INDICE

jueves, 15 de septiembre de 2016

Dos poemas de Klyo Mendoza Herrera, en homenaje a José Emilio Pacheco “Hacedores de palabras” 2009.


Klyo Mendoza

SOY

Soy la que usted fue,
no siento ni me barren los pies.
¿Come usted raíces?

Tuve que ocupar su lugar
y olvido lo que debo escribir.
Ignoro los reflejos.

Duermo en las mesas y el despertar encierra
cuando lo que aclara se oscurece.
Todo está si el sol no abre la puerta.

Sentado bajo el sauce, con la cabeza entre las manos,
el día: planeando la nueva batalla
y usted ya no lo apoya.
Lo deja comer y hartarse,
tomar vino y emborrachar a Dios.

Usted observa los cuadros cien veces, sin mover los ojos.
Espera a su antípoda.

Y lo miro:
Quitándose los zapatitos de abuela.
Como si el tiempo lo esperara.
Le limpio las lágrimas
que se secaron en sus sienes
Y la saliva que el sueño puso en su barbilla.

Usted es un poema cuando el diablo le tutea.




EL PRECIPICIO DE TU PÁRPADO

La mirada con segundero en la pupila,
una canción para cada lágrima,
con ese contorno que no cabe en las almendras
Y esas ramas en el precipicio de tus párpados.

De la boca no opino.
Eres mi amigo y ambos sabemos que no es así.

En la nariz cabe mi perfumero,
mi vestido de noche y la noche misma
que se mide con puntas de lápiz.

Yo te mido con tiempo perdido.

Fragmento de novela inédita, El Gálata Moribundo

Mi tío favorito


2013. Septiembre, mes de la patria. Feliz regreso a clases a los que vamos a escuelas particulares. De este nuevo ciclo escolar me encantan los lunes porque salgo una hora antes. Escribo lo más sobresaliente de este mes.
El día trece se conmemora un aniversario más de los Niños Héroes. Mi tío favorito dice que es algo inútil festejar a los héroes que dieron su vida en aras de la patria. “Este país se está desmoronando” dice “y los responsables hacen que nuestros héroes dieran su vida por nada, por una patria que ya no es nuestra”. Todos los que entonces asisten a dar El grito van a celebrar el nacimiento de un país que, cuando yo sea adulta, ya no será libre y soberano: un país de a mentiritas sostenido por mentiras.
¿Cómo percibo a los Niños Héroes? Como imágenes de estampita, como santitos sin aureola. Me gustan algunos de sus nombres: Francisco, por ejemplo… –¿Cómo puedes festejar El Grito con nombres tan extraños como Gilbert o Brian? “Espíritu colonizado” dijera mi tío favorito–. Dicen que las niñas maduramos antes que los varones y un médico dice que hace siglo y medio tardábamos bastante más en llegar a la edad reproductiva. Los hombres siempre han sido más lentos y en esos años los niños, a pesar de la edad, eran niños verdaderamente.
Ese mismo día, por cierto, en un programa de tv local, un gordo vestido de mujer fodonga usó la bandera nacional como mantel para poner su vaso de tequila, para que una invitada comiera tacos y que otro echara las nalgas sobre el escudo nacional; “¿cuál patria”? dijera con indignación mi tío favorito. “Estos cabrones si no tienen madre, patria tampoco”. Al día siguiente, un negro le partió la mandarina en gajos al “Canelo”. Un pinche drama. Trago amargo rebajado con sorbos de Heineken en botella verde para los que ven cómo se juega el honor de la patria en un cuadrilátero.
Prietitas con trenzas aparte, sé que los hombres de cualquier edad prefieren a las mujeres jóvenes, delgadas y güeras (ahí está el detalle con Cantinflas: pura güera; y el Cantinflas de entonces no pudo equivocarse). Nada les da más gusto que ver esos muslos blancos desprotegidos por shorcitos de mezclilla (lo sé porque más de una triste señora desengañada afirma eso).

Del libro “Culebra de agua”, de Francisco Javier Estrada Yescas

CLARA COBOS TADEO
(TESTIMONIO DE LA INUNDACIÓN DE 1944)


Clara Cobos, de diez años, vivía a la orilla del río en una finca pequeña con sus padres Belén Cobos Arceo y Petronila Tadeo Villegas. La casa estaba dentro del predio El Yucal, propiedad de Manuel Delgado y que a principios de siglo XX sirvió como campo de cultivo de yuca, materia prima para fabricar almidón por parte de un químico y empresario francés llamado Carlos Khun.
El lado de la casa que daba al río estaba a la altura de El Castillo, sitio abundante en testimonios prehispánicos; en esa playa trabajaba el padre de Felipe Matías Velasco y otras personas componiendo y dando mantenimiento a chalanes y otras embarcaciones. Desde esa orilla la pequeña hija de otro francés, Theodore Baldenberg, vio, cuarenta años atrás, flotando en la lejanía como un sueño, la cumbre nevada del Pico de Orizaba.
Terminada la jornada estos trabajadores dejaban sus herramientas en la casa de su papá Belén. Iba Clara con sus hermanos Vicente, Raymundo y su prima Manuela a la escuela Ignacio Ramírez cuando esta era todavía de techo de palma y estaba a la orilla del río, cerca de donde desembocaba la calle Ignacio Zaragoza. Su papá, como no le gustaba que sus hijos atravesaran patio ajenos, les había hecho una escalera sobre un barranco de tierra a la orilla del río para que subieran por ella hasta llegar a la escuela.
A las seis de la mañana del día 23 de septiembre de 1944 el nivel del río alcanzó la finca. Belén Cobos puso a su familia en una embarcación propia y tirando de ella, evadiendo la corriente del río y con el agua a la cintura,  atravesó el predio inundado de El Yucal con intención de llegar hasta San Antonio Encinal, pero se detuvo dentro de la propiedad de los hermanos Cobos, parientes suyos; propiedad convertida en colonia y conocida actualmente como Los Cobos. Allí, un señor llamado Pepe Magaña les dio asilo en su vivienda. En la falda de la loma donde se hallaba la casa, Belén Cobos amarró su chalupa.
Lejos, en algunas lomas, se podía ver ganado abandonado. La familia estuvo dos días sin comer, solo bebiendo agua de lluvia.
Cuando a los tres días las aguas se retiraron, acertaron a pasar a caballo un par de refugiados españoles, los dueños de unas milpas cercanas que se salvaron de la voracidad del agua y de las reses y al reconocer al padre de Clara consintieron que este señor cosechara los elotes que pudiera. Las dos familias, los Cobos y los Magaña, pudieron comer entonces.
Sin casa donde habitar después de la creciente, buscaron asilo junto a la familia de su papá Belén, en la casa del abuelo. Esta familia que vivía en La Piragua ya los daba por muertos, así que se sorprendieron mucho al verlos a las puertas de la casa.
La señora Petronila Tadeo Villegas nunca se repuso de aquella calamidad y falleció en diciembre. El cortejo fúnebre salió de La Piragua y pasó por entre lomas de tierra acumulada.
Hasta ese momento la pequeña Clara Cobos Villegas, tomada de la mano callosa de su papá, conoció por primera vez el parque Juárez y el panteón del pueblo.


domingo, 11 de septiembre de 2016

Escritores integrantes del grupo "Por qué las palabras"

Alejandro González Luengas 

Roberto Rosales y Sabino Pérez

Un cuento de Alejandro González Luengas.

LOCO


-¡Ahí viene el loco! ¡Ahí viene el loco!- gritaban los niños y huían despavoridos al ver llegar la extravagante presencia de aquel joven con el pelo enmarañado, descalzo, vestido de harapos pero con la sonrisa a flor de labios. Algunos vagos le lanzaban piedras, pero él, estoico, proseguía su camino.
               Algún lamentable accidente lo había reducido a esta condición; en un descuido huyó del hogar paterno y olvidó familia, nombre propio y demás formulismos sociales; su identidad se redujo a su nueva condición y nominación: Loco.
               Contrario a lo que se pensara, Loco no era infeliz: gustaba de sentir la caricia de la lluvia que mitigaba el calor de la tarde y permanecía bajo de ella sin guarecerse,  haciendo que quienes lo observaban movieran  la cabeza de un lado a otro exclamando:

 -¡Está loco por mojarse!

               En las noches dormía en cualquier portal, sobre unos cartones, al amparo de la indiferencia de los pocos transeúntes que se aventuraban en la oscuridad, y a la indolencia de los truhanes que al verlo comentaban:

-Para qué hacerle algo, ¡está loco!

Y Loco soñaba con fastuosos bailes nocturnos, donde él era la figura principal, o con mullido colchón y lienzos de crujiente seda.
               En las mañanas Loco recogía su cama, no se preocupaba por tenderla y mucho menos se mortificaba por lavar las inexistentes sábanas; gustaba de admirar los amaneceres, y cuando el disco solar asomaba en el horizonte, palmeaba de gozo por tener el privilegio de presenciar algo que muchos en ese instante ya no lo lograrían más.

-¿De qué se ríe aquel?- murmuraban las señoras que en apurado paso se dirigían a comprar lo necesario para el desayuno del esposo y críos – ¡Si se ríe solo, indudablemente está loco!- y apretaban más el paso.

Avanzada la mañana, Loco buscaba su propio desayuno: las caridades de las mujeres que expendían comida en los puestos.

-Pobrecito, ¡está loco y no se vale por sí mismo! Démosle cuando menos de comer para aliviar su pena.
Y Loco se sentaba en una piedra a comer, imaginando que estaba en un banquete y era el centro de atención por su amena plática y conocimientos de gourmet.
Loco gustaba de sentir la tierra bajo sus pies, sin conocer la opresión de los zapatos,  que le lastimaban más que el andar sin ellos.

-¡Estaría yo loco para andar descalzo!- rumiaban quienes lo veían en esta condición y que calzaban a su vez finos zapatos de pieles, comprados a precios inflados en lujosas zapaterías. Y Loco reía con gozo al brincar en los charcos y sentir el agua filtrarse entre los dedos callosos.
Loco no era desaseado, se bañaba regularmente en la fuente pública, y quienes lo veían reían,  tomando fotos y videos con sofisticados celulares, útiles para muchas cosas menos para su finalidad primigenia de comunicación.

-¡Ja, já! ¿Ya viste el video del loco que se baña en la fuente? ¡Te lo paso!

A Loco no le importaba y su espíritu era más límpido que quienes se burlaban de él.

Y llegó el aciago día.

Una tarde un grupo de escolares se toparon de frente con Loco, rieron al verlo y lo esquivaron bromeando sobre su condición, a excepción de una joven, quien reconoció en él a un pariente. Pretextando cualquier cosa se separó del grupo y llamó por teléfono a sus padres:
-¡He visto a mi primo en la ciudad, vengan por él!- y les proporcionó detalles.
Los padres alborozados viajaron hasta encontrar a Loco. La madre –¿cuándo no la madre?- lo abrazó arrasada en lágrimas, mientras los demás observaban con sentimientos encontrados el cuadro digno del pincel de Murillo: Loco permanecía absorto, tratando de entender la situación. Un chispazo remoto en la memoria le decía que ahí había algo familiar.

Loco fue recluido en una institución de rehabilitación mental, los buenos oficios de los galenos y los cuidados recibidos hicieron que recobrara la cordura, y todos mostraban su contento exclamando:

-Pobrecillo, ¡cuánto debió de sufrir estando loco! ¡Qué bueno que se ha recuperado! ¡Qué contento estará él y su familia! ¡Ahora será feliz!

Y Loco se reincorporó a la sociedad y a sus convencionalismos hipócritas: se sujetó a un empleo, a un patrón y a un horario; temió mojarse o asolearse y se guareció del clima; sintió miedo a las calles y noches y dejó de salir en ellas; ya nunca más admiró las estrellas tendido bocarriba, como lo hacía anteriormente; compró zapatos y oprimió a sus pies; no disfrutó ya más de los amaneceres ni palmeó gozoso la aparición del sol.

Loco ya nunca más volvió a reír, y con la cordura dejó de ser feliz.




Alejandro González Luengas
Nació el 22 de enero de 1969. Cursó la carrera de ingeniero electricista en el Instituto Tecnológico de Oaxaca.  Ha publicado dos libros: “Santiago Suchilquitongo. Historia de un pueblo. Época prehispánica” y “San Pablo Huitzo (Cuauhxilotítlan). Un estudio de sus topónimos prehispánicos”. Actualmente está en preparación el libro de anécdotas y leyendas “Sucedió en Suchilquitongo”. Ha publicado en el periódico Noticias, Voz e imagen de la Cuenca, investigación histórica,  narrativa y cuentos; forma parte del taller literario de la Asociación Cultural El flamenco e impulsor del programa “Palabra que te cuento”.


MIS RECUERDOS, Sabino Pérez Ramírez

EN LA ESQUINA DE GUADALUPE VICTORIA


Es difícil empezar a redactar algo cuando el ruido es estridente; aún así mi lapicero dibuja las ideas, las flores y el cuadro en el caballete. A pesar de “El Zandunga” en su delirante movimiento y exquisito aleteo de faldas istmeñas he podido obedecer a la imperiosa embestida de mi bolígrafo, para enmarcar las pinceladas que dibujan la estancia en la que nos encontramos Fabiola, Chico, Rosy y yo.
Qué difícil es cuando las sombras desvían las turbulentas olas de tu imaginación, te embisten como trapeadoras que se deslizan por el piso de azulejo blanquecino y horadan en los libros, sin encontrar un refugio que satisfaga el sediento deseo de mi pluma; es ahí donde las palabras huelen los colores, las voces y el ambiente impregnado de recuerdos.
Estamos en la esquina de Guadalupe Victoria y la antigua calle de la Felicidad, a unos pasos de lo que era el “Chamizal”. La música zandunguera me recuerda al Río Rosas de Periquín, en sus mejores años, allá por los setenta, cuando el Chamizal era el lugar obligado de los buscadores de aventuras, de los príncipes al rescate de sus princesas, y el salón de Periquín era como un río de sedientas rosas de colores púrpura, que convertían al ambiente en un harem de alegres doncellas, donde los destellos de luces palpitantes eran como antifaces que hacía más emocionante las caricias y los besos copeados. Era “un ambiente divino”, aseguraban algunos, “porque las doncellas no tenían sexo”.

            Esta tarde en el taller hacemos el ejercicio de escribir, y mi lapicero espera impaciente que le dicte mis recuerdos.

Un poema de Roberto Rosales, del libro “Taller de locos”

PERSPECTIVA DEL MIEDO

I

Tirado en el piso
veo como los demonios
hacen leña de mi cuerpo,
parecen melancólicos espantapájaros
vestido con mi conciencia rota
y danzan
evitan mancharse los pies
con mi amargura
que escurre
y moja de negro mi esencia.

Quizás al arder también sea un demonio.


II

Tirado en el piso
espero adioses que no llegan,
mientras veo partir ausencias
en trenes y boletos

(El vacío es un calcetín roto
donde asoman las uñas con vergüenza)

No puedo violentar la espera,
porque soy la sombra de nadie,
invento un chasquido de dedos
para bailar una rumbita
antes del anuncio de la próxima salida

“amores con destino a la chingada”


III

Tirado en el piso
caen conjeturas sobre mí, como navajas
me diseccionan
puedo ver mi historia entre la basura
y en hocicos de perros

A primera vista
se podría decir que es un suicidio.

Se puede leer una frase entre mis manos
que pudo haber causado este tajo

De mi garganta sale una fila de hormigas
llevando mis palabras para el invierno.


IV

Tirado en el piso
despierto con los ojos hacia adentro
arañazos marcan un territorio hostil

Habilito alas para el sueño
nada parecido a este monstruo
que me mantiene cautivo.



Roberto Rosales Martínez, Poza Rica, Veracruz.
Escritor, columnista.
* Fue integrante de la Casa de Escritor en Cancún, Quintana Roo. Ha publicado en la revista “Tropo al una” de Cancún. Tiene colaboraciones en diversas revistas institucionales y medios electrónicos como km56 Magazine.
* Ha tomado taller de poesía con el escritor y crítico literario Miguel Ángel Meza Robles.
* Actualmente pertenece a la primera generación de Escuela de Poetas, impartida por el escritor Andrés Bolaños.
* Su columna “Ruido de fondo” se publicó en el Periódico Noreste de Poza Rica.

Actualmente, tiene listo para publicar su primer libro de poemas “Conservación del instinto”.