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viernes, 10 de mayo de 2019

ELEAZAR EL BURRO


Jorge Peralta Arista
Las tiendas o cantinas de la estación del Ferrocarril llamada “Quiotepec”, estaban llenas de arrieros y personas que esperaban el tren de pasajeros; los primeros para esperar la mercancía, para transportarlas en sus mulas hacia los pueblos de esa difícil Sierra Cuicateca, y los otros, para viajar a los poblados por donde pasaba el tren en su recorrido a la ciudad de Oaxaca.
     Los arrieros sonrientes platicaban los pormenores de su difícil oficio; pues tenían que transportar por la sierra todo lo que las mulas aguantaran llevar en sus lomos, alrededor de ciento veinte kilogramos de granos y semillas, abarrotes, tambos de petróleo, y muchas cosas más. Las mulas era el único medio para llevar la mercancía a esos difíciles lugares incomunicados. Una sierra en donde empezaba primero con más de veinte horas de terreno semidesértico, sin agua y con un sol sofocante. Ya muy arriba el clima cambia y sin dejar de ser un difícil trayecto, pues empezaban los terrenos fríos, lodosos, hasta llegar a un clima bochornoso y húmedo.
      La veintena de mulates sombreaban bajo los ciruelos y mezquites que se encontraban en los patios de la desértica estación.
     En una piedra que servía de banco, se encontraba un hombre vestido con calzón y camisa de manta, con las mangas enrolladas; usaba huaraches y un sombrero viejo de palma; comía memelas de frijol, y se bajaba la comida con agua de su “calabazo” o “guaje”, como también se le conocen a estos recipientes naturales. Era un hombre curtido por el sol, de media estatura, y unos cuarenta años de edad, de espalda y piernas fuertes. Su nombre era Eleazar, conocido por todos como “Eleazar el burro”. Eleazar alistaba su mecapal de ixtle y pensaba “Dios mío, qué duro está el sol”.
      Su trabajo consistía en cargar en sus espaldas lo que las mulas no podían llevar; todo lo voluminoso, como: roperos, camas, estufas, máquinas de coser, entre otras cosas más. Ese era el trabajo de “Eleazar el Burro” y nadie envidiaba su actividad, era el único que lo hacía por unos miserables pesos.
        Cuando se acercaba la locomotora la gente gritaba “¡El tren, el tren, ya viene el tren!”, y se oía el rechinar de los rieles, y la máquina lanzaba su silbido escandaloso. Un hombre de negro -el mayordomo del tren- gritaba fuerte “¡Quiotepec!. ¡Esos que bajan y esos que suben, apúrense, acomódense, que tenemos prisa, vamos atrasados!.
       Era la una del día, el tren procedente de la ciudad de Puebla llegaba a esta estación, localizada al pie de la sierra. Los vendedores ambulantes anunciaban sus productos: enchiladas, agua frescas, frutas de la temporada. La gente se apresuraba a comprar lo que las vendedoras llevaban en las canastas; mientras los arrieros escogían en la bodega del tren todo lo que las mulas llevarían en sus lomos; pronuncian palabras obscenas; gritan y bromean; “¡Apúrense flojos; vamos a cargar rápido y nos vamos, el sol está muy fuerte!”.
     Así, cargando sus mulas, emprendían su largo trayecto por esa cuesta, y con el sol sofocante. Tomaban un trago de caña y se iban gritando: “¡Arre mulas, arre flojas, arre bonitas, hijas de la rejija!”. Así les gritaban a las nerviosas y pateadoras mulas. Y así, con ciento veinte kilos de carga cada mula subía por la sierra.
       Eleazar se echaba su pesada carga, con su caminar lento, paso a paso, metro a metro subía esa difícil cuesta; ya agotado se sentaba a descansar por unos minutos; tomaba un sorbo de agua antes de continuar su camino.
      Los arrieros y la gente que sube le decían “¡Adiós Eleazar, apúrate, allá nos vemos!”, con la mano les respondía el saludo, y continuaba lento, lento pero seguro de sus fuerzas hasta llegar a su destino.
      Como ven, eran tiempos difíciles, tiempos que no volverán. El tiempo ha pasado, y ahora hay brechas, por donde todo se lleva en carros de carga. Mucha gente que viaja por esa sierra lo hace en vehículos compactos.
        Los que vivimos ese tiempo, le contamos a nuestros hijos y nietos: por aquí caminaba Eleazar, “Eleazar el burro”, con su pesada carga.
      “Abuelo”, me dicen los jóvenes, “¡pobre Eleazar!”, y les digo hay cargas más pesadas que las de Eleazar el burro, que Dios los ayude a llevarlas por este difícil camino que es la vida.


domingo, 28 de abril de 2019

INTERCOLEGIAL 2019. COBAO. Tuxtepec


Alumnas participantes en el concurso literario, con Sabino Pérez Ramírez

EL CAOS DE LA SINGULARIDAD

Separé mis párpados luego de escuchar el sonido de la puerta al ser cerrada con brusquedad. Al parecer Cristina, mi compañera de departamento, había llegado.
–¡Estoy harta!-, la escuché decir entre sus murmullos incoherentes.
–¿Y ahora? ¿A qué se debe tan radiante humor?- pregunté.
–Vengo de la casa de mi madre, no sé qué le pasa, pero ha estado insoportable conmigo.
–Debo suponer que ya hablaste con ella sobre la razón de su comportamiento. ¿Cierto?
–¡Pff!, ya vas otra vez con tus sermones de anciana sobre la comunicación y bla bla bla.
–Nunca te he contado cómo nació mi insistencia por ese tema ¿verdad?- le dije algo molesta por el tono despectivo que usó antes.
–No- contestó a secas.
–Ven. Siéntate- Nos sentamos en el sofá e ignoraba sus gestos, resignada procedí a narrar.
–Mi mamá tuvo que irse a Estados Unidos cuando yo tenía siete años, esto por nuestra situación económica tan complicada que tuvimos desde la desaparición de mi padre a mis seis años, eso tú ya lo sabes… me dejó con mis abuelos, todo iba perfectamente, hasta la llegada de aquél primero de abril, ya a mis nueve años de edad. Fue un día soleado, en el que el calor de la gran estrella por la cual subsistimos, me tostaba ligeramente la piel mientras jugaba con las mariposas en el jardín marchito de mis abuelos, llegó mi abuela de hacer las compras y corrí a ayudarla, ya que venía casi ahogada de bolsas del mercado, siempre que llegaba de las compras me daba un beso en la mejilla y un cariñoso abrazo, pero, ese día su indiferencia contrastó con la calidez del clima, ni siquiera volteó a verme al entrar a casa, me enojé por eso, más no le dije o pregunté nada. El reloj tarareaba el pasar del tiempo, cantó las cinco de la tarde y mi abuela me habló para comer, al llegar al comedor observé que mi abuelo ya había llegado, lo saludé y me senté esperando a que me sirvieran, de repente noté que mi abuela temblaba mucho mientras servía el estofado, y cuando me di cuanta estaba inconsciente en el piso… con una sensación de frío y las manos sudadas corrí por el teléfono para pedir una ambulancia. Llegamos al hospital, mi abuelo y yo estábamos en la sala de espera; el dolor se intensificaba. Sentía mi alma escocer en la lumbre del temor contrario al calor del sol de primavera en mi cacería de mariposas. Mis piernas se movían en reflejo de ansiedad, el olor a alcohol y fármacos inundaba mis fosas nasales aturdiendo mis sentidos y cordura.
Al dar la noche, el médico se nos acercó con una expresión parecida a la que mostraba yo cuando me regañaban por hacer travesura, escupió tal noticia desgarradora, seguido de un hipócrita “lo siento”, mi abuela había muerto… resulta que ese día tenía elevada la presión arterial, por eso estaba tan indiferente, se sentía mal, todo ese estrés de estar mal, tener que ir al mercado, cuidar de mí y encima que yo mal pensara sus acciones le provocaron un paro cardiaco. ¿Sabes? En todos los años que llevo ardiendo en este infierno que llamamos vida me he quemado con dos llamas: la llama de un montón de leña adjunta para calentarse en un campamento, esa que mantiene recuerdos, esa que al ser cenizas te deja un consejo por cada mancha y negro en tu mano; y la llama de un hogar envuelto en fuego, esa que trepa a tu ropa buscando desgarrarla hasta llegar a tu piel para hacerle lo mismo, esa convierte recuerdos y enseñanzas en carbón… Pero ese día, fue algo diferente, fue la llama de un sacrificio, era una llama de agonía, lamentos, dolor, desesperación, una llama que al ser cenizas… sólo era eso, un residuo que mancha de negro, sólo cenizas.
–Cristina, deja ese orgullo tuyo, ve por tu celular y habla con tu madre, no trato de decirte con esto que si eres así te pasará lo mismo, sólo date cuenta cuando tu dignidad se convierte en orgullo perjudicial.
–Perdóname por lo que dije antes, me mofé de ti sin saber tus razones… Y gracias, por tu confianza.
–No te preocupes, ahora ve, que tienes una llamada por hacer.



Fabiola Arróniz Rivera
Alumna del COBAO 07, Tuxtepec, Oax.
Ocupó el primer lugar en el concurso
de cuento, realizado en el 37 Intercolegial 2019

domingo, 21 de abril de 2019

MACARIA

Cuento
Claudio Méndez

Lastimado del brazo llegó al pueblo, cerca del amanecer. Los militares ocupan la plaza, y  una brigada se suma a ellos; llevan detenida a una mujer. El recién llegado sube al piso contiguo del edificio municipal; oculto entre la penumbra escucha lo que hablan los uniformados “No aparecen dos. Se perdieron entre las sombras. Cosas sobrenaturales, comentan”. Algunos rehúsan patrullar nuevamente. Detrás de la montaña se miran los primeros rayos del sol. Cantan los gallos. Las calles cobran vida.
Cansado se dispone a dormir. Un murmullo de voces le arrulla las fantasías de sus sueños. A cada momento el peregrinar de las horas consume cada uno de los segundos en el tiempo. Sin previo aviso llega la tarde, al filo del anochecer.
Esposada a una banca está Macaria. Matizado en plata su cabellera es agitada por el viento. Llegan las mujeres de su pueblo y los guardias les impiden acercarse a ella. El ocaso dibuja líneas doradas sobre los techados. El viento del sureste se encauza en un solo sentido atravesando el poblado, hasta estrellarse en las montañas.
Cuando los militares le quitan las esposas, y un grupo de muxes le ofrecen cosas, ella sólo acepta un puro, luego con una escoba se dispone a barrer la plaza. Al levantar el rostro cruza su mirada con la del ave. Ella sonríe. Hace muchos años tuvieron amores. Diferencias entre pueblos impidieron la relación, y el secreto de su idilio fue guardado por las montañas.
Enciende su puro, y saborea el humo que sale de su boca; en recuerdo al pasado da vueltas alrededor de la hoguera que hizo, como por arte de magia. El humo se levanta como fantasmas que se funden en la oscuridad. A lo lejos las mujeres, tomadas de la mano, danzan y cantan en su lengua, como si volaran con el taconeo de sus zapatos. Un ave nocturna aletea, su herida ha sanado y levanta el vuelo. Macaria ríe a carcajadas, y convertida en una esfera luminosa se pierde en la distancia, junto a su amado. Los guardias se miran asustados, y tiemblan por la escena paranormal.
La noche, con sus hilos de plata, es cómplice de la pareja que se pierde entre las montañas.

lunes, 1 de abril de 2019

CRÓNICAS DE “EL CASTILLO”

 (Fragmento)
 Sabino Pérez Ramírez

En torno a la colonia El Castillo se han contado muchas anécdotas desde que la gente llegó por primera vez a radicar en ese lugar, y fueron extendiéndose hasta formar, lo que hoy conocemos como colonia San Felipe y El Castillo. El asentamiento de esta zona poblacional se debió por ser un lugar de más altura, representaba para ellos un lugar seguro en torno a las inundaciones frecuentes en la región, por encontrarse asentada a la margen del Río Papaloapan. La gente se enteró que en ese lugar se localizaba un castillo metido entre las arboledas a escasos metros del río. Cuentan los pobladores de mayor edad, que ellos no sentían curiosidad por conocer el mencionado edificio, porque veían el lugar muy tétrico, y se contaba que era resguardado por seres demoníacos, por ese motivo nadie se atrevía cruzar la línea, para ellos prohibida. “Con el paso de los años se descubrió que no era un Castillo embrujado, sino una pirámide azteca. Hubo quienes tuvieron el atrevimiento de acompañar a algunas personas que sabían de la existencia de la pirámide, quienes traían la encomienda de hacer investigaciones sobre la misma; así fue como se supo que el lugar fue habitado por indígenas aztecas que llegaron a este lugar con la finalidad de extender su dominio y obligar a los habitantes de Tuxtepec a pagar sus impuestos. No fueron los únicos que vinieron a investigar, ya han llegado varias expediciones, y cada quien se lleva un poco de historia.
Así es como supimos de la pirámide. Con el paso de los años, sobre todo por el nulo interés de las autoridades, el lugar se ha ido deteriorando, todo se debe a que la gente ha excavado bajo las pirámides, para buscar cosas enterradas, sin tener en conciencia el daño que le han estado haciendo a la estructura; por ese motivo sólo queda un montón de piedras, de lo que fue la pirámide”. Marcial es un hombre con cerca 80 años, y radica en esta colonia desde hace más de 50; nos platica de anécdotas que ha vivido en este lugar. Busca en su memoria un cúmulo de recuerdos, y sus ojos parecen dilatarse cuando van desfilando los archivos históricos de su mente, los recuerdos que le traen los episodios que urgen salir a la luz. “Nosotros somos originarios de Ojitlán, venimos a vivir en esta colonia hace ya mucho tiempo; compramos un terreno cerca de las lomas, donde hoy se encuentra el tanque elevado. Cuando llegamos habían tres lomas, una pequeña, otra un poco más grande y esa última, donde está el tanque de agua. Con el paso de los años la gente fue destruyendo las lomas pequeñas, pero de esas nadie se acuerda; cuando iban a tumbar la loma grande se empezaron a suceder cosas raras, cosas extrañas; escuché por rumores de la gente que ahí iban hacer un parque infantil, aunque nadie podía creer eso, porque en un lugar tan alto como ese, no era posible que hicieran un parque para niños, ya que, para nosotros los adultos era peligroso subir al cerro, para los niños era peor; eso se decía, pero pasaron los meses y no pasaba nada, hasta que luego se confirmó que iban hacer un tanque elevado. Una mañana muy temprano pasó algo muy extraño, apareció un ave muy grande arriba de la loma, era un águila, tanto que la señora Mica, quien era mi vecina, y su casa también estaba junto a la loma; me llamó y me dijo Marcial mira eso que está en la loma, qué animal es, y por supuesto que era un águila muy grande, con un copete rojo y un collar blanco; doña Mica, qué cree que anuncie eso, le pregunté por ser una anciana y conocer los significados de este tipo de cosas, ella contestó que ese animal traía un mal presagio, que algo iba a pasar. El águila chillaba muy fuerte, como si fuera una persona que estuviera gritando; doña Mica dijo que tal vez se secaría el árbol, o que algo malo pasaría, y como a los seis meses, de repente y vienen y rrrruuunn rrrruuunn, se oyó el ruido que provocaba las máquinas que vinieron a derriba el árbol y los arbustos, que por cierto cayeron dentro de mi terreno, y nadie se tomó la molestia de sacar la madera de mi patio, entonces la gente me dijo que les regalara la madera, y solo así se llevaron los árboles. Cuando los derribaron nadie dijo nada, y yo tampoco dije nada, nadie tenía que decir nada porque eran los del ayuntamiento los que llegaron a cumplir su desastre, según porque ya no tendrían que construir un tanque elevado, por eso la loma era muy alta, y con eso ellos se ahorraría mucho dinero”. Marcial sigue recordando esos momentos como si el tiempo no hubiera pasado, como si aún subiera las lomas de ese lugar para conocer si había algunos misterios en ellas, porque según sabía que eran pirámides de los antiguos pobladores que quedaron sepultadas con el paso del tiempo. Rememoró que otras personas cuentan que han visto el águila sobre el árbol de Nacazte que se ubicaba en la loma, también la habían visto volar, por eso en ellos existe la interrogante de por qué un ave tan enorme existe en este lugar, y por qué sólo unos cuántos la han podido ver. “se cumplió lo que dijo doña Mica que algo malo iba a pasar, y pues ya vez derribaron los árboles, y, pues, el águila se fue. Lo curioso es que a los tres meses murió la persona que tumbó el árbol, le decían El pinto, se llamaba don Ernesto; ese señor fue el que hizo ese trabajo, y ya vez cómo le llegó la maldición que a los tres meses murió. La gente más adulta sabía el poder oculto que tenía esa loma; ellos lo sabían porque conocían lo que los ancianos contaban…”

jueves, 21 de marzo de 2019

BETO GUERRERO

                Sabino Pérez Ramírez

Los años vienen colgados de las corvas de Beto Guerrero, cuando se acerca al portón para cederme el paso al interior de su terreno. Sus ojos apenas y se asoman bajo esos párpados que amenazan cerrarse en cualquier momento. Me saluda con esa cordialidad que lo ha acompañado desde toda su vida. Me pide pasar al corredor de su casa, donde dos mecedoras de arcos metálicos y tejido con caucho invitan al descanso. -Es la alarma- me dice, refiriéndose al perro amarrado de un palo, cuyo ladrido es insistente. Las aves de corral también se alarman al verme, pues saben que soy un desconocido en ese lugar.
Me siento en uno de los sillones, en tanto Beto entra a su casa para dejar en la mesa una bolsa de mercancía, que compró en alguna tienda cercana a su casa. Tomé de mi bolsa artesanal un cuaderno y un lapicero paras dar inicio al diálogo con él, quien se sienta en el otro sillón a mi lado derecho. “A mí siempre me gustó la pesca; así fue como conocí a tu padre”, me dijo, como dejando ir el pensamiento a un pasado lejano en su historia, rememorando los nombre de aquellas personas que formaron parte de uno de los episodios de su larga vida. Así desfilaron por su mente los nombres de Baldomero, el padre de Guayul, lo conocíamos con el sobre nombre de Mero, era un anciano que en época de los cristeros, allá por 1926, participó en la quema del Cristo Negro de El Santuario, según palabras del mismo viejo. Mero vivía a orillas del Río Tonto, en una de las casas de madera que se usaban como negocios para los usuarios de la panga, antes de la construcción del puente Caracol. Luego mencionó a Tranquilino, a quien conocíamos con el apodo de Bigote Juile, quien fuera esposo de Rosa, la hija de Juana, y cuñada de mi hermano Jorge, que en paz descanse. “Yo siempre llegaba a casa del Güero Rey, que estaba de este lado del paso de la panga, por el camino a Mundo Nuevo”. Rey Álvarez, era un personaje que se dedicaba a la pesca en las aguas del Tonto. Comercializaba su producto en Tuxtepec, a donde llegaba a pie, por no haber transporte en ese tiempo, cuando dejó de dar servicio la panga. “El güero Rey vino de Guadalajara hacia Martínez de la Torre, donde vivió una temporada, después viajó hacia estos lugares, donde se vino a refugiar a orillas del río. Hasta la hora de su muerte, no supe si tenía mujer. Lo encontraron ahogado, pues, a pesar de ser pescador no sabía nadar”.
La lucidez de Beto es impresionante a sus 84 años. Mira el pasado como si jugara con la brisa sobre el espejo del río, donde el agua parece tranquila, sin prisa para deslizarse hacia el encuentro con el Papaloapan, a sólo dos kilómetros del lugar que cordelea su memoria, para atrapar, como peces, los nombre de Chema, Teresa, Bigote Juile, Juana, Rosa, Manuel Valenzuela, Mero y Zancudo Macho, el marido de Juana, quienes aún vivían en ese lugar, donde algunas casas comenzaban a formar parte de una comunidad fantasma. “En este lugar guardaba las redes tu papá, después de la pesca”.
Cuando las noches eran tranquilas, como el río, bajo el árbol de agotope, cerca de la casa de Bigote Juile, Mero preparaba la cena: un riquísimo caldo de pescados y mariscos, recién salidos del río, en un caso de buen tamaño se veía flotar varias especies de pescados: mojarra, robalo, guabina, pejepuerco, sábalo; camarones, jaibas y almejas. Era un vuelve a la vida muy peligroso, por ser preparado para la cena, con el que podríamos sufrir de alguna congestión. Fue a mí a quien hizo efecto negativo un caldo de pescado, una de esas noches en que los pescadores prepararon un suculento vuelve a la vida; después de darme una buena atracada con un sábalo, me fui a la hamaca para dormir un rato; la mecida de la hamaca me provocó un vómito, que fui a parar a la clínica de Juan Sánchez, en Tuxtepec; no sé cómo le hicieron pero a esas horas de la noche me llevaron al médico, donde pasé toda la noche con un suero recorriéndome las venas. No fue la primera vez que tuve ese problema, dos veces más fui a parar al hospital, hasta que me acostumbré a este tipo de comida, y jamás me volvió a suceder.
“Un día llevé en el taxi a tu papá a Alvarado, a comprar pescados, que por cierto no encontramos el pescado que buscaba, y nos regresamos sin la mercancía. Él me preguntó que cuánto me debía, pero yo no quise cobrarle nada, pues sabía que al no haber mercancía no hay ganancias”.
Alberto Ceo Guerrero, es el nombre de Beto, quien dice ser originario de Ojitlán, hijo de Alberto Ceo Nakamori, de origen japonés, y de Concepción Rosa Guerrero, nativa de esa localidad.
“Conocí a tu mamá en Ojitlán cuando ella era una adolescente, yo era aún un niño. Mi padre nos trajeron a Tuxtepec, donde radicamos hasta la fecha, yo estaba pequeño. Él era dentista, esa era su profesión. Ya estando en esta ciudad, con el paso de los años, conocí a tu papá, El gordo, le decíamos de apodo, y me enteré que se había juntado con tu mamá”. Los años han adelgazado su cuerpo, y aquél joven robusto, que jugaba a atrapar peces con los anzuelos diestros en sus manos, se ha ido consumiendo en el ir y venir de las horas impías, que se le pegan como lastre en sus pies.
“Desde el 86 dejé el taxi, después de 30 años al volante”. Sus anécdotas como taxista se fueron asomando por la visera de su gorra que le cubre la cabeza blanquecina, con escaso cabello. “Los pescadores siempre cuentan historias sobrenaturales, pero yo nunca vi nada que me pareciera fuera de lo normal. Sólo en una ocasión, cuando hice una corrida a Nigromante, una comunidad más allá de Playa Vicente, Veracruz; Recuerdo que en una de las curvas vi la imagen de la Virgen de la Divina Providencia que se alzaba sobre los árboles; nadie más la vio. Quedé sorprendido, y lo comenté con los traileros y demás transportistas; algunos me creyeron y otros, pues solo me ignoraron”. Sus ademanes parecían recoger en el tiempo los recuerdos de ese momento, donde surcaba la distancia de carreteras protegidas por vallas interminables de árboles y arbustos de la zona mixe. Luego vuelve su rostro hacia mí, con sus ojos cansados y la sonrisa amable, para continuar sus anécdotas. “Una mujer embarazada, acompañada de su suegra, me pidió que la llevara al hospital porque se sentía muy mal. Por el camino se le reventó la fuente, e iba muy apenada la pobre. Me detuve frente a la entrada de emergencia y le pedí a los empleados que trajeran una camilla o una silla de ruedas porque era una emergencia. Como no reaccionaron con prontitud, tomé a la mujer y la cargué entre mis brazos, sin importarme el líquido amniótico que escurría por mi brazo derecho mojándome la ropa; la llevé hasta cerca del quirófano, donde la auxiliaron. La suegra de la joven parturienta me preguntó que cuánto le debía. No le quise cobrar, le dije que primero atendiera a la muchacha que era urgente. Al paso de los días, un hombre se me acercó y me puso un billete en la bolsa de la camisa, esto es por el apoyo que le brindó a mi esposa, la que se le reventó la fuente, me dijo. No supe qué hacer, pero los ojos de gratitud del hombre me hicieron comprender que se sentiría mejor con mi silencio. No fue nada, le dije”.
Beto tiene ese don. El don de servir. Un don nato, que hace que mucha gente se sienta identificada con él, incluyéndome a mí, que siempre le he guardado un cariño especial, como de padre, de hermano, de amigo con quien he tenido la oportunidad de recibir constantemente la calidez de su amistad.
“¡Mira!, ahí está Sabino, el hijo del gordo, me da gusto verlo ahí. Cada vez que te ve en la televisión o en los periódicos, me dice lo mismo, y se siente contento, porque dice que te conoció desde niño, y te ha visto crecer”. La esposa de Beto, Julia Soto Roldán, hija de don Chucho Roldán, comentó esta anécdota, porque asegura que Beto se pone contento cada vez que me ve en los medios de comunicación. Beto Guerrero sonríe, y me mira complaciente. Sus labios se mueven para sacarle historia a los recuerdos. “Un hombre, se subió apresurado y me pidió que alcanzara a un autobús que iba rumbo a Valla Nacional, porque lo había dejado. Le dimos alcance cuando estaba por salir de la ciudad. Me pagó y subió al transporte. Yo me regresé sin prisa, más adelante se detuvo otro taxi, ya dentro de la ciudad, y se bajó el hombre que acababa de dejar en el camión de pasaje. Se me acercó y me dijo que había olvidado algo bajo del asiento. Metió la mano y sacó un paquete envuelto con papel, y me pidió que lo llevara nuevamente para alcanzar al autobús. Di  alcance al carro de pasaje, que por cierto por esos tiempos iban haciendo muchas paradas, pues no había tantos urbanos como hoy. El hombre sacó doscientos pesos y me los dio, le dije que porqué me daba esa cantidad, si sólo le iba a cobrar treinta pesos. Entonces me dijo, a manera de pregunta, enseñándome el paquete, sabes qué es esto que llevo aquí, ¡medio millón de pasos!, es el dinero para el pago de un cargamento de café, por eso te doy esa cantidad, en agradecimiento de que no perdí este dinero. Y se subió al autobús”. Su corazón de persona noble le permitía hacer alguna corrida en su taxi aún si el cliente no trajera dinero, y por alguna razón llevara prisa. Él se sentía satisfecho poder servir a los demás.
Su esposa le pide cinco pesos, para completar para el taxi, por no traer suelto. Beto se levanta del sillón donde se mecía mientras platicamos. “¿Sólo eso necesitas?” “Sí, solo para completar, no sea que no triga cambio el chofer”. Doña Julia se enfila por el camino de concreto que conduce hasta la salida del terreno. Lleva un bolso en el brazo izquierdo, y un vestido blanco, impecablemente limpio. Beto la ve alejarse, como quien ve algo de lo más apreciado, con el deseo de volverla a ver haciendo menesteres en la casa. Los años ya no están para esperar mucho tiempo el regreso de los seres queridos, y ver alejarse a quien se ama, es una odisea interminables, que angustia el corazón de todos.
Le vienen a la memoria torrentes de anécdotas en sus actividades como taxista. “Por el centro levanté a una mujer que traía en sus manos una charola de vasos de cristal, me bajé del coche y le ayudé para subir su mercancía, luego me acerqué para ayudarla con la charola, pero ella me rechazó y solo me pidió que le abriera la puerta del coche. Como pudo entró al auto sin dejar de cargar la charola. Cuando llegamos a su domicilio, bajé sus cosas y las puse en el suelo, luego la quise ayudar con la charola, pero ella se volvió a negar, y haciendo malabares se bajó del auto; en ese momento salió su esposo y tomó la charola, sin el consentimiento de la mujer, el marido se resbala y la charola cae al suelo haciéndose añico los vasos. La mujer se molestó tanto que lo regañó delante de mí, diciéndole que era un tonto e inútil ‘no quise que este señor me ayudara, para que no se fueran a caer los vasos, y vienes tú y le das en la madre’. Me dio un poco de pena por el señor, pero solo me limité a quedarme callado, no fuera que hasta a mí me tocara”.
Beto es padre de tres hijos; uno de ellos falleció en un accidente en 1969, le sobreviven dos: Rodolfo, el mayor y Marcos el más chico, ambos casados, y cinco nietos y una nieta.
Uno de sus nietos me saluda al sentarse en un sofá, frente de nosotros, me pregunta si conozco el significado de los sueños. Le pido que me platique si ha soñado algo que le haya llamado la atención. Me comenta que hace poco murió uno de sus amigos, joven, como él, y que se quedó muy impresionado, por lo que le atribuye a eso que lo sueña muy seguido. Efectivamente, le comento, cuando nos impresionamos con algo a alguien, seguro que vamos a tener consecuencias en nuestro subconsciente, pero no es para alarmarse. La mejor forma de curarse es no pensar en ello, y darle cabida a cosas que nos ayuden a ocupar nuestra mente en actividad positiva.
“Fui un fumador empedernido, desde los 16 años. Hasta hace unos 18 años me vi en la apurancia de dejar ese vicio, cuando me empecé a sentir mal con mis vías respiratorias; un chequeo médico indicó que mis pulmones estaban muy dañados; fue así como dejé ese vicio; y gracias a Dios aún sigo respirando, con un poco de dificultad, pero ahí la llevo.
Las anécdotas de nuestros viejos nos acercan a un tiempo que permanece en la memoria de cada uno de ellos; un tiempo con diferentes matices, de acuerdo al sol y la luna que se haya posesionado en sus mentes para darle luz a sus historias.

lunes, 4 de marzo de 2019

Un cuento de Óscar Contreras


Voy a cruzar la frontera, voy a buscar a Dolores…
                                                 Canción popular

NO TAN LEJOS CORAZÓN


1856 se leía en la parte posterior de la foto que Cuco y Verónica se habían tomado en la terminal de autobuses el día que él partió para el norte. Retumbaba siempre en su mente el número que  los separaba,  1856 km. es la distancia que hay de Oaxaca a Houston o de Madrid a Inglaterra. Ella medía la distancia en un globo terráqueo con una cinta métrica que guardaba su mamá en uno de los cajones de la máquina de coser, se preguntaba por qué no había otro tipo de señal, por ejemplo: cuánta distancia hay entre Ana y José, Arturo y Jovita, o de un punto X (corazón de Verónica) a un punto Y (corazón de Cuco). Borró los nombres de las ciudades en el globo y puso su nombre y el de su amado.

Los domingos al salir de misa sus conocidos le preguntaban ¿cuándo regresa?  Ella contestaba sin inmutarse -para este diciembre retorna. Llevaba varios años de su partida y la fotografía la conservaba aún con buen color, los pintaba de una felicidad juvenil, los ojos brillantes, ilusionados por su porvenir, porque Cuco había ido a eso, a trabajar duro para juntar dinero, construir su casita y poner un negocio con qué mantenerse a su regreso. Antes de su partida tuvieron dos hijos, los cuales  crecían  y olvidaban poco a poco a su padre. Ella se encargaba de recordarles diariamente cómo era Cuco, quizá con eso sus memorias de niños, que se llenaban de imágenes y de experiencias, no olvidarían el recuerdo de su padre, que poco a poco para ellos se fue convirtiendo en un sueño. Al menos eso decían cuando sus amigos les preguntaban  ¿recuerdas a tu padre? -sí, como en un sueño- respondían.

Algunas noches ella lloraba al recordar el bonito noviazgo que tuvieron, y esos recuerdos le daban fuerzas para la espera, diario se comunicaban por teléfono y la voz de Cuco la escuchaba siempre igual que el mismo día que se fue, salvo en épocas de gripe que se le tornaba grave. Cada año desde hacía muchos se postergaba su llegada, él decía que se quedaría un año más, tenían que ahorrar para otros terrenitos, ya con la casita no bastaba.  

El día de su regreso, Verónica, sus hijos y la foto vieja fueron a recibirlo en la misma terminal de donde partió años atrás. Al bajar del autobús ella no lo reconoció, él se acercó, abrazó a Verónica que puso sus manos en x sobre su pecho, ella impávida, sin saber qué decir ni qué hacer, se sentía prisionera en los brazos de un extraño, sólo alcanzaba a mover sus ojos y escanearle la cara buscando a Cuco, lo sacudía para ver si detrás de esa cara ya marchitada por el sol, el tiempo y el arduo trabajo en Houston aparecía su amor. Se despegó de él y salió corriendo, la fotografía por tantos años guardada la arrojó a una coladera, en su mente rebotaban como en una licuadora  los  números 1,8,5 y 6  pensaba ¿qué había pasado? Por qué le era repugnante abrazarlo, le resultaba una persona extraña y únicamente tenía vestigios de Cuco en su mirada, para ella esos años que transformaron el cuerpo de su esposo los seguía separando y ella decidió correr, avanzar 1856 km., regresar el tiempo para encontrar a su corazón que quince años antes había partido de la terminal de autobuses.
A lo lejos, en una cantina de barrio, se escuchaba un estribillo de canción que salía de una vieja sinfonola y un par de borrachos cantaban desafinados: “ fallaste corazón, no vuelvas a apostar".



Óscar Contreras Hernández (Orizaba, Ver.)
Ha publicado en redes sociales
Es integrante del taller literario de la
Asociación Artístico-Cultural El Flamenco A. C.

jueves, 21 de febrero de 2019

Los Mapaches


Sabino Pérez Ramírez

Cheque Jorge tiene que lidiar todo el tiempo con los mapaches que llegan a perjudicar sus siembras. “No se las comen pero sí la destruyen. Son malos. Parece que tuvieran envidia, como la gente que ve que uno siembra algo, y luego buscan robarse el tierras”. Cheque es un campesino  indígena de la zona chinanteca de Ojitlán, Oaxaca. Hace unos 35 años llegó a radicar a la ciudad de Tuxtepec, para trabajar como jornalero: albañilería, cargador, pescador, en el campo con los parceleros del ejido Tuxtepec, entre otras muchas actividades más. Eso pasó cuando el gobierno desalojó a los indígenas chinantecos para la construcción de la presa Cerro Oro. Aquí en Tuxtepec compraron un terreno donde construyeron una casa de concreto y palma. Su padre era el que administraba el recurso que le dieron por sus terrenos; era un hombre habilidoso y mujeriego; todos ellos se volvieron bilingüe. Don Ezequiel, como se llamaba su papá, hacía trámites para quedarse con unos terrenos, después de algunos años de posesión de los mismos, aquí, en Arroyo Anguila, donde hoy se encuentra Cheque Jorge señalándome las siembras destruidas por los mapaches. “Todas estas tierras, cerca de 90 hectáreas, las deslindó el viejo, y la tramitó ante el Reforma Agrarias para que le dieran el título de propiedad. Eran tierras sin dueños, que no pertenecían ni al ejido Chiltepec y ni al Ejido Arroyo Choapan, pero el trámite se fue empantanando por la intervención de mi medio hermano Abel, al que le decían el Cabezón, cuando llegamos a vivir a Tuxtepec; el Cabezón es hijo de mi papá con mi hermana la mayor; yo creo que por eso tiene en el venas sangre de maldad”.
El calor es intenso a pesar de la vegetación que ofrece sombras agradables cerca del arroyo. Cheque tiene 65 años de edad, con un problema de salud que no le permite cumplir al cien con sus tareas en el campo. Su casa es de palma y cercada de madera rústica, donde los años se asoman por las rendijas de la madera quebrantada. A unos 20 metros se encuentra otra casa, más pequeña, donde vivió su papá los últimos años de una vida agonizante, por el sufrimiento de haber perdido la vista desde hacía más de 10 años, tiempo en que dependió de Cheque y su familia. “El viejo murió a los 107 años, casi engarrotado por tantos años acumulados en los huesos. A pesar de estar como estaba, no dejaba de demostrar el odio hacia mí y mi familia; nosotros que le dábamos el comidas, siempre estaba echándonos madre; y ya viste cómo hizo cuando nos apoyaste para que recibiera dinero del programa para viejitos, mandó a llamar a el Cabezón para que él fuera el que cobrara el dineros, y para qué, para llevarse el dineros, amarrar al viejo en el cama, ponerle cadena y candado a la puerta para que nadie de nosotros pudiéramos entrar; lo único que le arrimaba era unos paquetes de masecas y una cubeta de agua, para que el viejo se preparara su atole crudo cuando tuviera hambre, mientras él se gastaba el dinero en borracheras, y sólo venía a verlo una vez a la semana, pues como vive en Valle Nacional, no puede venir a cada rato. Pero el viejo eso era lo que quería, que lo trataran mal; ya viste tú cuántos años lo estuve ayudando; él ya no pudo seguir el trámite del terrenos y se lo encargó al Cabezón, y pues no sé qué fue lo que logró, porque poco a poco me han estado robando el terrenos, la gente que colinda con nosotros, poco a poco se fueron ampliando, fueron metiendo sus lindero adentro de mi terreno, y por más que quise que el gobierno me apoyara, nunca lo he logrado; ya sólo me queda media hectárea donde tengo sembrado un poco de maíz, como lo ves, casi destruido por lo mapaches, primero fueron los mapaches humanos los que se robaron el terrenos, y ahora estos pinches animales que destruyen todo”.
Su condición de indígena analfabeta lo pone en una situación inofensiva ante los grandes abusos de los mapaches humanos, como dice él; de aquéllos que nunca tienen llenadera. Cuando logra cosechar tiene que vender el producto como mazorcas tiernas para tamales, porque el maíz lo pagan más barato. Para vender el producto tiene que viajar a la ciudad de Tuxtepec; sacar en hombros los costales de mazorcas desde su casa –más de un kilómetro de distancia- hasta la comunidad de Arroyo Choapan, donde toma el transporte que viene de paso hacia la ciudad. De esta forma es como logra sacar un poquito más de dinero; invertir en semillas y fertilizantes para volver a sembrar, después de preparar el terreno, y esperarse hasta la nueva cosecha; mientras tanto trabaja de jornalero para otros campesinos; cuando la milpa ya está creciendo, se pasa las noches cuidando que los mapaches no hagan su destrucción. “Moisés ya está más grande y me ayuda un poco. Él quería seguir estudiando, pero ya ves, no podemos con tantas necesidades; pero los demás chamacos sí están estudiando, allí, en Arroyo Choapan; no nos alcanza el dinero para cubrir todo lo que piden, pero los maestros comprenden nuestra situación”.
Hace cinco años que murió su papá. En una ocasión Cheque me llamó cuando el viejo se cayó de la cama y no podía moverse. Cayó boca abajo, y como no tenía fuerzas para levantarse, sólo daba de gritos para que alguien lo ayudara. Cheque le pidió a su hijo   Moisés que entrara por la parte de arriba, haciendo a un lado la palma. Así fue como lo auxiliaron, y llamaron a las autoridades de Chiltepec para que dieran fe de las condiciones en que tenían al señor. Cuando yo llegué ya se lo habían llevado a Chiltepec, y me fui a donde estaban ellos para saber la situación. A pesar de las condiciones en que se encontraba su papá lo devolvieron a su casa, y lo dejaron con un suero en el brazo. Cuando se enteró el hijo-nieto Abel, insultó a Cheque y volvió a encerrar al viejo, quien murió días después.
Moisés, a pesar de su situación social, trabaja en lo que puede, y en sus ratos libres lee y escribe. Él me platica que su maestro le presta libros, y por eso lee alrededor de 20 libros al año. Escribió un texto muy extenso cuando estaba terminando la primaria, cerca de 400 páginas, de una novela, que posiblemente, algún día pueda publicarse.
Hoy es el día internacional de la lengua materna, y de esos asuntos de los indígenas, de lo que tanto aspaviento hacen las autoridades para aprovechar los reflectores internacionales y salir en la foto, mientras gente como Cheque, se encuentran indefensos ante la embestida de los mapaches.

domingo, 17 de febrero de 2019

“MAGÍN”




Sabino Pérez Ramírez

Después del lunes ciudadano del 11 de febrero del 19, pasé por el Mercado Central, me llegaron los recuerdos que quedaron sepultados bajo los cimientos del nuevo edificio: el antiguo mercado, del que sólo haré referencia de una manera fugaz; me pareció ver a Lauro Martínez, conversando con sus clientes, en su pequeña tienda de abarrote en el lado izquierdo de la entrada principal, y en el otro extremo El Parián, de Luis Santos, como los guardianes del antiguo edificio, que albergó durante muchos años el mercado principal de Tuxtepec; en otro momento contaré esa historia. Pasé por la avenida Independencia buscando a una persona del mercado, de esos que no se instalaron en las carpas, que el gobierno municipal destinó para los locatarios durante el proceso de remodelación del mercado, quien se había visto afectado por los sismos del 2017. El motivo por el que esta persona no aceptó una de las carpas, es porque vende pescados y mariscos, y no le parecía un lugar adecuado para la venta de su producto, por parecerle antihigiénico, por tal motivo  decidió suspender su negocio durante el proceso de remodelación, que demoró, según los lugareños, un año.
Las puertas del mercado estaban abiertas, por la actividad de quienes van ocupando sus lugares, acomodando sus productos, acondicionando los locales para una mejor exhibición, según las necesidades de cada locatario. Me fui por uno de los pasillos laterales hasta los barandales que sirven de valla para tener una vista panorámica del hermoso río de las mariposas. Allí me encontré a Magín, el amigo que buscaba. Nos saludamos con mucha cordialidad, por los años que  pasaron sin vernos; él estaba en el mismo local que tenía antes de la rehabilitación del edificio, con una hermosa vista hacia el verdoso río. Gonzalo Martínez, es el nombre de nuestro personaje, a quien lo conocen con el sobrenombre de Magín.
“Yo llegué al mercado hace como 35 años, antes de la construcción de este edificio; trabajé de ayudante en diferentes locales; luego me vine a trabajar como ayudante de esta pescadería, hasta que los dueños me traspasaron el local, desde entonces trabajo lo propio”. Gonzalo recordó esos años, en que salió de su tierra natal: “Pescadito”, es una comunidad asentada a la margen de la presa Miguel Alemán, perteneciente al municipio de Soyaltepec, conocido como Temascal, colindante con el municipio de San Juan Bautista Tuxtepec, también en el estado de Oaxaca.
Por esos tiempos nos conocimos, puesto que nuestra actividad era la compraventa de pescados y mariscos; Magín era joven, con esposa y a punto de nacer su primer hijo. El acento de su voz demuestra su bilingüismo: mazateco y castellano, y su rostro siempre alegre. A pesar de utilizar herramientas filosas nunca ha sufrido algún percance. “Uno de los aliñadores sufrió un accidente al cortar la cabeza congelada de un Robalo, cuando le tiró el golpe para cortarla, la mocha rebotó y le dio en el dedo gordo de la mano, con un quejido seco levantó la mano y enseñó el dedo que colgaba, lo puso en el tablón y lo cortó por completo, le chupó la sangre y lo aventó al río”. Sacó de su memoria ese episodio, que le pareció un acto, más que de valentía, de ignorancia o de estupidez, por no saber que los médicos podrían salvarle el dedo, si se hubiera ido al hospital; y además por no tener precaución, puesto que las herramientas para el aliñado de pescados deben utilizarse de la forma correcta.
Magín se recargó en los barandales y admiró, como todos los días, las aguas tranquilas del río de las mariposas. “Hubo inundaciones que estuvieron a punto de invadir los pasillos del mercado; el agua se llegó a asomar por las pichanchas, y la vibración del edificio nos hizo pensar que se iría con la corriente; gracias a Dios el agua nunca nos llevó”.

El sol de la tarde le daba colorido a la ribera, haciendo contraluces bajo los árboles de sauce.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Día de San Valentín



Sabino Pérez Ramírez

En el siglo III, durante el gobierno del emperador Claudio II, el sacerdote Valentín Faustino de Berriocha, fue ejecutado, luego de desacatar la orden, que este gobernante había puesto, al prohibir el matrimonio de los varones jóvenes, porque, según él, si estos hombres no tenían compromisos con alguna mujer, el rendimiento sería mejor, puesto que no tendrían ningún distractor.

Valentín decidió celebrar los matrimonios en secreto, en las mazmorras del imperio, hasta que fue descubierto por los guardianes del emperador. El sacerdote fue encarcelado y posteriormente ejecutado por desacato al decreto del mandamás.
Estando en prisión Valentín observó que la hija de uno de los jueces era ciega. Era una mujer muy hermosa, por lo que Valentín se enamoró de ella, y en oraciones pidió a Dios que esta tuviera la dicha de ver la luz, objeto de su creación.
Se dice que cuando el sacerdote fue llevado al lugar de ejecución, al pasar junto a la hermosa mujer, le puso un pedazo de papel en la mano y le dijo que lo leyera, y ella, sin entender el motivo, extendió el papel y lo primero que vio fueron las siguientes palabras: “Tu Valentín”.
           Así fue como nació la leyenda de Valentín de Roma.

Las celebraciones lepercales, como fiestas pagana, eran las tradiciones que los romanos tenían por esos tiempos; sin embargo, cuando el emperador decretó que la iglesia católica se establecía como oficial del imperio romano, el Papa Gelacio I, quien aborrecía las celebraciones lupercales, toda vez que las mujeres eran humillas, al ser golpeadas con las pieles de los animales que se sacrificaban en honor al semidiós Luperco, a quien consideraban benefactor de la fertilidad, ordenó la desaparición de dichas fiestas. Fue así como el Papa justificó la celebración del día de Valentín, por considerarlo representante del amor entre las personas, de acuerdo a la leyenda que circulaba en todo el imperio, y estableció el catorce de febrero como día especial para esta nueva celebración, siendo hasta el año 494, cuando comenzó a celebrarse de manera oficial.

En muchos países se celebra esta fecha, importante para los enamorados, e incluso para todos aquellos que sienten algún aprecio por los seres que los rodean.

¡Feliz día de San Valentín!

martes, 12 de febrero de 2019

Recordando al muralista mexicano Desiderio Hernández



Un día como hoy, pero de 1992, nación uno de los grandes muralistas mexicanos, Desiderio Hernández Xochitiotzin, en el pueblo de San Bernardino, Tlaxcala. Fue grabador, escritor, arquitecto, cronista, catedrático, investigador y restaurador. Sus obras fueron expuestas en el museo del Vaticano y la Universidad de Harvard, entre otras; obteniendo reconocimientos de la Universidad de la Sorbona, Francia, y la Universidad de Estocolmo, Suecia.
Desde pequeño mostró un espíritu inquieto y atraído por las artes, ya que cuando cursaba la primaria, combinaba sus estudios acudiendo al taller artesanal de su padre. Se formó en la Academia de Bellas Artes de la ciudad de Puebla e hizo su primera exposición importante en 1947. Realizó obras y trabajos artísticos tanto en México como en Europa.
Estudió las obras de grandes muralistas mexicanos, específicamente de Diego Rivera. Perteneció a la segunda generación de los grandes muralistas del siglo XX y fue el último muralista al fresco que había en el país, dejando su principal obra en el Palacio de Gobierno de la ciudad capital de Tlaxcala, en el que plasmó toda la rica historia de esta tierra y al mismo tiempo demostró su gran conocimiento en materia de historia y cultura del lugar, por eso se destacó como catedrático y conferencista. Siendo un hombre humilde pero con personalidad animosa, puso en alto al estado de Tlaxcala y a México en Europa. En abril de 2006 el Congreso del Estado determinó concederle el título honorífico de "Embajador de la Cultura Tlaxcalteca" además de otorgarle una pensión económica. Recorrió gran parte de Europa con este título mientras realizaba parte de sus investigaciones.
Con la propuesta del gobernador de Tlaxcala, Joaquín Cisneros Fernández, en febrero de 1957 inició los murales del Palacio de Gobierno, los que sintetizan la historia local y despiertan gran admiración de compatriotas y extranjeros.
Esta obra abarca una superficie de más de 500 metros cuadrados de los muros del hermoso Palacio de Gobierno. Aquí el artista logra que sus trazos y coloridos sean vitales y cálidos conductores de una fuerza que atrapa la atención de cualquier espectador. Con su vigoroso realismo y sorprendente colorido despierta en el público una doble emoción: la reflexión, que surge a través de su tema histórico y humano, y el asombro. La realización de estos magníficos murales, trabajados al fresco acuarelados al estilo florentino, se proyectó por vez primera en enero de 1953 en casa del poeta y dramaturgo Miguel N. Lira. Pero será hasta 1957 cuando se inician los murales, los cuales constituyen el "programa plástico más ambicioso de Xochitiotzin". La primera etapa del proyecto duró diez años, durante los cuales el autor investigó, diseñó, llevó a cabo bocetos, preparó muros y concluyó los primeros 285 metros cuadrados de mural, correspondientes a la planta baja del Palacio de Gobierno. Posteriormente, de 1967 a 1968, el maestro Xochitiotzin elabora el mural “La Conquista”. En las siguientes dos décadas, a partir de 1987, inicia los murales “El siglo de oro tlaxcalteca”, localizados en la escalera monumental. En el muro sur de la escalera, se comienza a plasmar en 1990 el “Mural del siglo de las luces al porfirismo de Tlaxcala y México”. Los murales El Siglo de Oro Tlaxcalteca son una de las obras más bellas del arte plástico mexicano del siglo XX, están a la vista de la población en el Palacio de Gobierno de Tlaxcala tras un minucioso proceso de restauración.
Su tema es la historia de Tlaxcala contada en 24 segmentos pintados, correspondientes a periodos históricos distintos. Cabe destacar que en vida reveló que entre los personajes hay gente de Tlaxcala, ahí están Beatriz Paredes, Tulio Hernández, sus hijos, nietos, su amada esposa aparece en varias escenas y hasta inmortalizó a su albañil. El mural 8 reseña la fundación de los cuatro señoríos y el 9 las fiestas del dios Camaxtli, deidad máxima de los antiguos tlaxcaltecas. Los segmentos 10 y 11 describen la reconquista de Texcoco por el rey Nezahualcóyotl; el 12 y el 13 las guerras floridas y la enemistad del reino de Tlaxcala con los mexicas. El 14 y 15 la Batalla de Atlixco y el incendio de Huejotzinco; el 16 el sacrificio del guerrero tlaxcalteca-otomí Tlahuicole; el 17 las fiestas de la diosa Xochiquetzal; y el 18 la historia mitológica del descubrimiento del maíz. El cuadro 19 describe el uso del maguey como árbol de las maravillas; el 20 el antiguo mercado de Ocotelulco; el 21 la profecía del regreso de Quetzalcóatl. El 22 la Conquista de Tenochtitlán y la alianza hispano-tlaxcalteca; el 23 el Siglo de Oro de Tlaxcala; y el 24 los siglos XVIII y XIX en la historia de Tlaxcala y México.
Los murales del Palacio de Gobierno de Tlaxcala, son considerados como la última gran obra del movimiento muralista promovido inicialmente en los años 20 del siglo pasado por Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. Partió de este mundo el 14 de septiembre de 2017. 

domingo, 10 de febrero de 2019

Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia

A propósito de la celebración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, este 11 de febrero 2019, les comparto el siguiente
 Mensaje conjunto de Phumzile Mlambo-Ngcuka, Directora Ejecutiva de ONU Mujeres y Audrey Azoulay, Directora General de la UNESCO para el Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia, de fecha jueves 7 de febrero de 2019.
 “Recientemente, las mujeres jóvenes y las niñas de todo el mundo han sido vocales al pedir acciones para combatir el cambio climático en todas partes. Cuando la sueca Greta Thunberg, de 16 años de edad, cobró a los asistentes al Foro Económico Mundial en Suiza que "actuaran como si nuestra casa estuviera en llamas", estaba expresando sentimientos similares a muchos de su edad.
       Las voces de mujeres y niñas y su experiencia en ciencia, tecnología e innovación son vitales para aportar soluciones al cambio perturbador en nuestro mundo en rápida evolución. Necesitamos con urgencia cerrar la brecha de género en los campos de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas y promover activamente la igualdad de género en las carreras de ciencia, tecnología e innovación.
Las habilidades STEM forman la base de las categorías de trabajo de más rápido crecimiento. Estudios recientes muestran que los cambios en el mercado laboral global darán como resultado 58 millones de empleos netos nuevos, particularmente en analistas de datos y científicos; especialistas en inteligencia artificial y aprendizaje automático; Desarrolladores y analistas de software y aplicaciones; y especialistas en visualización de datos.
Desafortunadamente, hay evidencia de problemas actuales para las mujeres en trabajos importantes como ingeniería, con poca retención, avance y reintegración después de la baja por maternidad. El Informe 2018 de Global Gender Gap del World Economic Forum muestra, por ejemplo, que solo el 22% de los profesionales de inteligencia artificial en todo el mundo son mujeres: una enorme brecha de género que refleja problemas importantes como la segregación laboral y condiciones laborales desfavorables.
        Además de abordar estas barreras, mejorar la conectividad digital y la accesibilidad de tecnología asequible también puede garantizar una mayor igualdad en los campos de STEM, permitiendo que las mujeres y las niñas se beneficien plenamente como científicos, estudiantes y ciudadanos.
ONU Mujeres y la UNESCO están trabajando con socios de todo el mundo para cerrar la brecha de género en los campos de STEM y las tecnologías digitales.
Una forma en que ONU Mujeres se involucra es a través de los Principios de Empoderamiento de las Mujeres . Estos principios ofrecen a las empresas, incluidas aquellas en los sectores digitales, tecnología de la información y la comunicación, tecnología e innovación científica y STEAM (STEM, más arte y diseño), una guía concreta para empoderar a las mujeres en el lugar de trabajo, el mercado y la comunidad. ONU Mujeres hace un llamado a todas las empresas que quieran comprometerse con la igualdad de género y el empoderamiento económico de las mujeres para que firmen y apliquen estos principios.
       Abordar las desigualdades desde el principio en el sistema educativo es vital, por eso la UNESCO trabaja para estimular el interés de las niñas en las materias STEM, combatir los estereotipos en el currículo escolar y aumentar el acceso a las mentoras. Además, alentamos a las mujeres científicas a través de iniciativas como el Programa L'Oréal-UNESCO For Women in Science y la Organización para Mujeres en la Ciencia para el Mundo en Desarrollo, que ofrece becas, redes y oportunidades de tutoría para mujeres investigadoras de todo el mundo. Finalmente, el proyecto STEM y Gender Advancement apoya la inclusión de la igualdad de género en las políticas, estrategias, planes y legislación nacionales en materia de ciencia, tecnología e innovación, centrándose en la recopilación de datos desglosados ​​por sexo”
A través de todas estas iniciativas, estamos decididos a alentar a una nueva generación de mujeres y niñas científicas a hacer frente a los principales desafíos de nuestro tiempo. Al escuchar la llamada de Greta Thunberg, las jóvenes científicas ya están haciendo una diferencia en la lucha contra el cambio climático, incluida la adolescente sudafricana Kiara Nirghin, cuyos inventos minimizan el impacto de las sequías.
Al aprovechar la creatividad y la innovación de todas las mujeres y niñas en la ciencia, e invertir adecuadamente en los ecosistemas inclusivos de educación, investigación y desarrollo y ciencia, tecnología e innovación de STEM, tenemos una oportunidad sin precedentes de aprovechar el potencial de la Cuarta Revolución Industrial para beneficiar a la sociedad. .

jueves, 7 de febrero de 2019

EL TEQUIO



 Sabino Pérez Ramírez

La arena lista para ser paleada. Los sacos de cemento cortados por mitad, para facilitar la carga y el vaciado. Una pipa a poca distancia de las ollas revolvedoras. Los carretilleros en fila. Los paleadores. En la calle pedregosa se amontonan los menesterosos con palas y picos emparejando la tierra. Algunos echan agua y otros vacían carretillas de arena para cubrir la superficie. La gente ríe. Está alegre. Todos se suman en torno a su presidente municipal que no deja de extender arena sobre la calle. Él es el guía. El líder.
Ya son las nueve en esta mañana cálida, con manchas de sol por todas partes. Las nueve, y el movimiento de los que se acercan a ofrecer su apoyo es cada vez más abundante. Las aguas de sabor, los refrescos, la música y la animación de Elvis Mayoral, hacen el ambiente más festivo. Porque es una fiesta el tequio, donde hay música, bebidas, botanas, risas, pláticas. Pero sobre todo la alegría de quienes participan para lograr un bien común.
El presi Fernando da la señal para el pavimentado; los paleadores llenan latas de arena y Fernando, sin mucho esfuerzo vacía la primer lata en la olla revolvedora, como si hubiera dado cuerda a un reloj, y los engranajes comienzan a trabajar armoniosamente, engrane por engrane. De esta forma da inicio la actividad para el pavimentado de la calle, conocida como vialidad 1, manzana 2G, del Fraccionamientos Los Mangos. Las tres ollas revolvedoras comenzaron a trabajar al mismo tiempo: los paleadores, los cargadores de arena, los vaciadores de cemento, los carretilleros y los reguladores de agua con manguera en mano desde la pipa.
En la calle los albañiles esperan las primeras carretillas de mezcla. Las mujeres con aguas frescas y vasos desechables caminan sobre una banqueta angosta, haciendo malabares para no resbalar con tierra y gravilla que se extiende en la superficie. El desnivel de la calle hace más complicada la tarea de las menesterosas. ¡Quién quiere agua! ¡Quién quiere agua! ¡A mí dame un poco! ¡Yo también quiero!, otros más se acercan a pedir agua, y en poco tiempo regresan por más líquido. Pero ellas están contentas. Se siente útil, parte de este engranaje que trabaja para el mismo fin. ¡Aguas, aguas, van las carretillas con mezcla! ¡Ahí vacíalas, ahí! ¡Eso, hay que extenderla! Las carretilladas de mezcla van cayendo una a una. Vienen bajando en hilera hasta el tope de madera que atraviesa la calle separando la pavimentación en dos bloques: los que trabajan en la parte alta y los que esperan su turno en la parte baja. ¡Más dura! ¡Que la traigan más dura! Grita el albañil que extiende la mezcla con una cuchara. ¡Más dura, más dura! Van subiendo las voces hasta llegar a los revolvedores. Alguien pone un fragmento de tabla para complementar el tope, y evitar así el derrame de mezcla calle abajo.
Algunas personas descansan después de haber participado, esperan de nuevo su turno, pues no hay suficientes carretillas ni ollas. Los carretilleros van en fila, haciendo un esfuerzo redoblado para evitar que el vehículo se precipite en el desnivel de la calle. En esta faena lo mismo participan funcionarios públicos, el síndico Luz Oralia y varios regidores, directores, jefes de áreas, personal de confianza, el Agente de San Bartolo y presidente de otras colonias, todo con el mismo objetivo: ser parte de los tequios que el gobierno municipal viene practicando en todo el municipio, y este día especial, como un regalo de reyes, todos son Gaspar, Melchor y Baltazar que caminan sobre esta vialidad para dejar como regalo un calle mejor transitable.
Desde este ángulo se aprecia el movimiento de los operadores de ollas, los paleadores, los lateros, los aguadores, los cementeros, todos, como el engranaje del reloj. Pieza por pieza. Y el presidente incansable con su lata de arena. ¡Ey, Sabino, una foto acá! Chucho Román me indica que le tome una foto. Otros más se acercan para salir en ella. De fondo los mezcladores y carretilleros sin detener su movimiento. Los vecinos de otras calles se asoman a las puertas o ventanas de sus casas a observar la actividad de los tequiadores. Sus calles ya están pavimentadas. Si alguno de ellos se une al tequio, será porque así lo desea. Sin embargo hay quienes vienen de otras colonias o comunidades rurales. No porque tengan obligación de hacerlo, sino por el gusto de unirse a la actividad menesterosa de los que representan el gobierno municipal. Ahí va Tico, el Agente Municipal de San Bartolo con su carretilla de mezcla; tiene la camisa mojada por el sudor, al igual que todos los que hacen la actividad más pesada.
Una camioneta cargada de carretillas se detiene cerca del tumulto de personas que trabajan, observan, o reparten agua fresca. Algunos se acercan a bajar las carretillas y cada quien se lleva una para hacer fila rumbo a las ollas revolvedoras. ¡Quién quiere agua de sapo! Ofrece el maestro Campa, con un recipiente de agua verdosa y abundante hielo. Yo pido un vaso, y el escritor Javier Morán hace lo propio. En cuestión de minutos vacían el recipiente.
Ya se acerca la pavimentación a donde están los que preparan la mezcla. Dos mujeres extienden la mezcla con cepillos de madera. Otros más vacían sus carretillas junto de ellas.
¡A todos los compañeros, váyanse a la parte de abajo, para continuar en el otro extremo! Anuncia Elvis Mayoral. La mayoría baja por las estrechas banquetas, y otros prefieren hacerlo por las calles laterales. En la parte de abajo ya está la gente en actividad. Preparan mezcla, mientras se suman otras ollas revolvedoras más. Los carretilleros ya están listos para el acarreo de mezcla. Algunos llevan arena que extienden sobre la tierra húmeda. Varios hombre y mujeres utilizan palas en esta labor.
¡Pasen a comer! ¡Mientras unos hacen eso, los que deseen pasen a comer! Rocío anuncia ofreciendo el alimento. La comida que ella y los vecinos de esa calle prepararon para los afanosos. Quienes esperan su turno en el tequio se acercan a las mesas repletas de comida humeante en el patio de la casa de Rocío. ¡Es tesmole de pollo! Dice alguien mientras sirve comida. Los platos encuentran quienes se apiaden ellos, y los chasquidos de comensales invade el ambiente. Con un plato de caldo caliente, también yo le entro al tesmoleado. ¡Aquí está un lugar Sabino, yo ya terminé! Me indica uno de los comelones.
La boruca de los afanosos y la música hace del tequio una fiesta agradable. Pokemón baila con su cámara fotográfica, mueve su voluminosa humanidad al ritmo de una música rumbera, y las cámaras de los fotógrafos y periodistas recogen el acontecimiento de este día. El presidente da inicio a esta otra etapa de pavimentación, lleva su carretilla de mezcla, y el esfuerzo es aún mayor, porque ahora va empujando de subida. Una hilera de carretillas va cayendo y los albañiles extienden la mezcla a lo ancho de la calle.
El tramo es corto, por lo que la tarea se vuelve menos tediosa, y la suma de  menesterosos hace más ágil el avance de la pavimentación. Hay quienes observan mientras les toca su turno.
¡Desde hace ya unos meses habíamos hablado con el presidente municipal, y nos prometió que empezando el 2019 se haría como primera prioridad, y esta es una muestra de que cumplió su promesa! El que dice eso es Pablo, el presidente de esta colonia. Él afirma que desde hace 32 años venían solicitando la pavimentación, y asegura que por fin se está logrando a través de este tequio.
¡Me da mucho gusto que hayan venido a realizar este tequio. Esto jamás lo habían hecho otras autoridades, y siento emoción ver a Fernando Dávila con los funcionarios hacer esta labor, entre todos, para pavimentar nuestra calle! Rocío es vecina de esta calle, es la persona que ocupó su casa para ofrecer la comida. Asegura que un grupo de vecinos se organizaron, cooperaron para comprar el producto, y así, entre varias mujeres prepararon los alimentos.
¡Que el presidente eche la última carretillada para clausurar esta obra! Pide Elvis a través de la bocina. Los reporteros preparan sus cámaras y celulares para documentar el acto de clausura, como un acontecimiento especial ¡Por lo regular las autoridades clausuran sin ensuciarse las manos, pero el presidente Dávila, con su carretilla de mezcla,  clausura el tequio! Declara Elvis. Los presentes festejan con aplausos el acontecimiento. El presidente toma el micrófono y llama a los concejales y directores para que lo acompañen, mientras da un discurso.
-¡Agradezco a todos los que se sumaron a este primer tequio del año, y primero de esta nueva administración! Enfatiza que hubo un ahorro considerable, ya que la pavimentación costó sesenta mil pesos, y por otro medio el costo sería cercano al millón de pesos, y que gracias a la participación de todos, tendrán la oportunidad de apoyar a más colonia y comunidades, a través de esta práctica.
¡Setenta y cuatro metros lineales de pavimentación en apenas unas horas de ardua actividad, con la participación de autoridades y vecinos de esta calle!
Fernando dice que el compromiso era doble, porque en esta calle viven dos personas con problemas de discapacidad, y en tiempo de lluvia tenían que ser llevados en brazos a sus casas por sus familiares, sorteando el lodazal.
¡Y tenemos una sorpresa para una de ellas, para la menor Luz Estrella, a quien le entregaremos esta silla de ruedas, para que pueda trasladarse a donde desee!
El presidente llama a la mamá de Luz, a quien entrega la silla. Todos aplauden el acontecimiento. Y se preparan para la foto final. La foto que dará constancia de este primer tequio.

De fondo, la claridad de las cuatro de la tarde se refleja en la calle recién pavimentada.