Alumnas participantes en el concurso literario, con Sabino Pérez Ramírez
EL CAOS DE LA SINGULARIDAD
Separé mis párpados luego de escuchar el sonido de la
puerta al ser cerrada con brusquedad. Al parecer Cristina, mi compañera de
departamento, había llegado.
–¡Estoy harta!-, la escuché
decir entre sus murmullos incoherentes.
–¿Y ahora? ¿A qué se debe
tan radiante humor?- pregunté.
–Vengo de la casa de mi
madre, no sé qué le pasa, pero ha estado insoportable conmigo.
–Debo suponer que ya
hablaste con ella sobre la razón de su comportamiento. ¿Cierto?
–¡Pff!, ya vas otra vez con
tus sermones de anciana sobre la comunicación y bla bla bla.
–Nunca te he contado cómo
nació mi insistencia por ese tema ¿verdad?- le dije algo molesta por el tono
despectivo que usó antes.
–No- contestó a secas.
–Ven. Siéntate- Nos sentamos
en el sofá e ignoraba sus gestos, resignada procedí a narrar.
–Mi mamá tuvo que irse a
Estados Unidos cuando yo tenía siete años, esto por nuestra situación económica
tan complicada que tuvimos desde la desaparición de mi padre a mis seis años,
eso tú ya lo sabes… me dejó con mis abuelos, todo iba perfectamente, hasta la
llegada de aquél primero de abril, ya a mis nueve años de edad. Fue un día
soleado, en el que el calor de la gran estrella por la cual subsistimos, me
tostaba ligeramente la piel mientras jugaba con las mariposas en el jardín
marchito de mis abuelos, llegó mi abuela de hacer las compras y corrí a
ayudarla, ya que venía casi ahogada de bolsas del mercado, siempre que llegaba
de las compras me daba un beso en la mejilla y un cariñoso abrazo, pero, ese
día su indiferencia contrastó con la calidez del clima, ni siquiera volteó a
verme al entrar a casa, me enojé por eso, más no le dije o pregunté nada. El
reloj tarareaba el pasar del tiempo, cantó las cinco de la tarde y mi abuela me
habló para comer, al llegar al comedor observé que mi abuelo ya había llegado,
lo saludé y me senté esperando a que me sirvieran, de repente noté que mi
abuela temblaba mucho mientras servía el estofado, y cuando me di cuanta estaba
inconsciente en el piso… con una sensación de frío y las manos sudadas corrí
por el teléfono para pedir una ambulancia. Llegamos al hospital, mi abuelo y yo
estábamos en la sala de espera; el dolor se intensificaba. Sentía mi alma
escocer en la lumbre del temor contrario al calor del sol de primavera en mi
cacería de mariposas. Mis piernas se movían en reflejo de ansiedad, el olor a
alcohol y fármacos inundaba mis fosas nasales aturdiendo mis sentidos y
cordura.
Al dar la noche, el médico
se nos acercó con una expresión parecida a la que mostraba yo cuando me
regañaban por hacer travesura, escupió tal noticia desgarradora, seguido de un
hipócrita “lo siento”, mi abuela había muerto… resulta que ese día tenía
elevada la presión arterial, por eso estaba tan indiferente, se sentía mal,
todo ese estrés de estar mal, tener que ir al mercado, cuidar de mí y encima
que yo mal pensara sus acciones le provocaron un paro cardiaco. ¿Sabes? En
todos los años que llevo ardiendo en este infierno que llamamos vida me he
quemado con dos llamas: la llama de un montón de leña adjunta para calentarse
en un campamento, esa que mantiene recuerdos, esa que al ser cenizas te deja un
consejo por cada mancha y negro en tu mano; y la llama de un hogar envuelto en
fuego, esa que trepa a tu ropa buscando desgarrarla hasta llegar a tu piel para
hacerle lo mismo, esa convierte recuerdos y enseñanzas en carbón… Pero ese día,
fue algo diferente, fue la llama de un sacrificio, era una llama de agonía,
lamentos, dolor, desesperación, una llama que al ser cenizas… sólo era eso, un
residuo que mancha de negro, sólo cenizas.
–Cristina, deja ese orgullo
tuyo, ve por tu celular y habla con tu madre, no trato de decirte con esto que
si eres así te pasará lo mismo, sólo date cuenta cuando tu dignidad se convierte
en orgullo perjudicial.
–Perdóname por lo que dije
antes, me mofé de ti sin saber tus razones… Y gracias, por tu confianza.
–No te preocupes, ahora ve,
que tienes una llamada por hacer.
Fabiola Arróniz Rivera
Alumna del COBAO 07, Tuxtepec, Oax.
Ocupó el primer lugar en el concurso
de cuento, realizado en el 37 Intercolegial 2019

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