Sabino
Pérez Ramírez
Cheque Jorge
tiene que lidiar todo el tiempo con los mapaches que llegan a perjudicar sus
siembras. “No se las comen pero sí la destruyen. Son malos. Parece que tuvieran
envidia, como la gente que ve que uno siembra algo, y luego buscan robarse el
tierras”. Cheque es un campesino indígena de la zona chinanteca de Ojitlán,
Oaxaca. Hace unos 35 años llegó a radicar a la ciudad de Tuxtepec, para
trabajar como jornalero: albañilería, cargador, pescador, en el campo con los
parceleros del ejido Tuxtepec, entre otras muchas actividades más. Eso pasó
cuando el gobierno desalojó a los indígenas chinantecos para la construcción de
la presa Cerro Oro. Aquí en Tuxtepec compraron un terreno donde construyeron
una casa de concreto y palma. Su padre era el que administraba el recurso que
le dieron por sus terrenos; era un hombre habilidoso y mujeriego; todos ellos
se volvieron bilingüe. Don Ezequiel, como se llamaba su papá, hacía trámites
para quedarse con unos terrenos, después de algunos años de posesión de los
mismos, aquí, en Arroyo Anguila, donde hoy se encuentra Cheque Jorge
señalándome las siembras destruidas por los mapaches. “Todas estas tierras,
cerca de 90 hectáreas, las deslindó el viejo, y la tramitó ante el Reforma
Agrarias para que le dieran el título de propiedad. Eran tierras sin dueños,
que no pertenecían ni al ejido Chiltepec y ni al Ejido Arroyo Choapan, pero el
trámite se fue empantanando por la intervención de mi medio hermano Abel, al
que le decían el Cabezón, cuando llegamos a vivir a Tuxtepec; el Cabezón es
hijo de mi papá con mi hermana la mayor; yo creo que por eso tiene en el venas
sangre de maldad”.
El
calor es intenso a pesar de la vegetación que ofrece sombras agradables cerca
del arroyo. Cheque tiene 65 años de edad, con un problema de salud que no le
permite cumplir al cien con sus tareas en el campo. Su casa es de palma y
cercada de madera rústica, donde los años se asoman por las rendijas de la
madera quebrantada. A unos 20 metros se encuentra otra casa, más pequeña, donde
vivió su papá los últimos años de una vida agonizante, por el sufrimiento de
haber perdido la vista desde hacía más de 10 años, tiempo en que dependió de
Cheque y su familia. “El viejo murió a los 107 años, casi engarrotado por
tantos años acumulados en los huesos. A pesar de estar como estaba, no dejaba
de demostrar el odio hacia mí y mi familia; nosotros que le dábamos el
comidas, siempre estaba echándonos madre; y ya viste cómo hizo cuando nos
apoyaste para que recibiera dinero del programa para viejitos, mandó a llamar a
el Cabezón para que él fuera el que cobrara el dineros, y para qué, para
llevarse el dineros, amarrar al viejo en el cama, ponerle cadena y candado a la
puerta para que nadie de nosotros pudiéramos entrar; lo único que le arrimaba
era unos paquetes de masecas y una cubeta de agua, para que el viejo se
preparara su atole crudo cuando tuviera hambre, mientras él se gastaba el
dinero en borracheras, y sólo venía a verlo una vez a la semana, pues como vive
en Valle Nacional, no puede venir a cada rato. Pero el viejo eso era lo que
quería, que lo trataran mal; ya viste tú cuántos años lo estuve ayudando; él ya
no pudo seguir el trámite del terrenos y se lo encargó al Cabezón, y pues no sé
qué fue lo que logró, porque poco a poco me han estado robando el terrenos, la
gente que colinda con nosotros, poco a poco se fueron ampliando, fueron metiendo
sus lindero adentro de mi terreno, y por más que quise que el gobierno me
apoyara, nunca lo he logrado; ya sólo me queda media hectárea donde tengo
sembrado un poco de maíz, como lo ves, casi destruido por lo mapaches, primero fueron
los mapaches humanos los que se robaron el terrenos, y ahora estos pinches
animales que destruyen todo”.
Su
condición de indígena analfabeta lo pone en una situación inofensiva ante los
grandes abusos de los mapaches humanos, como dice él; de aquéllos que nunca
tienen llenadera. Cuando logra cosechar tiene que vender el producto como
mazorcas tiernas para tamales, porque el maíz lo pagan más barato. Para vender
el producto tiene que viajar a la ciudad de Tuxtepec; sacar en hombros los
costales de mazorcas desde su casa –más de un kilómetro de distancia- hasta la
comunidad de Arroyo Choapan, donde toma el transporte que viene de paso hacia
la ciudad. De esta forma es como logra sacar un poquito más de dinero; invertir
en semillas y fertilizantes para volver a sembrar, después de preparar el
terreno, y esperarse hasta la nueva cosecha; mientras tanto trabaja de
jornalero para otros campesinos; cuando la milpa ya está creciendo, se pasa las
noches cuidando que los mapaches no hagan su destrucción. “Moisés ya está más
grande y me ayuda un poco. Él quería seguir estudiando, pero ya ves, no podemos
con tantas necesidades; pero los demás chamacos sí están estudiando, allí, en
Arroyo Choapan; no nos alcanza el dinero para cubrir todo lo que piden, pero los
maestros comprenden nuestra situación”.
Hace
cinco años que murió su papá. En una ocasión Cheque me llamó cuando el viejo se
cayó de la cama y no podía moverse. Cayó boca abajo, y como no tenía fuerzas
para levantarse, sólo daba de gritos para que alguien lo ayudara. Cheque le
pidió a su hijo Moisés que entrara por la parte de arriba,
haciendo a un lado la palma. Así fue como lo auxiliaron, y llamaron a las
autoridades de Chiltepec para que dieran fe de las condiciones en que tenían al
señor. Cuando yo llegué ya se lo habían llevado a Chiltepec, y me fui a donde
estaban ellos para saber la situación. A pesar de las condiciones en que se encontraba
su papá lo devolvieron a su casa, y lo dejaron con un suero en el brazo. Cuando
se enteró el hijo-nieto Abel, insultó a Cheque y volvió a encerrar al viejo,
quien murió días después.
Moisés,
a pesar de su situación social, trabaja en lo que puede, y en sus ratos libres
lee y escribe. Él me platica que su maestro le presta libros, y por eso lee
alrededor de 20 libros al año. Escribió un texto muy extenso cuando estaba terminando
la primaria, cerca de 400 páginas, de una novela, que posiblemente, algún día
pueda publicarse.
Hoy
es el día internacional de la lengua materna, y de esos asuntos de los
indígenas, de lo que tanto aspaviento hacen las autoridades para aprovechar los
reflectores internacionales y salir en la foto, mientras gente como Cheque, se
encuentran indefensos ante la embestida de los mapaches.







