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jueves, 15 de septiembre de 2016

Dos poemas de Klyo Mendoza Herrera, en homenaje a José Emilio Pacheco “Hacedores de palabras” 2009.


Klyo Mendoza

SOY

Soy la que usted fue,
no siento ni me barren los pies.
¿Come usted raíces?

Tuve que ocupar su lugar
y olvido lo que debo escribir.
Ignoro los reflejos.

Duermo en las mesas y el despertar encierra
cuando lo que aclara se oscurece.
Todo está si el sol no abre la puerta.

Sentado bajo el sauce, con la cabeza entre las manos,
el día: planeando la nueva batalla
y usted ya no lo apoya.
Lo deja comer y hartarse,
tomar vino y emborrachar a Dios.

Usted observa los cuadros cien veces, sin mover los ojos.
Espera a su antípoda.

Y lo miro:
Quitándose los zapatitos de abuela.
Como si el tiempo lo esperara.
Le limpio las lágrimas
que se secaron en sus sienes
Y la saliva que el sueño puso en su barbilla.

Usted es un poema cuando el diablo le tutea.




EL PRECIPICIO DE TU PÁRPADO

La mirada con segundero en la pupila,
una canción para cada lágrima,
con ese contorno que no cabe en las almendras
Y esas ramas en el precipicio de tus párpados.

De la boca no opino.
Eres mi amigo y ambos sabemos que no es así.

En la nariz cabe mi perfumero,
mi vestido de noche y la noche misma
que se mide con puntas de lápiz.

Yo te mido con tiempo perdido.

Fragmento de novela inédita, El Gálata Moribundo

Mi tío favorito


2013. Septiembre, mes de la patria. Feliz regreso a clases a los que vamos a escuelas particulares. De este nuevo ciclo escolar me encantan los lunes porque salgo una hora antes. Escribo lo más sobresaliente de este mes.
El día trece se conmemora un aniversario más de los Niños Héroes. Mi tío favorito dice que es algo inútil festejar a los héroes que dieron su vida en aras de la patria. “Este país se está desmoronando” dice “y los responsables hacen que nuestros héroes dieran su vida por nada, por una patria que ya no es nuestra”. Todos los que entonces asisten a dar El grito van a celebrar el nacimiento de un país que, cuando yo sea adulta, ya no será libre y soberano: un país de a mentiritas sostenido por mentiras.
¿Cómo percibo a los Niños Héroes? Como imágenes de estampita, como santitos sin aureola. Me gustan algunos de sus nombres: Francisco, por ejemplo… –¿Cómo puedes festejar El Grito con nombres tan extraños como Gilbert o Brian? “Espíritu colonizado” dijera mi tío favorito–. Dicen que las niñas maduramos antes que los varones y un médico dice que hace siglo y medio tardábamos bastante más en llegar a la edad reproductiva. Los hombres siempre han sido más lentos y en esos años los niños, a pesar de la edad, eran niños verdaderamente.
Ese mismo día, por cierto, en un programa de tv local, un gordo vestido de mujer fodonga usó la bandera nacional como mantel para poner su vaso de tequila, para que una invitada comiera tacos y que otro echara las nalgas sobre el escudo nacional; “¿cuál patria”? dijera con indignación mi tío favorito. “Estos cabrones si no tienen madre, patria tampoco”. Al día siguiente, un negro le partió la mandarina en gajos al “Canelo”. Un pinche drama. Trago amargo rebajado con sorbos de Heineken en botella verde para los que ven cómo se juega el honor de la patria en un cuadrilátero.
Prietitas con trenzas aparte, sé que los hombres de cualquier edad prefieren a las mujeres jóvenes, delgadas y güeras (ahí está el detalle con Cantinflas: pura güera; y el Cantinflas de entonces no pudo equivocarse). Nada les da más gusto que ver esos muslos blancos desprotegidos por shorcitos de mezclilla (lo sé porque más de una triste señora desengañada afirma eso).

Del libro “Culebra de agua”, de Francisco Javier Estrada Yescas

CLARA COBOS TADEO
(TESTIMONIO DE LA INUNDACIÓN DE 1944)


Clara Cobos, de diez años, vivía a la orilla del río en una finca pequeña con sus padres Belén Cobos Arceo y Petronila Tadeo Villegas. La casa estaba dentro del predio El Yucal, propiedad de Manuel Delgado y que a principios de siglo XX sirvió como campo de cultivo de yuca, materia prima para fabricar almidón por parte de un químico y empresario francés llamado Carlos Khun.
El lado de la casa que daba al río estaba a la altura de El Castillo, sitio abundante en testimonios prehispánicos; en esa playa trabajaba el padre de Felipe Matías Velasco y otras personas componiendo y dando mantenimiento a chalanes y otras embarcaciones. Desde esa orilla la pequeña hija de otro francés, Theodore Baldenberg, vio, cuarenta años atrás, flotando en la lejanía como un sueño, la cumbre nevada del Pico de Orizaba.
Terminada la jornada estos trabajadores dejaban sus herramientas en la casa de su papá Belén. Iba Clara con sus hermanos Vicente, Raymundo y su prima Manuela a la escuela Ignacio Ramírez cuando esta era todavía de techo de palma y estaba a la orilla del río, cerca de donde desembocaba la calle Ignacio Zaragoza. Su papá, como no le gustaba que sus hijos atravesaran patio ajenos, les había hecho una escalera sobre un barranco de tierra a la orilla del río para que subieran por ella hasta llegar a la escuela.
A las seis de la mañana del día 23 de septiembre de 1944 el nivel del río alcanzó la finca. Belén Cobos puso a su familia en una embarcación propia y tirando de ella, evadiendo la corriente del río y con el agua a la cintura,  atravesó el predio inundado de El Yucal con intención de llegar hasta San Antonio Encinal, pero se detuvo dentro de la propiedad de los hermanos Cobos, parientes suyos; propiedad convertida en colonia y conocida actualmente como Los Cobos. Allí, un señor llamado Pepe Magaña les dio asilo en su vivienda. En la falda de la loma donde se hallaba la casa, Belén Cobos amarró su chalupa.
Lejos, en algunas lomas, se podía ver ganado abandonado. La familia estuvo dos días sin comer, solo bebiendo agua de lluvia.
Cuando a los tres días las aguas se retiraron, acertaron a pasar a caballo un par de refugiados españoles, los dueños de unas milpas cercanas que se salvaron de la voracidad del agua y de las reses y al reconocer al padre de Clara consintieron que este señor cosechara los elotes que pudiera. Las dos familias, los Cobos y los Magaña, pudieron comer entonces.
Sin casa donde habitar después de la creciente, buscaron asilo junto a la familia de su papá Belén, en la casa del abuelo. Esta familia que vivía en La Piragua ya los daba por muertos, así que se sorprendieron mucho al verlos a las puertas de la casa.
La señora Petronila Tadeo Villegas nunca se repuso de aquella calamidad y falleció en diciembre. El cortejo fúnebre salió de La Piragua y pasó por entre lomas de tierra acumulada.
Hasta ese momento la pequeña Clara Cobos Villegas, tomada de la mano callosa de su papá, conoció por primera vez el parque Juárez y el panteón del pueblo.


domingo, 11 de septiembre de 2016

Escritores integrantes del grupo "Por qué las palabras"

Alejandro González Luengas 

Roberto Rosales y Sabino Pérez

Un cuento de Alejandro González Luengas.

LOCO


-¡Ahí viene el loco! ¡Ahí viene el loco!- gritaban los niños y huían despavoridos al ver llegar la extravagante presencia de aquel joven con el pelo enmarañado, descalzo, vestido de harapos pero con la sonrisa a flor de labios. Algunos vagos le lanzaban piedras, pero él, estoico, proseguía su camino.
               Algún lamentable accidente lo había reducido a esta condición; en un descuido huyó del hogar paterno y olvidó familia, nombre propio y demás formulismos sociales; su identidad se redujo a su nueva condición y nominación: Loco.
               Contrario a lo que se pensara, Loco no era infeliz: gustaba de sentir la caricia de la lluvia que mitigaba el calor de la tarde y permanecía bajo de ella sin guarecerse,  haciendo que quienes lo observaban movieran  la cabeza de un lado a otro exclamando:

 -¡Está loco por mojarse!

               En las noches dormía en cualquier portal, sobre unos cartones, al amparo de la indiferencia de los pocos transeúntes que se aventuraban en la oscuridad, y a la indolencia de los truhanes que al verlo comentaban:

-Para qué hacerle algo, ¡está loco!

Y Loco soñaba con fastuosos bailes nocturnos, donde él era la figura principal, o con mullido colchón y lienzos de crujiente seda.
               En las mañanas Loco recogía su cama, no se preocupaba por tenderla y mucho menos se mortificaba por lavar las inexistentes sábanas; gustaba de admirar los amaneceres, y cuando el disco solar asomaba en el horizonte, palmeaba de gozo por tener el privilegio de presenciar algo que muchos en ese instante ya no lo lograrían más.

-¿De qué se ríe aquel?- murmuraban las señoras que en apurado paso se dirigían a comprar lo necesario para el desayuno del esposo y críos – ¡Si se ríe solo, indudablemente está loco!- y apretaban más el paso.

Avanzada la mañana, Loco buscaba su propio desayuno: las caridades de las mujeres que expendían comida en los puestos.

-Pobrecito, ¡está loco y no se vale por sí mismo! Démosle cuando menos de comer para aliviar su pena.
Y Loco se sentaba en una piedra a comer, imaginando que estaba en un banquete y era el centro de atención por su amena plática y conocimientos de gourmet.
Loco gustaba de sentir la tierra bajo sus pies, sin conocer la opresión de los zapatos,  que le lastimaban más que el andar sin ellos.

-¡Estaría yo loco para andar descalzo!- rumiaban quienes lo veían en esta condición y que calzaban a su vez finos zapatos de pieles, comprados a precios inflados en lujosas zapaterías. Y Loco reía con gozo al brincar en los charcos y sentir el agua filtrarse entre los dedos callosos.
Loco no era desaseado, se bañaba regularmente en la fuente pública, y quienes lo veían reían,  tomando fotos y videos con sofisticados celulares, útiles para muchas cosas menos para su finalidad primigenia de comunicación.

-¡Ja, já! ¿Ya viste el video del loco que se baña en la fuente? ¡Te lo paso!

A Loco no le importaba y su espíritu era más límpido que quienes se burlaban de él.

Y llegó el aciago día.

Una tarde un grupo de escolares se toparon de frente con Loco, rieron al verlo y lo esquivaron bromeando sobre su condición, a excepción de una joven, quien reconoció en él a un pariente. Pretextando cualquier cosa se separó del grupo y llamó por teléfono a sus padres:
-¡He visto a mi primo en la ciudad, vengan por él!- y les proporcionó detalles.
Los padres alborozados viajaron hasta encontrar a Loco. La madre –¿cuándo no la madre?- lo abrazó arrasada en lágrimas, mientras los demás observaban con sentimientos encontrados el cuadro digno del pincel de Murillo: Loco permanecía absorto, tratando de entender la situación. Un chispazo remoto en la memoria le decía que ahí había algo familiar.

Loco fue recluido en una institución de rehabilitación mental, los buenos oficios de los galenos y los cuidados recibidos hicieron que recobrara la cordura, y todos mostraban su contento exclamando:

-Pobrecillo, ¡cuánto debió de sufrir estando loco! ¡Qué bueno que se ha recuperado! ¡Qué contento estará él y su familia! ¡Ahora será feliz!

Y Loco se reincorporó a la sociedad y a sus convencionalismos hipócritas: se sujetó a un empleo, a un patrón y a un horario; temió mojarse o asolearse y se guareció del clima; sintió miedo a las calles y noches y dejó de salir en ellas; ya nunca más admiró las estrellas tendido bocarriba, como lo hacía anteriormente; compró zapatos y oprimió a sus pies; no disfrutó ya más de los amaneceres ni palmeó gozoso la aparición del sol.

Loco ya nunca más volvió a reír, y con la cordura dejó de ser feliz.




Alejandro González Luengas
Nació el 22 de enero de 1969. Cursó la carrera de ingeniero electricista en el Instituto Tecnológico de Oaxaca.  Ha publicado dos libros: “Santiago Suchilquitongo. Historia de un pueblo. Época prehispánica” y “San Pablo Huitzo (Cuauhxilotítlan). Un estudio de sus topónimos prehispánicos”. Actualmente está en preparación el libro de anécdotas y leyendas “Sucedió en Suchilquitongo”. Ha publicado en el periódico Noticias, Voz e imagen de la Cuenca, investigación histórica,  narrativa y cuentos; forma parte del taller literario de la Asociación Cultural El flamenco e impulsor del programa “Palabra que te cuento”.


MIS RECUERDOS, Sabino Pérez Ramírez

EN LA ESQUINA DE GUADALUPE VICTORIA


Es difícil empezar a redactar algo cuando el ruido es estridente; aún así mi lapicero dibuja las ideas, las flores y el cuadro en el caballete. A pesar de “El Zandunga” en su delirante movimiento y exquisito aleteo de faldas istmeñas he podido obedecer a la imperiosa embestida de mi bolígrafo, para enmarcar las pinceladas que dibujan la estancia en la que nos encontramos Fabiola, Chico, Rosy y yo.
Qué difícil es cuando las sombras desvían las turbulentas olas de tu imaginación, te embisten como trapeadoras que se deslizan por el piso de azulejo blanquecino y horadan en los libros, sin encontrar un refugio que satisfaga el sediento deseo de mi pluma; es ahí donde las palabras huelen los colores, las voces y el ambiente impregnado de recuerdos.
Estamos en la esquina de Guadalupe Victoria y la antigua calle de la Felicidad, a unos pasos de lo que era el “Chamizal”. La música zandunguera me recuerda al Río Rosas de Periquín, en sus mejores años, allá por los setenta, cuando el Chamizal era el lugar obligado de los buscadores de aventuras, de los príncipes al rescate de sus princesas, y el salón de Periquín era como un río de sedientas rosas de colores púrpura, que convertían al ambiente en un harem de alegres doncellas, donde los destellos de luces palpitantes eran como antifaces que hacía más emocionante las caricias y los besos copeados. Era “un ambiente divino”, aseguraban algunos, “porque las doncellas no tenían sexo”.

            Esta tarde en el taller hacemos el ejercicio de escribir, y mi lapicero espera impaciente que le dicte mis recuerdos.

Un poema de Roberto Rosales, del libro “Taller de locos”

PERSPECTIVA DEL MIEDO

I

Tirado en el piso
veo como los demonios
hacen leña de mi cuerpo,
parecen melancólicos espantapájaros
vestido con mi conciencia rota
y danzan
evitan mancharse los pies
con mi amargura
que escurre
y moja de negro mi esencia.

Quizás al arder también sea un demonio.


II

Tirado en el piso
espero adioses que no llegan,
mientras veo partir ausencias
en trenes y boletos

(El vacío es un calcetín roto
donde asoman las uñas con vergüenza)

No puedo violentar la espera,
porque soy la sombra de nadie,
invento un chasquido de dedos
para bailar una rumbita
antes del anuncio de la próxima salida

“amores con destino a la chingada”


III

Tirado en el piso
caen conjeturas sobre mí, como navajas
me diseccionan
puedo ver mi historia entre la basura
y en hocicos de perros

A primera vista
se podría decir que es un suicidio.

Se puede leer una frase entre mis manos
que pudo haber causado este tajo

De mi garganta sale una fila de hormigas
llevando mis palabras para el invierno.


IV

Tirado en el piso
despierto con los ojos hacia adentro
arañazos marcan un territorio hostil

Habilito alas para el sueño
nada parecido a este monstruo
que me mantiene cautivo.



Roberto Rosales Martínez, Poza Rica, Veracruz.
Escritor, columnista.
* Fue integrante de la Casa de Escritor en Cancún, Quintana Roo. Ha publicado en la revista “Tropo al una” de Cancún. Tiene colaboraciones en diversas revistas institucionales y medios electrónicos como km56 Magazine.
* Ha tomado taller de poesía con el escritor y crítico literario Miguel Ángel Meza Robles.
* Actualmente pertenece a la primera generación de Escuela de Poetas, impartida por el escritor Andrés Bolaños.
* Su columna “Ruido de fondo” se publicó en el Periódico Noreste de Poza Rica.

Actualmente, tiene listo para publicar su primer libro de poemas “Conservación del instinto”.

domingo, 24 de julio de 2016

Palmar en el diario Noticias, voz e imagen de la cuenca

El poeta Eduardo López Blas, coordinador de El flamenco en Otatitlán, Veracruz, con Sabino Pérez Ramírez

Un cuento de Alejandro González Luengas

Escritor oaxaqueño, integrante del Taller Literario de El Flamenco.

NUEVO EDÉN


La comunidad Nuevo Edén se encuentra enclavada en un algún punto inaccesible de la complicada geografía mexicana; en ella vive un grupo de indígenas que no profesan religión alguna conocida, sino que norman su existencia de acuerdo a los preceptos de la Nueva Iglesia de la Segunda Llegada del Salvador.
El líder religioso local, el Hermano  Mayor –mestizo, de profusa labia, que se crió en la ciudad capital y se enroló en la Nueva Iglesia escalando muy pronto posiciones, al grado de encomendársele la misión de fundar una colectividad religiosa–, controla y regula con mano férrea el buen funcionamiento de la colectividad, siempre fundamentado en el Libro Santo escrito por el profeta Johnson, quien fue inspirado por los propios arcángeles en su redacción.
La vida transcurre aparentemente idílica en el lugar, sin embargo, en la intimidad de los hogares, se desarrollan dramas que solo son conocidos por los protagonistas y el dirigente religioso. Ahora mismo, en la familia Puc, se desarrolla una  tragedia doméstica que el jefe de familia es incapaz de resolver y por lo mismo recurre a la autoridad del Hermano Mayor para zanjarla; éste llega al hogar con el Libro Santo en la mano y saluda al jefe de familia:
-Buenos días Manuel Puc, el profeta Johnson te bendiga…
-Buenos días Hermano Mayor- replica Manuel y le besa la mano, en reminiscencia de la salutación ancestral profesada a los curas.Enseguida gira a un rincón de la choza y con voz áspera ordena:
-¡Tú, mujer, echa tortillas pa’l Hermano que santifica con su visita  este hogar!
La esposa, descalificada por su género de recibir el saludo del líder, quebraja frenéticamente de hinojos el nixtamal  en un metate, para convertirlo  en masa y hacer tortillas.
El Hermano, lejos de conmiserarse por la incómoda posición de la mujer y lo duro de la tarea, adopta un aire sacro y digno.
La tortilla recién hecha, acompañada de queso fresco y salsa, pasa del comal a las manos del visitante quien no se hace el remolón para comérsela. Después de devorar un par de ellas, acompañadas con una copiosa taza de café con leche bronca recién ordeñada, va directo al grano:
-Pues bien Manuel, me he enterado que tienes problemas en tu casa.
-Así es Hermano, ¡la sal ha caído en este humilde hogar!
-¿Tan grave es?
-¡Sí! Y  si no pone a’sté remedio m’ija Jacinta se condena y se va pa’l infierno…
-Veamos, pues, cual es el problema.
-Esta indina chamaca, sin duda tentada por el malo, me ha dicho que quiere ir a la escuela del pueblo vecino de San Rafael y aprender a leer y prepararse pa’ ser una doitora.
-Llámala Manuel, para que platiquemos con ella y quitemos de su cabeza esas ideas de perdición.
-¡Jacinta! ¡Jacinta! ¡Ven pa’cá! –grita desaforadamente el padre a su hija quien duerme o finge dormir junto con sus hermanos menores en la habitación contigua al jacal.
Instantes después sale una adolescente que mira con ojos entre espantados y curiososal visitante y se sienta en un rústico banco de madera, apoyando la espalda en la pared de palos.
-¡Dile al Hermano Mayor cuáles son tus pensamientos!
La jovencita agacha la cabeza y calla obstinadamente; el Hermano, con tono melifluo la interpela:
-Vamos hija, no tengas miedo. Me dice tu papá que se te han metido ideas raras en la cabeza como ir a la escuela, aprender a leer y escribir, estudiar una carrera y no sé qué tantas otras cosas má.
Jacinta sigue sin levantar la cabeza, sin embargo, sus ojos brillan como ascuas.
-Dime hija ¿Te falta algo aquí con tus papás?
Ella niega con la cabeza
-Manuel es un buen hombre, sostiene esta casa y proporciona el pan para que ustedes coman, es cumplido con nuestra fe y da su diezmo puntualmente ¿Por qué tienes esas ideas? ¿Alguien te ha aconsejado? Habla sin miedo hija.
Jacinta se anima a hablar, ante la falsa actitud amigable del pastor:
-Hermano, yo qu’ero aprender a leer y escribir pa’ ser alguien en la vida.
-¿Y poderte cartearte con un hombre, trayendo nuestro descrédito? -le increpa rudamente su padre.
El Hermano hace una señal a Manuel con la mano para calmarlo y pedirle que deje el asunto en sus manos.
-Mira niña, el Salvador ha dicho por intercesión de su profeta Johnson que los hijos no deben deshonrar a sus padres con malas acciones, porque eso que tú piensas hija, son malas acciones. Te voy a leer lo que dice nuestro Libro Santo- abre el vademécum religioso hojeándolo brevemente y tose engolando la voz:
- “…Que la mujer permanezca en silencio, en plena sumisión al esposo o padre, que no enseñe ni ejerza autoridad sobre el hombre, así sea menor que ella, porque Adán fue formado primero y luego Eva, por lo tanto le debe obediencia.  No obstante, a ella se le mantendrá en seguridad mediante el tener hijos, con tal que continúe igual y con el mismo buen juicio de no contravenir al esposo o en su defecto al progenitor si no se ha separado del hogar paterno...”
Manuel asiente con la cabeza palabra tras palabra del «texto sagrado».
-Mira a tu madre, ella es una buena mujer ya que cumple los preceptos del profeta, ha dado hijos y no interviene en cosas de hombres y por lo tanto su recompensa será grande en el otro mundo ya que  gozará la presencia del profeta y demás patriarcas de nuestra religión, así como de los misterios del Salvador.
Y la madre, sin voz ni voto, completamente marginada en la toma de decisiones, prosigue con su ruda labor.
-Jacinta, tu deber como mujer es obedecer a tu padre, cumplir con las tareas que te ponga y cuando tengas edad él te escogerá un marido para que seas feliz ¿Para qué ir a la escuela entonces? Estas leyes las debemos obedecer porque así lo dispusieron nuestros mayores y nosotros no debemos quebrantarlas ya que caeremos principalmente en el pecado de la soberbia y nuestra alma peligra de irse al infierno y sufrir los tormentos eternos ¿Tú no quieres eso, verdad?Ni para ti, ni tus papás, ni tus hermanitos, ¿verdad?.
-Pero Hermano, yo qu’ero aprender cosas.
-Ya las aprenderás en su momento.
-Pero yo digo cosas di’scuela.
-¡Nada de peros!- tercia el padre- ¡Ya oi’tes al Hermano, él sabe lo que te conviene así que te callas y te metes pa’l cuarto o te pego una cueriza como la de l’otra vez!
Ante el recuerdo y  la amenaza de repetir la azotaina con las coyundas del yugo, de la cual todavía escocían los golpes,  Jacinta se mete a su cuarto sollozando.
-Muy bien Manuel, así se gobierna un hogar: con firmeza. Si sigue con esas ideas, quítaselas a cintarazos porque las inspira el maligno y se la llevará a la perdición junto con ustedes por no detenerla a tiempo;además estás en tu derecho como hombre de la casa y porque así lo manda nuestro Libro Santo. Por cierto.el sábado hay celebración en el templo y ya es tiempo de que lleves el diezmo. Este año se dio bien tu cosecha gracias al profeta Johnson que intercedió por ti y justo es que le compartas la primicia.
-Claro que si Hermano Mayor, a’i estaré con el máiz y los animalitos.
-Ya sabes que si no quieres darla en especie puedes dar su equivalente en dinero, ya que las necesidades del santuario son muchas y no hay dinero que sobre. Bueno Manuel, me despido y no dudes en llamarme si se presenta otro problema.
Manuel le besa la mano nuevamente y lo acompaña a la salida. ElHermano Mayor se aleja cada vez más del jacal, mientras piensa con alegría:
-¡Otra alma que escapo del infierno! ¡Alabado sea el profeta por permitir apartar de la senda del mal a una de sus hijas! ¡Dura es la labor pero gratificante la cosecha! ¡Buen reporte haré a mis superiores! Voy a ver ahora a Juan Zaa, quien me dijo que su hijo está seguramente embrujado porque quiere escoger esposa él mismo, contraviniendo el derecho sagrado de los padres de elegirle pareja, ordenado por nuestro profeta Johnson. Por cierto Juan hace muy buen mezcal y mis reservas se están agotando, le pediré que me lo sirva su hija que ya está bastante crecidita. ¡Creo que es tiempo de adentrarla en los misterios de la religión! ¡Ejem, ejem! Allá haré tiempo hasta la hora de la comida.
Y silbando un himno religioso, el Hermano Mayor se dirige a la casa de otro prosélito en apuros, dando trompicones por las retorcidas veredas de Nuevo Edén, infatigable en su tarea de repartir el bien.

Un cuento de Jorge Alberto Calderón Cobos

Integrante del taller literario de la Asociación Cultural El Flamenco.

EL DESIERTO Y EL NOPAL

A mi hijo Marcelo

               El desierto se sentía inmenso, por eso jamás se dignaba a mirar al cielo.  Era egoísta. Siempre tomaba más de lo que necesitaba y no daba nada a cambio; sólo él tomaba la poca agua que caía sin compartirla. No permitía que las semillas de los  árboles crecieran, puesto que, no únicamente tomarían de su agua, sino además tienen hojas, y jamás permitiría estar cubierto por ellas. Él era un desierto y nada ni nadie podría sembrarle nada nuevo; además, en él sólo debía haber arena, por ello se divertía calcinando a las semillas. Un día sintió que crecía algo entre sus arenas, y suponiendo que era la semilla de un árbol se dispuso a quemarla, en eso escuchó una voz que le dijo:
               ¡No, no me quemes! Soy un nopal, no necesitaré mucha agua, y en mí no crecen hojas,  sólo espinas.
           ¡Espinas! dijo el desierto Si yo tuviera espinas alejaría a todos asintió.
               Por lo cual le perdonó la vida y como el  desierto no tenía amigos,  inició una amistad con el pequeño nopal.
Muchos años después, luego de grandes conversaciones, la amistad se había vuelto entrañable y el pequeño nopal ya era gigantesco, y se levantaba vigoroso hacia el cielo (con quien también tenía una bella amistad). Una lejana tarde,  el nopal habló agradecido con el desierto diciéndole:
               —Me ha llegado la  hora;  mi espíritu debe ir a continuar una plática en el cielo.  Me despido querido amigo, deseo darte mi más preciado regalo; te daré el poder de la humildad.
               —¡Nopal! Exclamó el desierto con aires de quien todo lo sabeSé qué es eso; tú eres muy humilde porque tienes poco,  pero aún así “compartes”.  Eso aprendí de ti, y no quiero ser como tú.
               —Es algo más que compartir,  querido amigo desierto. Pronto lo sabrás.
               Por la noche el inmenso nopal abandonó su cuerpo que comenzó a secarse día a día, y se mezclaba con las arenas. Durante este proceso el desierto sintió la más profunda tristeza, por ello le dedicaba cada gota de agua que tenía para tratar de revivir a su amigo, alcanzando sólo a revolverlo más entre sus arenas formando un lodo negro. Un día, desconsolado, el desierto lloró como nunca, haciendo que sus lágrimas lo mezclaran completamente con su amigo; después de su llanto, no sintió ser el mismo; se sentía dadivoso, fértil, agradecido, “humilde”, y sintió el regalo de su amigo en cada partícula de su arena.
               El desierto al fin alzó su vista al cielo y vio que su inmensidad era nada comparada con la del firmamento. Se sintió pequeño, transformado. Durante los próximos días, cuando las semillas de los árboles caían en él, no sintió aquel deseo perverso de quemarlas, ni esa altivez de quien no necesita nada de nadie, al contrario, permitió su estancia y brindó un poco de esa humildad que había recibido de su amigo el nopal.
Con el tiempo las semillas crecieron convirtiéndose en inmensos árboles, quienes daban a cambio sus hojas muertas al transformado desierto, nutriendo nuevamente lo que alguna vez habían sido sus arenas.
El antiguo desierto se había transformado en un hermoso bosque, lleno de vida.

sábado, 11 de junio de 2016

Una mini ficción de Sabino Pérez Ramírez, tomado del libro Escamas de luna

Las mini ficciones nos expresan un problema social, en tan sólo unas líneas. É aquí una muestra de este cuento brevísimo, escrito en el 2000, como resultado de un problema de social, donde el cuerpo de seguridad pública tomó las instalaciones del palacio municipal en protesta a que no habías sido cumplidas sus demanda laborales. El paro duró unos 23 días, por la necedad del presidente municipal en dialogar con los miembros del cuerpo de seguridad. La policía preventiva del estado tomó la seguridad del municipio y la ciudad de Tuxtepec, y en una entrevista al comandante Badiola, expresó lo siguiente: “Desde que nosotros resguardamos la ciudad, la inseguridad ha caído un 90%; no sé a qué se deba”, y mostró su amplia sonrisa.


LA NOTICIA

Por primera vez en la ciudad
no hay robos ni asaltos:


Policías en huelga.

Un cuento de Sabino Pérez Ramírez, tomado del libro Escamas de luna

PRESAGIO
Sabino Pérez Ramírez

Mientras espero a mi compañero de trabajo que pasará por mí en cualquier momento, lanzo mi pensamiento en algún punto lejano para ubicar ciertas cosas. Me distraigo observando en la pared el movimiento de hormigas que me saca del trance. Con un insecto a cuestas algunas van amontonadas. Contemplo el interminable desfile y lamento no tener capacidad para conocer el motivo de sus afanes. Imagino entre ellas poetas, cantantes, payasos, o, porqué no, políticos en campaña, y tal vez ese ir y venir tiene la finalidad de emitir el sufragio.
               Concentrado en esto veo a mi compañero acercarse a la puerta para urgirme a salir. Aseguro mi departamento y nos encaminamos al mar.
               Antes de salir de la barra nos embolsamos con nailon para protegernos del agua salada. Es buen tiempo. Nubes blanquecinas pasan sin prisa. En la distancia se hunde la costa poco a poco, zarandeando a los barcos camaroneros y lanchas guachinangueras.

En el lugar de pesca tendemos la red y conversamos hasta caer la noche.
               –Los barcos no andan cerca– dice mi compañero recostándose en uno de los bancos.
               –Estaré despierto hasta la una– le contesto, mientras contemplo las plataformas petroleras con  sus resplandores de ciudades flotantes.
               Los buques camaroneros tiemblan como luciérnagas entre la brisa que me acaricia la cara con su olor a salitre. Recuerdo que en una noche como ésta, donde millones de ojos cintilan en la altura, conocí a Elizabeth a través de sus ojos. Desvío ese recuerdo, pues el sueño me obliga a despertar a mi acompañante quien, sin moverse y sin abrir los párpados, me dice que duerma.  Al parecer los párpados le pesan tanto, como el recuerdo de la novia a quien  quisimos mucho y nos ha traicionado.
               El sueño inunda mis ojos durante no sé cuánto tiempo. Me levanto de un salto a causa del ruido que provoca el agua al golpear en algo pesado.
               –¡El barco!–  grito, tirándome al mar y deshaciéndome del nailon para evitar el arrollamiento.  La lancha y mi compañero son destrozados.
El murmullo de la tripulación me parece muy lejano. Hago esfuerzos por alcanzar la nave negra que se mancha de puntos luminosos. Mis gritos se ahogan con los relieves de agua que me inunda la cara. La penumbra se confunde con mi aturdimiento. Alguien me jala del hombro mientras la inconsciencia me lleva a su abismo.

Despierto sobre una litera. Tal vez en el sollado del barco. Siento pesadez en el cuerpo y un zumbido revolotea por oídos. No quiero recordar el accidente y desvío mi pensamiento a las hormigas. Las veo aglomeradas en la pared con el candidato a cuestas, o más bien el insecto, y me imagino que tal vez éste es el ganador de las elecciones. El accidente me sumergió en un estado emocional que me hizo meditar hasta la somnolencia.
               Más tarde escucho leves golpes en la puerta. Me levanto para saber quién es. Al ver a mi compañero vuelvo los ojos al interior del departamento: la linterna, la chamarra y todas mis cosas están en el mismo lugar.              
               Afuera, los niños empolvan sus sombras mientras corren.


La poeta María Dolores Reyes Herrera Voz de orquídea

Alumnos de la Telesecundaria de Mancilla, con la Poeta María Dolores Reyes

Dos textos poéticos conocidos como cadáver exquisito

Los siguientes textos poéticos son el resultado del taller literario exprés que impartió la poeta María Dolores Reyes Herrera, en su visita a nuestra ciudad y parte de nuestra región. Los textos son conocidos como cadáver exquisito; es un ejercicio en el cual cada uno de los participantes escribe un verso; los versos se van hilvanando hasta resultar una prosa o un poema, y el tallerista se encarga de acomodar los versos de la mejor manera, hasta lograr una pieza literaria.
El grupo de jóvenes participantes son integrantes del tercer grado de la escuela Telesecundaria de Mancilla, Tuxtepec.


TORMENTA

No puedo dormir,
sabiendo que el cielo está triste,
sus lamentos me aturden.

 Una noche con viento de susurros
tocabaa mi ventana,
pedía entrar, de pronto escuché un rugir,
el cielo estaba enfadado.

Feroz como león enojado.
Gris, triste, deprimida era aquella noche,
el agua era vertida por la tristeza.

Siento sus temores y tristezas,
llora porque nada puede hacer,
también lloro con ella,
su aliento corre por mi cuerpo,
la miro y siento que va a derrumbarse.

La noche se encuentra sin estrellas
Miro el cielo, rayos como estrellas fugaces
y me digo: parece que el cielo va a llorar.

Las nubes comenzaron a cubrir el cielo,
los animales empezaron a aullar,
el antiguo reloj marcaba la una de la mañana
el cielo era frasco de tinta negra
se veían relámpagos, rayos,
como si el limbo fuera a caer…
todo esto a causa de su muerte.


Auotores:
Manuel de Jesús Castañeda Varela
Abisaí Hernández Rojas
Jesús Alberto Ramírez Villegas
Pahola Martínez Romero
Cristina Verde Ortega
Gilberto Cristóbal  Arroyo




VIEJA

Estoy lastimada, sin color…
Cansada por los años, siempre inmóvil,
soportando el peso en mi cuerpo.

Sí, te ves tan inofensiva,
sin poder soportar más,
se te han venido los años encima;
pero los dos sabemos que tú,
aún cargas con mi presencia

Pobre vieja, cansada de trabajar,
has recibido muchas heridas
que podrán cicatrizar;
pero jamás podrás olvidar.
Has de empezar de nuevo
y seguir con tu lucha.
Yo, siempre voy a necesitar tu apoyo
para sostenerme.
Jamás te olvidaré querida vieja.

Tienes tantos años,
demasiadas historias,
miles de lamentos que contar,
contarás tus traumas,
has visto y tenido tantos amores
que has deseado con tu corazón
pedir a las estrellas el poder despertar
de tu largo sueño e ir tras de tu amado.


Autores:
Manuel de Jesús Castañeda Varela
Rosa Valera Méndez
Pahola Marínez Romero

Gilberto Cristóbal Arroyo