LOCO
-¡Ahí viene el loco! ¡Ahí viene el loco!-
gritaban los niños y huían despavoridos al ver llegar la extravagante presencia
de aquel joven con el pelo enmarañado, descalzo, vestido de harapos pero con la
sonrisa a flor de labios. Algunos vagos le lanzaban piedras, pero él, estoico,
proseguía su camino.
Algún
lamentable accidente lo había reducido a esta condición; en un descuido huyó
del hogar paterno y olvidó familia, nombre propio y demás formulismos sociales;
su identidad se redujo a su nueva condición y nominación: Loco.
Contrario a lo que se pensara, Loco no era infeliz: gustaba de sentir
la caricia de la lluvia que mitigaba el calor de la tarde y permanecía bajo de
ella sin guarecerse, haciendo que
quienes lo observaban movieran la cabeza de
un lado a otro exclamando:
-¡Está
loco por mojarse!
En
las noches dormía en cualquier portal, sobre unos cartones, al amparo de la
indiferencia de los pocos transeúntes que se aventuraban en la oscuridad, y a
la indolencia de los truhanes que al verlo comentaban:
-Para qué hacerle algo, ¡está loco!
Y Loco soñaba
con fastuosos bailes nocturnos, donde él era la figura principal, o con mullido
colchón y lienzos de crujiente seda.
En
las mañanas Loco recogía su cama, no
se preocupaba por tenderla y mucho menos se mortificaba por lavar las inexistentes
sábanas; gustaba de admirar los amaneceres, y cuando el disco solar asomaba en
el horizonte, palmeaba de gozo por tener el privilegio de presenciar algo que
muchos en ese instante ya no lo lograrían más.
-¿De qué se ríe aquel?- murmuraban las
señoras que en apurado paso se dirigían a comprar lo necesario para el desayuno
del esposo y críos – ¡Si se ríe solo, indudablemente está loco!- y apretaban
más el paso.
Avanzada la mañana, Loco buscaba su propio desayuno: las caridades de las mujeres que
expendían comida en los puestos.
-Pobrecito, ¡está loco y no se vale por sí
mismo! Démosle cuando menos de comer para aliviar su pena.
Y Loco
se sentaba en una piedra a comer, imaginando que estaba en un banquete y era el
centro de atención por su amena plática y conocimientos de gourmet.
Loco gustaba de sentir la tierra bajo sus pies, sin
conocer la opresión de los zapatos, que
le lastimaban más que el andar sin ellos.
-¡Estaría yo loco para andar descalzo!- rumiaban
quienes lo veían en esta condición y que calzaban a su vez finos zapatos de pieles, comprados
a precios inflados en lujosas zapaterías. Y Loco
reía con gozo al brincar en los charcos y sentir el agua filtrarse entre los
dedos callosos.
Loco no era desaseado, se bañaba regularmente en
la fuente pública, y quienes lo veían reían, tomando fotos y videos con sofisticados
celulares, útiles para muchas cosas menos para su finalidad primigenia de
comunicación.
-¡Ja, já! ¿Ya viste el video del loco que se
baña en la fuente? ¡Te lo paso!
A Loco
no le importaba y su espíritu era más límpido que quienes se burlaban de él.
Y llegó el aciago día.
Una tarde un grupo de escolares se toparon de
frente con Loco, rieron al verlo y lo
esquivaron bromeando sobre su condición, a excepción de una joven, quien
reconoció en él a un pariente. Pretextando cualquier cosa se separó del grupo y
llamó por teléfono a sus padres:
-¡He visto a mi primo en la ciudad, vengan
por él!- y les proporcionó detalles.
Los padres alborozados viajaron hasta
encontrar a Loco. La madre –¿cuándo
no la madre?- lo abrazó arrasada en lágrimas, mientras los demás observaban con
sentimientos encontrados el cuadro digno del pincel de Murillo: Loco permanecía absorto, tratando de
entender la situación. Un chispazo remoto en la memoria le decía que ahí había
algo familiar.
Loco fue recluido en una institución de
rehabilitación mental, los buenos oficios de los galenos y los cuidados
recibidos hicieron que recobrara la cordura, y todos mostraban su contento
exclamando:
-Pobrecillo, ¡cuánto debió de sufrir estando
loco! ¡Qué bueno que se ha recuperado! ¡Qué contento estará él y su familia! ¡Ahora
será feliz!
Y Loco
se reincorporó a la sociedad y a sus convencionalismos hipócritas: se sujetó a
un empleo, a un patrón y a un horario; temió mojarse o asolearse y se guareció
del clima; sintió miedo a las calles y noches y dejó de salir en ellas; ya
nunca más admiró las estrellas tendido bocarriba, como lo hacía anteriormente;
compró zapatos y oprimió a sus pies; no disfrutó ya más de los amaneceres ni
palmeó gozoso la aparición del sol.
Loco ya nunca más volvió a reír, y con la cordura
dejó de ser feliz.
Alejandro González Luengas
Nació el 22 de enero de 1969. Cursó la carrera de
ingeniero electricista en el Instituto Tecnológico de Oaxaca. Ha publicado dos libros: “Santiago Suchilquitongo.
Historia de un pueblo. Época prehispánica” y “San Pablo Huitzo
(Cuauhxilotítlan). Un estudio de sus topónimos prehispánicos”. Actualmente está
en preparación el libro de anécdotas y leyendas “Sucedió en Suchilquitongo”. Ha
publicado en el periódico Noticias, Voz e imagen de la Cuenca, investigación histórica, narrativa y cuentos; forma parte del taller
literario de la Asociación Cultural El flamenco e impulsor del programa
“Palabra que te cuento”.