EN LA ESQUINA DE GUADALUPE VICTORIA
Es difícil empezar a redactar algo cuando el ruido es estridente;
aún así mi lapicero dibuja las ideas, las flores y el cuadro en el caballete. A
pesar de “El Zandunga” en su delirante movimiento y exquisito aleteo de faldas
istmeñas he podido obedecer a la imperiosa embestida de mi bolígrafo, para
enmarcar las pinceladas que dibujan la estancia en la que nos encontramos
Fabiola, Chico, Rosy y yo.
Qué difícil es cuando las sombras desvían las turbulentas
olas de tu imaginación, te embisten como trapeadoras que se deslizan por el piso
de azulejo blanquecino y horadan en los libros, sin encontrar un refugio que
satisfaga el sediento deseo de mi pluma; es ahí donde las palabras huelen los
colores, las voces y el ambiente impregnado de recuerdos.
Estamos en la esquina de Guadalupe Victoria y la antigua
calle de la Felicidad, a unos pasos de lo que era el “Chamizal”. La música
zandunguera me recuerda al Río Rosas
de Periquín, en sus mejores años, allá por los setenta, cuando el Chamizal era
el lugar obligado de los buscadores de aventuras, de los príncipes al rescate
de sus princesas, y el salón de Periquín era como un río de sedientas rosas de
colores púrpura, que convertían al ambiente en un harem de alegres doncellas,
donde los destellos de luces palpitantes eran como antifaces que hacía más
emocionante las caricias y los besos copeados. Era “un ambiente divino”,
aseguraban algunos, “porque las doncellas no tenían sexo”.
Esta
tarde en el taller hacemos el ejercicio de escribir, y mi lapicero espera
impaciente que le dicte mis recuerdos.
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