuencias en nuestro subconsciente, pero no es para alarmarse. La mejor forma de curarse es no pensar en ello, y darle cabida a cosas que nos ayuden a ocupar nuestra mente en actividad positiva.
“Fui un fumador empedernido, desde los 16 años. Hasta hace unos 18 años me vi en la apurancia de dejar ese vicio, cuando me empecé a sentir mal con mis vías respiratorias; un chequeo médico indicó que mis pulmones estaban muy dañados; fue así como dejé ese vicio; y gracias a Dios aún sigo respirando, con un poco de dificultad, pero ahí la llevo.
Las anécdotas de nuestros viejos nos acercan a un tiempo que permanece en la memoria de cada uno de ellos; un tiempo con diferentes matices, de acuerdo al sol y la luna que se haya posesionado en sus mentes para darle luz a sus historias.

lunes, 4 de marzo de 2019

Un cuento de Óscar Contreras


Voy a cruzar la frontera, voy a buscar a Dolores…
                                                 Canción popular

NO TAN LEJOS CORAZÓN


1856 se leía en la parte posterior de la foto que Cuco y Verónica se habían tomado en la terminal de autobuses el día que él partió para el norte. Retumbaba siempre en su mente el número que  los separaba,  1856 km. es la distancia que hay de Oaxaca a Houston o de Madrid a Inglaterra. Ella medía la distancia en un globo terráqueo con una cinta métrica que guardaba su mamá en uno de los cajones de la máquina de coser, se preguntaba por qué no había otro tipo de señal, por ejemplo: cuánta distancia hay entre Ana y José, Arturo y Jovita, o de un punto X (corazón de Verónica) a un punto Y (corazón de Cuco). Borró los nombres de las ciudades en el globo y puso su nombre y el de su amado.

Los domingos al salir de misa sus conocidos le preguntaban ¿cuándo regresa?  Ella contestaba sin inmutarse -para este diciembre retorna. Llevaba varios años de su partida y la fotografía la conservaba aún con buen color, los pintaba de una felicidad juvenil, los ojos brillantes, ilusionados por su porvenir, porque Cuco había ido a eso, a trabajar duro para juntar dinero, construir su casita y poner un negocio con qué mantenerse a su regreso. Antes de su partida tuvieron dos hijos, los cuales  crecían  y olvidaban poco a poco a su padre. Ella se encargaba de recordarles diariamente cómo era Cuco, quizá con eso sus memorias de niños, que se llenaban de imágenes y de experiencias, no olvidarían el recuerdo de su padre, que poco a poco para ellos se fue convirtiendo en un sueño. Al menos eso decían cuando sus amigos les preguntaban  ¿recuerdas a tu padre? -sí, como en un sueño- respondían.

Algunas noches ella lloraba al recordar el bonito noviazgo que tuvieron, y esos recuerdos le daban fuerzas para la espera, diario se comunicaban por teléfono y la voz de Cuco la escuchaba siempre igual que el mismo día que se fue, salvo en épocas de gripe que se le tornaba grave. Cada año desde hacía muchos se postergaba su llegada, él decía que se quedaría un año más, tenían que ahorrar para otros terrenitos, ya con la casita no bastaba.  

El día de su regreso, Verónica, sus hijos y la foto vieja fueron a recibirlo en la misma terminal de donde partió años atrás. Al bajar del autobús ella no lo reconoció, él se acercó, abrazó a Verónica que puso sus manos en x sobre su pecho, ella impávida, sin saber qué decir ni qué hacer, se sentía prisionera en los brazos de un extraño, sólo alcanzaba a mover sus ojos y escanearle la cara buscando a Cuco, lo sacudía para ver si detrás de esa cara ya marchitada por el sol, el tiempo y el arduo trabajo en Houston aparecía su amor. Se despegó de él y salió corriendo, la fotografía por tantos años guardada la arrojó a una coladera, en su mente rebotaban como en una licuadora  los  números 1,8,5 y 6  pensaba ¿qué había pasado? Por qué le era repugnante abrazarlo, le resultaba una persona extraña y únicamente tenía vestigios de Cuco en su mirada, para ella esos años que transformaron el cuerpo de su esposo los seguía separando y ella decidió correr, avanzar 1856 km., regresar el tiempo para encontrar a su corazón que quince años antes había partido de la terminal de autobuses.
A lo lejos, en una cantina de barrio, se escuchaba un estribillo de canción que salía de una vieja sinfonola y un par de borrachos cantaban desafinados: “ fallaste corazón, no vuelvas a apostar".



Óscar Contreras Hernández (Orizaba, Ver.)
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Es integrante del taller literario de la
Asociación Artístico-Cultural El Flamenco A. C.