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domingo, 11 de septiembre de 2016

MIS RECUERDOS, Sabino Pérez Ramírez

EN LA ESQUINA DE GUADALUPE VICTORIA


Es difícil empezar a redactar algo cuando el ruido es estridente; aún así mi lapicero dibuja las ideas, las flores y el cuadro en el caballete. A pesar de “El Zandunga” en su delirante movimiento y exquisito aleteo de faldas istmeñas he podido obedecer a la imperiosa embestida de mi bolígrafo, para enmarcar las pinceladas que dibujan la estancia en la que nos encontramos Fabiola, Chico, Rosy y yo.
Qué difícil es cuando las sombras desvían las turbulentas olas de tu imaginación, te embisten como trapeadoras que se deslizan por el piso de azulejo blanquecino y horadan en los libros, sin encontrar un refugio que satisfaga el sediento deseo de mi pluma; es ahí donde las palabras huelen los colores, las voces y el ambiente impregnado de recuerdos.
Estamos en la esquina de Guadalupe Victoria y la antigua calle de la Felicidad, a unos pasos de lo que era el “Chamizal”. La música zandunguera me recuerda al Río Rosas de Periquín, en sus mejores años, allá por los setenta, cuando el Chamizal era el lugar obligado de los buscadores de aventuras, de los príncipes al rescate de sus princesas, y el salón de Periquín era como un río de sedientas rosas de colores púrpura, que convertían al ambiente en un harem de alegres doncellas, donde los destellos de luces palpitantes eran como antifaces que hacía más emocionante las caricias y los besos copeados. Era “un ambiente divino”, aseguraban algunos, “porque las doncellas no tenían sexo”.

            Esta tarde en el taller hacemos el ejercicio de escribir, y mi lapicero espera impaciente que le dicte mis recuerdos.

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