Sabino Pérez
Ramírez
Los
años vienen colgados de las corvas de Beto Guerrero, cuando se acerca al portón
para cederme el paso al interior de su terreno. Sus ojos apenas y se asoman
bajo esos párpados que amenazan cerrarse en cualquier momento. Me saluda con
esa cordialidad que lo ha acompañado desde toda su vida. Me pide pasar al
corredor de su casa, donde dos mecedoras de arcos metálicos y tejido con caucho
invitan al descanso. -Es la alarma- me dice, refiriéndose al perro amarrado de
un palo, cuyo ladrido es insistente. Las aves de corral también se alarman al
verme, pues saben que soy un desconocido en ese lugar.
Me siento en uno de los sillones, en tanto Beto entra a su
casa para dejar en la mesa una bolsa de mercancía, que compró en alguna tienda
cercana a su casa. Tomé de mi bolsa artesanal un cuaderno y un lapicero paras
dar inicio al diálogo con él, quien se sienta en el otro sillón a mi lado
derecho. “A mí siempre me gustó la pesca; así fue como conocí a tu padre”, me
dijo, como dejando ir el pensamiento a un pasado lejano en su historia,
rememorando los nombre de aquellas personas que formaron parte de uno de los
episodios de su larga vida. Así desfilaron por su mente los nombres de
Baldomero, el padre de Guayul, lo conocíamos con el sobre nombre de Mero, era
un anciano que en época de los cristeros, allá por 1926, participó en la quema
del Cristo Negro de El Santuario, según palabras del mismo viejo. Mero vivía a
orillas del Río Tonto, en una de las casas de madera que se usaban como
negocios para los usuarios de la panga, antes de la construcción del puente
Caracol. Luego mencionó a Tranquilino, a quien conocíamos con el apodo de
Bigote Juile, quien fuera esposo de Rosa, la hija de Juana, y cuñada de mi
hermano Jorge, que en paz descanse. “Yo siempre llegaba a casa del Güero Rey,
que estaba de este lado del paso de la panga, por el camino a Mundo Nuevo”. Rey
Álvarez, era un personaje que se dedicaba a la pesca en las aguas del Tonto.
Comercializaba su producto en Tuxtepec, a donde llegaba a pie, por no haber
transporte en ese tiempo, cuando dejó de dar servicio la panga. “El güero Rey
vino de Guadalajara hacia Martínez de la Torre, donde vivió una temporada,
después viajó hacia estos lugares, donde se vino a refugiar a orillas del río.
Hasta la hora de su muerte, no supe si tenía mujer. Lo encontraron ahogado,
pues, a pesar de ser pescador no sabía nadar”.
La lucidez de Beto es impresionante a sus 84 años. Mira el
pasado como si jugara con la brisa sobre el espejo del río, donde el agua
parece tranquila, sin prisa para deslizarse hacia el encuentro con el
Papaloapan, a sólo dos kilómetros del lugar que cordelea su memoria, para
atrapar, como peces, los nombre de Chema, Teresa, Bigote Juile, Juana, Rosa,
Manuel Valenzuela, Mero y Zancudo Macho, el marido de Juana, quienes aún vivían
en ese lugar, donde algunas casas comenzaban a formar parte de una comunidad
fantasma. “En este lugar guardaba las redes tu papá, después de la pesca”.
Cuando las noches eran tranquilas, como el río, bajo el
árbol de agotope, cerca de la casa de Bigote Juile, Mero preparaba la cena: un
riquísimo caldo de pescados y mariscos, recién salidos del río, en un caso de
buen tamaño se veía flotar varias especies de pescados: mojarra, robalo,
guabina, pejepuerco, sábalo; camarones, jaibas y almejas. Era un vuelve a la
vida muy peligroso, por ser preparado para la cena, con el que podríamos sufrir
de alguna congestión. Fue a mí a quien hizo efecto negativo un caldo de
pescado, una de esas noches en que los pescadores prepararon un suculento
vuelve a la vida; después de darme una buena atracada con un sábalo, me fui a
la hamaca para dormir un rato; la mecida de la hamaca me provocó un vómito, que
fui a parar a la clínica de Juan Sánchez, en Tuxtepec; no sé cómo le hicieron
pero a esas horas de la noche me llevaron al médico, donde pasé toda la noche
con un suero recorriéndome las venas. No fue la primera vez que tuve ese
problema, dos veces más fui a parar al hospital, hasta que me acostumbré a este
tipo de comida, y jamás me volvió a suceder.
“Un día llevé en el taxi a tu papá a Alvarado, a comprar
pescados, que por cierto no encontramos el pescado que buscaba, y nos
regresamos sin la mercancía. Él me preguntó que cuánto me debía, pero yo no
quise cobrarle nada, pues sabía que al no haber mercancía no hay ganancias”.
Alberto Ceo Guerrero, es el nombre de Beto, quien dice ser
originario de Ojitlán, hijo de Alberto Ceo Nakamori, de origen japonés, y de
Concepción Rosa Guerrero, nativa de esa localidad.
“Conocí
a tu mamá en Ojitlán cuando ella era una adolescente, yo era aún un niño. Mi
padre nos trajeron a Tuxtepec, donde radicamos hasta la fecha, yo estaba
pequeño. Él era dentista, esa era su profesión. Ya estando en esta ciudad, con
el paso de los años, conocí a tu papá, El gordo, le decíamos de apodo, y me
enteré que se había juntado con tu mamá”. Los años han adelgazado su cuerpo, y
aquél joven robusto, que jugaba a atrapar peces con los anzuelos diestros en sus
manos, se ha ido consumiendo en el ir y venir de las horas impías, que se le
pegan como lastre en sus pies.
“Desde el 86 dejé el taxi, después de 30 años al volante”.
Sus anécdotas como taxista se fueron asomando por la visera de su gorra que le
cubre la cabeza blanquecina, con escaso cabello. “Los pescadores siempre
cuentan historias sobrenaturales, pero yo nunca vi nada que me pareciera fuera
de lo normal. Sólo en una ocasión, cuando hice una corrida a Nigromante, una
comunidad más allá de Playa Vicente, Veracruz; Recuerdo que en una de las
curvas vi la imagen de la Virgen de la Divina Providencia que se alzaba sobre
los árboles; nadie más la vio. Quedé sorprendido, y lo comenté con los traileros
y demás transportistas; algunos me creyeron y otros, pues solo me ignoraron”.
Sus ademanes parecían recoger en el tiempo los recuerdos de ese momento, donde
surcaba la distancia de carreteras protegidas por vallas interminables de árboles
y arbustos de la zona mixe. Luego vuelve su rostro hacia mí, con sus ojos
cansados y la sonrisa amable, para continuar sus anécdotas. “Una mujer
embarazada, acompañada de su suegra, me pidió que la llevara al hospital porque
se sentía muy mal. Por el camino se le reventó la fuente, e iba muy apenada la
pobre. Me detuve frente a la entrada de emergencia y le pedí a los empleados
que trajeran una camilla o una silla de ruedas porque era una emergencia. Como
no reaccionaron con prontitud, tomé a la mujer y la cargué entre mis brazos,
sin importarme el líquido amniótico que escurría por mi brazo derecho mojándome
la ropa; la llevé hasta cerca del quirófano, donde la auxiliaron. La suegra de
la joven parturienta me preguntó que cuánto le debía. No le quise cobrar, le
dije que primero atendiera a la muchacha que era urgente. Al paso de los días,
un hombre se me acercó y me puso un billete en la bolsa de la camisa, esto es
por el apoyo que le brindó a mi esposa, la que se le reventó la fuente, me
dijo. No supe qué hacer, pero los ojos de gratitud del hombre me hicieron
comprender que se sentiría mejor con mi silencio. No fue nada, le dije”.
Beto tiene ese don. El don de servir. Un don nato, que hace
que mucha gente se sienta identificada con él, incluyéndome a mí, que siempre
le he guardado un cariño especial, como de padre, de hermano, de amigo con
quien he tenido la oportunidad de recibir constantemente la calidez de su
amistad.
“¡Mira!, ahí está Sabino, el hijo del gordo, me da gusto
verlo ahí. Cada vez que te ve en la televisión o en los periódicos, me dice lo
mismo, y se siente contento, porque dice que te conoció desde niño, y te ha
visto crecer”. La esposa de Beto, Julia Soto Roldán, hija de don Chucho Roldán,
comentó esta anécdota, porque asegura que Beto se pone contento cada vez que me
ve en los medios de comunicación. Beto Guerrero sonríe, y me mira complaciente.
Sus labios se mueven para sacarle historia a los recuerdos. “Un hombre, se
subió apresurado y me pidió que alcanzara a un autobús que iba rumbo a Valla
Nacional, porque lo había dejado. Le dimos alcance cuando estaba por salir de
la ciudad. Me pagó y subió al transporte. Yo me regresé sin prisa, más adelante
se detuvo otro taxi, ya dentro de la ciudad, y se bajó el hombre que acababa de
dejar en el camión de pasaje. Se me acercó y me dijo que había olvidado algo
bajo del asiento. Metió la mano y sacó un paquete envuelto con papel, y me
pidió que lo llevara nuevamente para alcanzar al autobús. Di alcance al carro de pasaje, que por cierto por
esos tiempos iban haciendo muchas paradas, pues no había tantos urbanos como
hoy. El hombre sacó doscientos pesos y me los dio, le dije que porqué me daba
esa cantidad, si sólo le iba a cobrar treinta pesos. Entonces me dijo, a manera
de pregunta, enseñándome el paquete, sabes qué es esto que llevo aquí, ¡medio
millón de pasos!, es el dinero para el pago de un cargamento de café, por eso
te doy esa cantidad, en agradecimiento de que no perdí este dinero. Y se subió
al autobús”. Su corazón de persona noble le permitía hacer alguna corrida en su
taxi aún si el cliente no trajera dinero, y por alguna razón llevara prisa. Él
se sentía satisfecho poder servir a los demás.
Su esposa le pide cinco pesos, para completar para el taxi,
por no traer suelto. Beto se levanta del sillón donde se mecía mientras
platicamos. “¿Sólo eso necesitas?” “Sí, solo para completar, no sea que no
triga cambio el chofer”. Doña Julia se enfila por el camino de concreto que
conduce hasta la salida del terreno. Lleva un bolso en el brazo izquierdo, y un
vestido blanco, impecablemente limpio. Beto la ve alejarse, como quien ve algo
de lo más apreciado, con el deseo de volverla a ver haciendo menesteres en la
casa. Los años ya no están para esperar mucho tiempo el regreso de los seres queridos,
y ver alejarse a quien se ama, es una odisea interminables, que angustia el
corazón de todos.
Le vienen a la memoria torrentes de anécdotas en sus
actividades como taxista. “Por el centro levanté a una mujer que traía en sus
manos una charola de vasos de cristal, me bajé del coche y le ayudé para subir
su mercancía, luego me acerqué para ayudarla con la charola, pero ella me
rechazó y solo me pidió que le abriera la puerta del coche. Como pudo entró al
auto sin dejar de cargar la charola. Cuando llegamos a su domicilio, bajé sus
cosas y las puse en el suelo, luego la quise ayudar con la charola, pero ella
se volvió a negar, y haciendo malabares se bajó del auto; en ese momento salió
su esposo y tomó la charola, sin el consentimiento de la mujer, el marido se resbala
y la charola cae al suelo haciéndose añico los vasos. La mujer se molestó tanto
que lo regañó delante de mí, diciéndole que era un tonto e inútil ‘no quise que
este señor me ayudara, para que no se fueran a caer los vasos, y vienes tú y le
das en la madre’. Me dio un poco de pena por el señor, pero solo me limité a
quedarme callado, no fuera que hasta a mí me tocara”.
Beto es padre de tres hijos; uno de ellos falleció en un
accidente en 1969, le sobreviven dos: Rodolfo, el mayor y Marcos el más chico,
ambos casados, y cinco nietos y una nieta.
Uno de sus nietos me saluda al sentarse en un sofá, frente
de nosotros, me pregunta si conozco el significado de los sueños. Le pido que
me platique si ha soñado algo que le haya llamado la atención. Me comenta que
hace poco murió uno de sus amigos, joven, como él, y que se quedó muy
impresionado, por lo que le atribuye a eso que lo sueña muy seguido.
Efectivamente, le comento, cuando nos impresionamos con algo a alguien, seguro
que vamos a tener consecuencias en nuestro subconsciente, pero no es para alarmarse.
La mejor forma de curarse es no pensar en ello, y darle cabida a cosas que nos
ayuden a ocupar nuestra mente en actividad positiva.
“Fui un fumador empedernido, desde los 16 años. Hasta hace
unos 18 años me vi en la apurancia de dejar ese vicio, cuando me empecé a
sentir mal con mis vías respiratorias; un chequeo médico indicó que mis
pulmones estaban muy dañados; fue así como dejé ese vicio; y gracias a Dios aún
sigo respirando, con un poco de dificultad, pero ahí la llevo.
Las anécdotas de nuestros viejos nos acercan a un tiempo
que permanece en la memoria de cada uno de ellos; un tiempo con diferentes
matices, de acuerdo al sol y la luna que se haya posesionado en sus mentes para
darle luz a sus historias.
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